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Roxana Molina

"El dolor de decir no está"

A cincuenta años del golpe de Estado en Argentina, la hija de Sara "Coca" Luján de Molina cuenta cómo su vida cambio para siempre el 24 de marzo de 1976.

22 de marzo de 2026 - 02:10

Roxana Molina es hija de Sara 'Coca' Luján de Molina y hermana de Liliana y Raúl Mateo. Su trayectoria es la de una sobreviviente. El 24 de marzo de 1976, cuando detuvieron a su mamá, ella acababa de cumplir quince, cursaba la escuela secundaria y practicaba danza en el centro de la ciudad de Córdoba. En octubre de ese año, cuando secuestraron y desaparecieron a su hermano Raúl, ya vivía en la casa de una de sus tías sabiendo que todo había cambiado para siempre.

Planificamos la nota mientras se organizaba el centenario de ‘Coca’ Luján. El Centro de Cultura y Trabajo Comunitario de Villa Dolores había decidido iniciar las conmemoraciones por los cincuenta años del golpe celebrando, precisamente, la vida y la lucha.

En una estación de servicio acordamos la entrevista con Coca -que la Revista Express publicó el 1 de marzo- y el encuentro con Roxana para después del festejo. Una semana más tarde, nos volvimos a ver en su casa. Eran cerca de las once de la mañana y estábamos en la cocina hablando del país de ahora, cuando las anécdotas empezaron a sucederse. El relato de los años de dictadura, el terrorismo de Estado en Argentina, la reconstrucción de lo que sucedió con Raúl, las luchas en democracia y las transformaciones que marcaron su biografía son los ejes de esta conversación.

“Mi mamá y Raúl decían que se venía el golpe. Yo estaba muy asustada. Había quemado un montón de libros en el asador de casa por miedo. Recuerdo que una amiga me acusó”, comentó Roxana al lamentarse: no podía recordar el día que vio a Raúl por última vez.

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Los mundos que cambiaron el 24 de marzo del ‘76

El día del golpe, Roxana estaba con su madre en la casa que compartían. Los militares caminaron por los techos e irrumpieron en la vivienda revolviendo todo. Mientras preguntaban insistentemente por Raúl, interrogaban a Roxana para saber por qué él no había dormido en la casa.

A Coca ya le habían informado que estaba en el listado de personas a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN) y que debía buscar de inmediato un lugar para Roxana.

“Mi hermana más grande estaba en la casa de una amiga, cerca de la nuestra. La llamamos y ella tuvo un ataque de furia. Increpaba a los milicos, los insultaba... yo tenía miedo de que se la llevaran a ella también”, describió.

Coca estuvo presa casi dos años. Durante ese tiempo, intercambió mensajes con sus hijas en rollitos de papel higiénico escondidos en muñequitos de tela. En 1976, la Cárcel del Buen Pastor en la ciudad de Córdoba estaba bajo la administración de la congregación religiosa de las Hermanas de Nuestra Señora de la Caridad; quizá por eso, Roxana trajo al presente la idea de que las monjas les permitían a los familiares acercarles productos de higiene personal. Como sea, ellas no se veían. Se leían a través de los bordados y de la letra que viajaba oculta, escondida.

- ¿Te acordás lo que sentiste cuando pudiste visitar a tu mamá recién en Navidad?, le pregunté.

- “Me dio tanta pena... La vi flaca, con la piel casi gris. Pero ella estaba ahí, sabíamos que estaba ahí. De Raúl, en cambio, no sabíamos nada. Me preocupaba mucho mi hermano”, confesó Roxana.

A Roxana la becaron en la escuela. Unos días después de la detención de Coca, su tía gestionó esa posibilidad en el Instituto Córdoba. Liliana, que al igual que Raúl estudiaba Arquitectura, dejó la facultad y comenzó a trabajar. Sus tíos intentaron convencer a Raúl de que abandonara el país. Él se negó, estaba atento a lo que pasaba con su mamá.

El día de su secuestro, Raúl caminaba por La Cañada, en el centro de la ciudad de Córdoba, junto a su novia. Un Falcon sin patente salió al cruce, lo subieron al auto por la fuerza y no lo vieron más. A Coca no le dijeron nada. Ella lo descubrió recién en libertad cuando encontró el habeas corpus que habían gestionado en Buenos Aires escondido en una cartera. Liliana Molina de 22 años y la novia de Raúl, habían iniciado su búsqueda preguntando y viajando porque en Córdoba no les daban respuesta.

En ese tiempo, la presentación de habeas corpus se había convertido en la única herramienta legal para que los familiares intentaran dar con el paradero de los desaparecidos, "blanquear" la detención o, al menos, dejar una prueba física con la apertura de un expediente judicial.

“Se lo ocultamos porque quisimos cuidarla. Creíamos que la tenían de rehén”, sostuvo Roxana.

A Raúl lo buscaron vivo durante varios años hasta que recibieron del exterior la carta de Amnistía Internacional con la declaración de Teresa Meschiantti, una de las sobrevivientes del centro clandestino de detención La Perla. Su testimonio fue uno de los primeros en romper el muro de silencio sobre lo que estaba ocurriendo. Teresa fue secuestrada en septiembre de 1976, permaneció cautiva más de dos años y desde el exilio en Suiza comenzó a reconstruir y denunciar la lista de personas que había visto. La declaración ratificada ante la CONADEP, confirmó que Raúl había pasado por las manos del Destacamento de Inteligencia 141 y que había muerto de un golpe en la cara el mismo día del secuestro.

“Cuando llegó la carta estábamos en casa con mamá y con mi novio, quien después fue mi marido y el padre de mis hijos. Fue terrible leer lo que había pasado. Durante semanas me tapaba los oídos con la almohada para no escuchar los gritos y el llanto de mi mamá desde su propio cuarto”, comentó conmovida.

La búsqueda que empezó con un habeas corpus solitario no se detuvo nunca. El año pasado, la familia Molina -como parte de un colectivo de familiares- impulsó ante la Justicia Federal de Córdoba una nueva etapa de excavaciones en el predio donde funcionó La Perla. Junto al Equipo Argentino de Antropología Forense, volvieron a ese terreno custodiado por el Ejército para buscar los cuerpos y la verdad que el silencio militar todavía intenta resguardar. A 50 años, la consigna resuena con más fuerza: “¡Que digan donde están!”.

“La presión psicológica era terrible, nos amenazaron por teléfono durante años. Una vez, cuando ya estudiaba en el terciario llamaron a mi mamá para decirle que no me iban a volver a ver. Ella salió corriendo, me fue a buscar y yo estaba con unas amigas porque tenía hora libre”, enfatizó.

El proyecto de vivir en Catamarca en los noventa formó parte del vínculo con su hermana Liliana, quien murió un mes antes de la mudanza de Roxana. Hoy, en su casa de Santa Rosa -departamento Valle Viejo- vive al lado de su mamá. Juntas comparten un parque grande y varios perros que van y vienen. Tiene 65 años, dos hijas, un hijo y un nieto. Se jubiló como trabajadora de ANSES. Fue abogada del organismo durante varios años en los que vio reconstruirse un estado que nuevamente está cambiando. Hace acroyoga, le gusta viajar y sigue con la esperanza de encontrar los restos de su hermano.

“El dolor de decir ‘no está’, nos duele a todos, todos los días”, puntualizó mientras abría la bolsita blanca en la que guardaba los bordados que Coca hizo desde la cárcel.

“Mirá, esta iba a ser mi cartuchera”, aclara levantando las tazas de café para extender el retazo sobre la mesa y hacer espacio.

Texto: Colaboración de Verónica Ochoa

Fotos: Ariel Pacheco

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