Rodrigo L. Ovejero
Rodrigo L. Ovejero
Ésta quizás sea una de las columnas más tristes de APMLP (nunca dije que sería un carnaval carioca, de todas maneras) pero hacía rato que le venía dando vueltas a una idea -a pie, para peor- y no lograba pulirla del todo para hablar sobre ella en mis habituales quinientas palabras. Hasta que hace unos días terminé de leer una novela que me gustó mucho y llegué a algunas conclusiones que estimo de nula importancia compartir con el lector.
La novela en cuestión es Strangers, de Taichi Yamada, y trata de un hombre que, luego de divorciarse, cerca de sus cincuenta años, se encuentra nuevamente con sus padres. Eso en principio sería un acontecimiento feliz, si no fuera porque murieron cuando él tenía doce años. Es un clásico cuento de fantasmas, pero, además, describe con mucha sutileza y precisión -rasgos típicos de la literatura japonesa- algunas sensaciones acerca de la pérdida material del ser querido y de su permanencia en otras formas a lo largo de nuestras vidas. Y la idea es reflexionar sobre lo que daré en llamar "la milésima de segundo de Schrödinger". Es ese instante, diminuto, casi imperceptible, en el que, por ejemplo, vemos la propaganda de una película próxima a estrenar y pensamos "tengo que contarle a mi mamá de esta película" (cambien "mamá" por lo que ustedes consideren adecuado). Es una traición del cerebro, una broma química que nos engaña por ese instante en la creencia de que esa persona nunca murió. Por supuesto que sabemos que no es así, pero en mi opinión, la mente de vez en cuando necesita tomarse unas vacaciones de algunas certezas, no puede estar todo el tiempo consciente de algunas ausencias, la carga es demasiado pesada. Ni siquiera se trata de un olvido hecho y derecho, solo de apartar unos papeles del escritorio para verlos después.
También supongo que tendrá algo que ver con la trabajosa tarea de inventariar todo el tiempo las personas muertas y las vivas. La gente se muere todo el tiempo, a veces no es posible llevar una cuenta actualizada al detalle de los que están tomando el té con la parca. Entonces uno de pronto se sorprende intentando recordar si un tío o un primo siguen jugando para el equipo de los que respiran y tiene que hacer memoria para despejar la bruma sobre el dato. Por lo general eso nos ocurre con afectos de segundo orden, pero podría suceder que de vez en cuando un nombre importante se nos cruce de listado.
Probablemente este fenómeno tenga algún nombre en particular, como el deja vu, y haya sido estudiado y definido por la psicología, la psiquiatría o la neurología. No creo ser el único que lo haya vivido. No lo pienso investigar, por supuesto, pero agradeceré a cualquier lector que me cuente un poco más sobre el tema. Ni siquiera tiene que ser verdad, con que me cuenten impresiones personales absolutamente desprovistas de objetividad seré feliz.