Por: Lic. Aurora Chocobar, secretaria ACS Catamarca "Tcnel Francisco Olmos".
Hasta fines de enero de 1813, las flotas realistas navegaban libremente desde Montevideo por el río Paraná. La ciudad uruguaya estaba rodeada por una muralla y reunía a autoridades leales a la Península, pero se encontraba aislada de su campaña, controlada por los ejércitos revolucionarios y por esto carecía de recursos para sostenerse.
Anoticiado el gobierno patriota de que una flota de once embarcaciones había sido avistada cerca de la costa occidental del río de la Plata, le imparten al coronel San Martín la misión de seguir su recorrido y en caso necesario impedir sus incursiones. Quizá fue la última disposición importante por parte del Triunvirato, pues ya se estaba reuniendo la Asamblea General Constituyente.
El 28 de enero de 1813 salen del cuartel de Retiro dos escuadrones (alrededor de 120 hombres), realizando sucesivas marchas nocturnas, en parte para atenuar el calor y también para ocultar los desplazamientos. Y así fueron pasando por las postas de Santos Lugares, Pilar, Areco, San Pedro, Arroyo del Medio, cabalgando jornadas de alrededor de 70 kilómetros diarios. Se ha considerado a esta marcha como una de las más rápidas en la historia militar universal.
Es posible que en algunas de estas postas, San Martín pudiera haberse encontrado con los diputados que concurrían a integrar la Asamblea, entre ellos el representante por Catamarca, don José Fermín Sarmiento.
En las postas reemplazaban sus cabalgaduras, pero siempre llevando de tiro sus caballos de "guerra", como lo mencionan Bartolomé Mitre y Ricardo Rojas, los que habían sido seleccionados por los mismos granaderos, gauchos con uniforme, nacidos casi "de a caballo"; esos corceles que se lanzaban al galope tendido y ante la única seña que le hacían sus jinetes: el brazo extendido que blandía el afilado sable.
Entre esos 120 bisoños granaderos estuvo nuestro comprovinciano Francisco Olmos, que se había incorporado seis meses atrás (en agosto de 1812), y seguiría luchando con los granaderos, siendo uno de los siete sobrevivientes de toda la campaña libertadora, a lo largo de trece años.
“Sordos ruidos de corceles y de aceros”
Finalmente llegó el día: el 3 de febrero, alrededor de las 5 de la mañana, unos 250 infantes españoles desembarcaron. Observando sus movimientos, San Martín arengó a sus "muchachos": Nos doblan en número, pero solo ustedes y yo sabemos del valor y destreza con que os habéis preparado, finalizó diciéndoles, en medio del convento de San Carlos y entre el nervioso repiquetear de los cascos de los caballos, cuyo sonido los anchos muros del antiguo edificio apenas lograba disminuir.
Al toque del clarín salieron desde ambos costados del convento al encuentro de los realistas y en pocos minutos los derrotaron. El caballo que montaba San Martín fue herido y éste quedó aprisionado debajo del animal. El granadero Juan Bautista Cabral lo ayudó a salir y es gravemente herido, falleciendo en brazos de su jefe, luego de decir con sus últimas fuerzas: "¡Muero contento, hemos batido al enemigo!".
Allí también San Martín recibe un sablazo en la cabeza, herida que le dejará una cicatriz permanente en uno de sus pómulos.
El mismo día del glorioso combate, San Martín envió a bordo de los buques realistas, con destino a los heridos, media res de carne fresca. Visitó luego a los que se asistían en el hospital de sangre y después fue a su alojamiento, donde curó su pierna magullada y la luxación de su hombro derecho. Al pie del que sería el famoso pino, le dictó a su ayudante O Brien, un sencillo parte del combate, destacando la valentía de los granaderos, y pidiendo a las autoridades protejan a las familias de los caídos.
El héroe de San Lorenzo estuvo a punto de perder la vida, pero así como un Juan de Dios lo salvara en Arjonilla, España, un Juan Bautista lo salvó en San Lorenzo. Como escribiera el profesor Edgar Héctor Niño, San Martín era "un predestinado".
Es interesante mencionar el reconocimiento del rol de los franciscanos del convento de San Carlos; por recomendación y a solicitud de San Martín, meses después, la Asamblea General Constituyente del Año XIII, le envió al guardián del convento, padre Julián García un oficio mediante el cual se les otorgaba la Carta de ciudadanía rioplatense a los franciscanos que habían socorrido de manera espiritual y humanitaria a los heridos y muertos después del combate.