ver más
Opinión

EE.UU. se acerca al fascismo a pasos agigantados

Federico Finchelstein, Nueva York. (Publicado en El Diario AR).

4 de febrero de 2026 - 00:10

Estados Unidos está viviendo un terrorismo de Estado a cuentagotas. Lo obvio es que la ejecución pública de ciudadanos indefensos es típica de autocracias y dictaduras y no de democracias constitucionales. Pero es necesario ir más allá y conceptualizar cómo la instrumentalización de los agentes federales por parte de EE.UU. (de la Guardia Nacional al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, el ICE) presentan características típicas de regímenes autoritarios que no se corresponden con una democracia constitucional.

Mi conclusión como experto en fascismos, dictaduras y populismo es que el trumpismo se está acercando al fascismo a pasos agigantados. No es imposible pensar que EE.UU. se convierta en el futuro cercano en una dictadura.

Por muy errático que sea, es importante recordar que todos los excesos, divagaciones o distorsiones de Donald Trump se sitúan siempre en el extremo de la derecha. Y a pesar de sus retiradas y cambios bruscos, como en el caso de Groenlandia, Trump sigue gestionando la política interna y externa como si fuera una campaña militar. Se comporta como un aspirante fascista y se siente el creador de un nuevo orden interno y externo. Un legislador y ejecutor de la ley que sitúa a sus fuerzas por encima de esta y decide sobre la paz y la guerra según sus propios deseos de obtener una medalla de la paz o laureles imperiales imaginarios. En concreto, el trumpismo vive de la distorsión de la ley y las defensas constitucionales, y este es el contexto en el que la actual militarización de la política cobra protagonismo.

Un carnaval de violencia

Este es un aspecto importante, aunque poco debatido: la relación casi simbiótica entre la militarización de la política y la glorificación estética de la violencia. Inicialmente, se trató más de teatralidad, es decir, del aspecto performativo de la violencia, que de su práctica real. Pero esta naturaleza espectacular de la política del trumpismo y de otros extremismos populistas de derecha conducen finalmente a la violencia real y cruda como la que estamos viendo en Minnesota y un sinnúmero de medidas represivas festejadas con insultos y bailes por los agentes federales que actúan como fuerzas paramilitares por encima de la ley. Este carnaval de violencia no es solo consecuencia de las personalidades extravagantes y vulgares de líderes autoritarios como Trump, sino también de las expectativas de sus seguidores y del público en general.

La autocratización del mundo incluye la nueva tendencia de que los líderes se comporten como conquistadores napoleónicos y que sus seguidores jueguen a ser soldados de juguete, se disfracen como tales o incluso se unan a las fuerzas del Estado como pasó en los casos del nazismo o el fascismo italiano. Como señaló Hannah Arendt, no sin ironía, respecto a los nazis: “La propaganda militarista fue más popular en la Alemania de posguerra que el entrenamiento militar, y los uniformes no aumentaron el valor militar de las tropas paramilitares, aunque sí fueron útiles como clara indicación de la abolición de las normas y la moral civiles”. En otras palabras, la estetización de la violencia a través de la representación militarista socava la democracia.

La idea de que personas disfrazadas —políticos y funcionarios— jueguen a ser soldados vistiendo uniformes como si fueran adornos, exhibiendo o blandiendo armas, haciendo saludos militares o actuando como verdaderos soldados o generales en la toma de decisiones, no solo es infantil, sino también peligrosa para la democracia. Su raíz es fascista.

En su libro sobre los orígenes del totalitarismo, Arendt argumentó que “de alguna manera, estos uniformes aliviaron considerablemente la conciencia de los asesinos y los hicieron aún más receptivos a la obediencia ciega y a la autoridad incuestionable”. El uniforme, o la metáfora mental de ser un soldado o un conquistador de tierras y pueblos, pone de manifiesto la naturaleza irregular de las fuerzas y los líderes que prometen una violencia totalmente partidista y, por lo tanto, antidemocrática o inconstitucional.

La autocratización del mundo incluye la nueva tendencia de que los líderes se comporten como conquistadores napoleónicos y que sus seguidores jueguen a ser soldados. La autocratización del mundo incluye la nueva tendencia de que los líderes se comporten como conquistadores napoleónicos y que sus seguidores jueguen a ser soldados.

La fuerte conexión entre la ideología y la práctica de la violencia en el fascismo y en el populismo de los aspirantes a fascistas contrasta con una tendencia más general de bajos niveles de violencia en los populismos del siglo pasado. Esta relación entre el paramilitarismo prometido y ejecutado representa un punto de inflexión, una ruptura con el pasado reciente en este sentido.

La paramilitarización del Estado funcionó en el fascismo, y también en las dictaduras del siglo pasado en Argentina, Chile y otros países, como la conexión intrínseca entre la violencia y el culto a los líderes. Al igual que en el fascismo, en la actualidad, el regreso al poder del trumpismo ha incrementado la violencia cruda y directa. Abundan los ejemplos: Estados Unidos, Rusia y también Venezuela, donde las funciones represivas irregulares suelen ser llevadas a cabo por paramilitares y los líderes se comportan como césares modernos.

La idea central de la legitimidad de hombres armados y enfadados ya se había puesto de manifiesto anteriormente, especialmente el 6 de enero de 2021, con el intento fallido de golpe de Estado en Washington D.C por parte de trumpistas fanáticos, pero ahora ha alcanzado niveles de régimen con los acontecimientos recientes, incluido los asesinatos de los ciudadanos Renee Good y Alex Pretti por agentes encapuchados y sin identificación del ICE en Minnesota.

El régimen de Trump pretende distorsionar lo que es evidente. Como señaló el New York Times: “Agentes federales han disparado contra manifestantes en Minneapolis mientras las cámaras de los teléfonos móviles grababan los hechos, y en ambas ocasiones el presidente Trump y sus colaboradores se apresuraron a transmitir un mensaje al pueblo estadounidense: no crean lo que ven con sus propios ojos”.

Mentiras fascistas

La idea repetida por Trump y sus seguidores y funcionarios de que el terrorismo de Estado que están ejecutando sería víctima de “terroristas domésticos” es un ejemplo de cómo las víctimas reales son convertidas en actores de una conspiración contra el líder

Las mentiras fascistas suelen proyectar las acciones de los fascistas en los demás.

Estas fantasías de una conspiración secreta representa la excusa para entrar en “acción”. En la política, siempre que oímos palabras como conspiración y terrorismo doméstico y, sobre todo, cuando se las presenta juntas, el fascismo no está muy lejos. Debería despertar especial preocupación cuando estas palabras clave del fascismo están vinculadas con fantasías raciales sobre “guerras civiles” y la “persecución” de las mayorías nacionales.

Los fascistas se apropian del vocabulario de sus víctimas y se permiten fantasear que sufren las mismas formas de opresión que tanto disfrutan de generar e intensificar.

Esta idea fascista de la política, impulsada por formaciones paramilitares, se concibe primero internamente como guerra civil mediante el castigo físico y la violencia en las calles, y luego externamente como guerra total.

¿Cómo de lejos estamos de esta situación? Como historiador del fascismo pienso que el peligro es extremadamente alto.

En el pasado, las dictaduras totalitarias se concebían como una forma mesiánica de salvación, ya que el líder sustituía la realidad por la ideología y, a su vez, creaba una nueva realidad totalitaria. Hoy observamos operaciones similares, particularmente en la equiparación de los caprichos del líder con la voluntad de la nación y en la militarización del pensamiento y la práctica política.

Seguí leyendo

Dejá tu comentario

Te Puede Interesar