jueves 26 de marzo de 2026
Algo en que pensar mientras lavamos los platos

Irwin y la zona de confort

Por Rodrigo L. Ovejero

La vida es eso que te pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes, pensó Steve Irwin, el cazador de cocodrilos, mientras sentía el aguijón de una mantarraya perforándole el pecho, dejándole el corazón con agujeritos, agujeritos por los cuales se le iba a terminar escurriendo la vida como a cualquier hijo de vecino que no sabe tratar con fauna salvaje.

Fue un error de autopercepción, más que nada, Irwin debería haber sido consciente de que lo suyo, como su apodo lo indicaba, eran los cocodrilos y no las mantarrayas, de lo contrario lo habrían llamado el cazador de mantarrayas.

He aquí un problema moderno, la necesidad imperiosa de salir de la zona de confort, la misma que llevó a Michael Jordan a pasear su mediocridad por los campos de baseball y a Jon Bon Jovi a cantar en castellano. El hombre de las cavernas jamás habría cometido ese error, nadie en la tribu habría renegado de la carne de mamut y propuesto salir a cazar tigres dientes de sable, con los riesgos implicados, solo por salir de la rutina.

Lo curioso es que esa letanía de salir de la zona de confort hoy se repite como una fórmula mágica para alcanzar la felicidad, asegurando la mejoría de nuestra vida por atrevernos a dar ese paso. Personalmente me resulta sospechoso que nos sugieran salir de la zona de confort para alcanzar este objetivo y no, por ejemplo, de la zona de incomodidad o de la zona de malestar, por nombrar sólo un par de las cuales sería mucho más atractivo marcharse. Nada bueno puede salir de esas expediciones propias del aburrimiento, y mucho menos cuando involucran asuntos de importancia. Una cosa es pedir sambayón en la heladería para variar y otra enfrentarse a una bestia que no estaba en el plan de estudio de la facultad. Además, se plantea esa salida de la zona de confort como un viaje sin regreso, vaya uno a saber por qué, en lugar de salir por un fin de semana, o a pasar la tarde. No creo que realmente haga falta salir pensando en nunca más regresar.

Volviendo a Irwin, yo solía ver sus programas, y me fascinaba el entusiasmo con el cual se tiraba encima de cocodrilos enormes del mismo modo que un niño se zambulle en un pelotero. Sin embargo, cuando me enteré de la noticia de su muerte me causó un poco de gracia que el público se sorprendiera y se apenara. Era inevitable, la tragedia estaba a la vuelta de la esquina, el hombre todas las semanas le pegaba un alpargatazo a un lagarto gigante, le jugaba un duelo de miradas a una cobra o le hacía cosquillas a una viuda negra, su muerte era cuestión de tiempo. Que haya sido una mantarraya fue un detalle, cualquier bicho vengativo sin ganas de aparecer en televisión podría haber sido el causante. En todo caso, lamento que no haya sido un cocodrilo, me gustan las historias de venganza.

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