En el marco del Día Internacional del Libro y del Día del Idioma, que se celebró ayer, la escritora catamarqueña Celia Sarquís advirtió que “hoy leemos más que antes, pero no leemos más literatura”. La reflexión condensa con precisión una de las paradojas más inquietantes de nuestro tiempo: el crecimiento exponencial de la lectura convive con una degradación de su calidad.
Nunca antes en la historia de la humanidad se había leído tanto. La proliferación de dispositivos digitales, la expansión de internet y el auge de las redes sociales han convertido a la lectura en una actividad omnipresente. Sin embargo, este incremento cuantitativo no se traduce en un enriquecimiento cultural equivalente. Por el contrario, la lectura contemporánea tiende a fragmentarse, a volverse superficial y subordinada a la lógica de la inmediatez.
Leer una novela, por ejemplo, implica un ejercicio de concentración, una disposición a la introspección y una relación prolongada con el lenguaje. En cambio, el consumo de mensajes breves o publicaciones efímeras promueve una atención dispersa, incapaz de sostenerse en el tiempo. La lectura deja de ser una experiencia de reflexión para convertirse en una sucesión de estímulos discontinuos.
Las consecuencias de este fenómeno son particularmente visibles en las generaciones más jóvenes. La pérdida del hábito de la lectura no solo empobrece el vocabulario o debilita las habilidades de comprensión, sino que también afecta dimensiones más profundas del desarrollo intelectual y emocional. La literatura transmite historias, pero también propicia la sensibilidad, ayuda a estructurar el pensamiento, amplía la imaginación y permite habitar otras perspectivas. Su ausencia, o su reemplazo por contenidos de escasa densidad, empobrecen la experiencia cultural y limita la capacidad crítica.
Nunca antes en la historia de la humanidad se había leído tanto. Sin embargo, este incremento cuantitativo no se traduce en un enriquecimiento cultural equivalente. Nunca antes en la historia de la humanidad se había leído tanto. Sin embargo, este incremento cuantitativo no se traduce en un enriquecimiento cultural equivalente.
Con acertado criterio, Sarquís señala que la lectura no es un acto aislado, sino una práctica social y afectiva, y que el ejemplo familiar continúa siendo determinante. Allí donde hay adultos lectores, es más probable que haya niños lectores. Pero, además, la lectura en los primeros años debe asociarse a un vínculo emocional positivo. El libro no puede presentarse como una obligación escolar, sino como un espacio de encuentro, de juego, de descubrimiento compartido.
Además, el idioma es un territorio simbólico que nos define. En ese sentido, la promoción de la literatura local consolida la pertenencia cultural. Leer lo cercano, lo propio, lo que habla en nuestra lengua y desde nuestra experiencia, es también una forma de afirmación colectiva.
La paradoja de la era digital –se lee más, pero se comprende menos- solo podrá resolverse si se actúa con políticas culturales y educativas que prioricen la comprensión profunda por sobre la mera decodificación, si se ponen en marcha programas de acceso equitativo al libro, fortalecimiento de bibliotecas públicas y escolares, formación docente específica y campañas culturales que revaloricen la lectura literaria y promuevan la reflexión crítica.