Son 3.000. Van enmascarados. Sin identificaciones. En coches sin ningún distintivo. De repente, se paran, bajan de los coches corriendo, agarran a una persona por su color de piel o su acento, y se lo llevan. Sin mediar palabra, solo empujones, golpes y violencia. Y ya van dos personas asesinadas: Renée Nicole Good, el 7 de enero; y Alex Pretti, el 24 de enero. Ambos de 37 años. Ambas personas nacidas en EE.UU. Y ambas personas que pusieron su cuerpo ante los abusos de los agentes de fronteras federales que siembran el pánico en las calles de las ciudades estadounidenses.
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Minneapolis, el laboratorio de la represión de Trump y de resistencia contra el ICE
Por Andrés Gil. Enviado especial a Minneapolis (Minnesota) de El Diario AR.
Aparecen sin previo aviso en cualquier calle de Minneapolis, sin órdenes judiciales. Merodean en los comercios, en las puertas de los colegios, en las cafeterías, en las tiendas de materiales de construcción. Porque saben que ahí es donde pueden encontrar a los migrantes latinos que se han convertido en este momento en su principal foco de represión.
Donald Trump llegó a la presidencia con la migración como obsesión, a pesar de que EE.UU. sea un país de migrantes y colonos. Incluso a pesar de que el propio Trump viene de familia alemana. Hasta tal punto está obsesionado con eso, que no pierde oportunidad en reprochar a los europeos que están perdiendo su identidad por la migración y llegan a ser capaces de usar comúnmente un término acuñado por la extrema derecha europea: remigración. Es decir, devolver a los migrantes a sus países de origen para recuperar la pureza nacional. Un concepto que recuerda a lo vivido en Europa hace cien años y que resulta paradójico en un país en el que llevado a su extremo en EE.UU. sólo quedarían los pocos nativos americanos que sobrevivieron a las matanzas de la expansión del hombre blanco.
Los 3.000 agentes federales que atemorizan a los vecinos de Minneapolis duplican la cifra de agentes locales de las ciudades gemelas de Minnesota –Minneapolis y la vecina St Paul–. Y a ellos podrían sumarse otros 1.500 soldados que tiene listos en Alaska el Departamento de Guerra para ser desplegados en Minnesota.
Pero la movilización, las muertes, las quejas de los empresarios de Minnesota, las dudas de algunos pocos cargos republicanos y los vídeos grabados por personas que se juegan la vida para documentar las brutalidades de las fuerzas federales están causando cierto desgaste también en la Administración Trump: es demasiado hasta para ellos –parafraseando la letra del Poder del Arte, de Robe Iniesta–. Además, en unos días vuelve a haber un momento crítico: el 31 de enero termina el plazo para aprobar partidas presupuestarias, y los demócratas no quieren votar las cuentas del Departamento de Seguridad Nacional, del que dependen los agentes de fronteras que están matando estadounidenses en las calles de Minneapolis, y el riesgo es entrar en un nuevo shutdown (cierre de la Administración) como ya ocurrió en octubre pasado.
Situación única
La situación es única en EE.UU., y demuestra que Minnesota se ha convertido en un laboratorio para las políticas represivas de Trump: un lugar puramente demócrata donde dar la batalla cultural en el asunto de la migración –si bien las estadísticas demuestran que la población en situación irregular en Minnesota es residual, del 2%–; con un gobernador que fue muy duro en campaña contra el presidente de EE.UU. cuando iba de candidato a vicepresidente de Kamala Harris; con una ciudad movilizada desde el asesinato de George Floyd, con una congresista de origen somalí, Ilhan Omar, por la que tiene fijación Donald Trump y con un estado en el que los republicanos perdieron todas las elecciones en 2024 –gobernador, Fiscalía, Senado y Cámara de Representantes de Minnesota–.
Todo esto tiene mucho que ver con la conformación de comunidad en Minnesota que está articulando la resistencia ante la represión de Trump. Si Minnesota es un laboratorio para el autoritarismo de la Administración, también lo es para resistir y responder a ese autoritarismo: “Este estado tiene mucha tradición de organización comunitaria, de activismo, de organización de bases. Siempre ha estado ahí y ha estado conectado también a la parte religiosa, a la parte luterana en particular, a las organizaciones han estado articulando las comunidades durante mucho tiempo. Y cuando los latinos empiezan a llegar, empiezan a organizarse en lo económico, en el corredor de la calle East Lake, que estaba abandonado hasta que llegó la comunidad latina... Y luego llegó la comunidad somalí, estaba siempre la indígena”.
Y todo se agita con el asesinato de George Floyd en 2020 a manos de un policía. “Entonces vienen los disturbios con la tortura y asesinato de George Floyd, y se llenó el estado de agentes de personas de otros estados que vinieron a agitar. Veíamos coches por todas partes, sin matrículas o de otros estados, provocadores”.
En Minnesota ya había un tejido de organización comunitaria, American Indian Movement había nacido en Minneapolis a finales de los sesenta y tuvo presencia en 2020 con George Floyd: ellos fueron los primeros en empezar a patrullar las calles cuando vieron que se había prendido la mecha.
En 1968 recorrían el barrio de Philips de Minneapolis para contrarrestar los abusos policiales. Y en 2020 volvieron a salir a las calles para cuidar y hacer sentir seguros a los mayores, jóvenes y personas vulnerables de la ciudad a lo largo de la misma avenida Franklin.
“Y entonces empiezan esas patrullas de manera muy organizada por la emergencia ante la amenaza de infiltrados y provocadores que querían causar disturbios; recuerda que fue durante la primera presidencia de Trump”, prosigue la vecina de Minneapolis. “Entonces, aquí se junta que tenemos el American Indian Movement, la iglesia, los latinos, los asiáticos, los somalíes. En algún momento llegué a oír que en ese barrio de Philips, que es un barrio pequeño y de los más pobres, se hablaban más de 100 lenguas”.
Aquellas conexiones creadas tras el asesinato de Floyd se han vuelto a activar con el despliegue de las tropas federales de Trump en Minneapolis.
“La gente se quedó con esas conexiones, con la manera de organizarse, nunca se apagó. Pero no estaba tan encendido porque no había la necesidad y la gente siguió haciendo su trabajo regular de organización comunitaria de otras cosas. Y llega el 20 de enero de 2025, la segunda presidencia de Trump y la gente se vuelve a activar y organizar porque la arremetida represiva se preveía fortísima. Y empieza esa reactivación de los lugares, de los organizadores, de todas las comunidades. Y empieza a verse lo que está pasando en Washington, en Nueva York, en Los Ángeles, en Chicago, y empiezan incluso conversaciones de los organizadores comunitarios de acá de Minnesota con organizadores de Chicago”, explica la fuente.
Pero la arremetida fuerte no llega hasta el 1 de diciembre: “Es cuando arranca la operación Metro Surge del ICE en Minneapolis. Empiezan a secuestrar a la gente migrante y a raíz de todo lo que ya se había experimentado durante George Floyd hay lecciones aprendidas sobre cuáles son las mejores prácticas, cómo se hacen las patrullas, cómo se hace la coordinación, cómo se moviliza un montón de gente anónima. Yo estoy en montones de grupos y a la mayoría de la gente no la conozco y tampoco la mayoría de la gente me conoce a mí”.
Minnesota representa todo lo que el trumpismo detesta: lo colectivo, el preocuparse por el otro, ir contra alguien como el jefe de la Patrulla Fronteriza Bovino, quien transmite una imagen ultra incluso propia de otro momento histórico, hasta echarlo del estado. “Cuanto más atacan, la gente más responde, más se defiende y más cosas hace. Pero tampoco creo que se van a quedar solamente en Minnesota, van por el país. Lo que a mí me da esperanzas de que podamos resistir es la cantidad de gente implicada, esas 50.000 personas que salimos el viernes a la calle con ese frío [-30C]”.