viernes 12 de julio de 2024
COLECCIÓN SADE- ESCRITORES CATAMARQUEÑOS POR AUTORES CATAMARQUEÑOS

Daniel González Elizalde y "Punto Seguido"

Hilda Angélica García

Oriundo de El Puesto, Tinogasta, Daniel González Elizalde (1906 - 2004) fue un prolífico autor de narrativa regional. Publicó dos libros de cuentos: “Ecos de Ayer” y “Punto Seguido”. El primero fue premiado en el prestigioso certamen literario “Alfonsina Storni” en 1986. El resto de su obra se encuentra dispersa en diversas publicaciones y ha obtenido numerosas distinciones nacionales.

En cuanto a su libro “Punto seguido”, Daniel González Elizalde dice que el contenido y personajes de estos relatos son de ficción; nosotros creemos que no es verdaderamente así, pues aunque los nombres y situaciones sean ficticios reflejan, no por casualidad, una realidad mágica a través de la mirada lúcida y comprometida sobre la vida cotidiana de un pueblo: Tinogasta.

Dice Jorge Torres Roggero en su obra “Dones del Canto” que hablar es traer a la memoria como en un telar mágico. Traer a la memoria, en tanto, es contar en sus dos acepciones: enumerar y narrar. El acto de contar se despliega en dos direcciones: o el zumbido de la conversación cuando se escoge en la memoria una historia individual; o cantar cuando se enlaza con el subsuelo colectivo, con la habladuría o rumor esparcido en el alma y el corazón del pueblo.

“Punto seguido” de Daniel González Elizalde muestra al autor que busca con su narrativa recuperar lo humano, voluntad que se origina en la conciencia de existir en un mundo precario y acomete la empresa de representar todas las esferas de la realidad. Una realidad iluminada por la razón y la magia, por el sentimiento y la ideología. No se limita a los niveles de lo aparente y creíble porque aparecen personajes como La Viuda y otros elementos mágicos que existen en el imaginario popular.

Las pequeñas alegrías vividas intensamente, los grandes sacrificios, las ilusiones, las miserias, el trabajo, las contingencias de la vida, en fin, son mostradas aquí desde sus fuentes más genuinas: el amor a un lugar donde se ha nacido y vivido, el haber compartido con las criaturas de sus cuentos un mismo paisaje, una misma cosmovisión, los mismos sueños.

González Elizalde es un observador implacable de su realidad y un inquieto indagador del caudal infinito de nuestra cultura oral, sosteniendo la convicción de que el hombre campesino y el pequeño pueblo son productores activos de cultura, y demuestra que el eje vivencial y el eje literario no se contraponen, sino que se alimentan. Es así que el autor devuelve a sus dueños, recreada y enriquecida, la experiencia que al ser escrita se convierte en objeto de conocimiento y construye el camino para la valoración de la literatura oral.

Estamos ante un libro integrado por diez relatos –“de mi tierra”, aclara el autor- estructurado temáticamente sobre un eje que parte del título: “Punto seguido”, es decir, a continuación del anterior “Ecos de ayer” y una serie de meridianos que lo sostienen: el hombre de tierra adentro, su interioridad, sus creencias, sus miedos, su idiosincrasia, su conducta, su actitud ante el paisaje que lo rodea y ante la sociedad pueblerina que lo condiciona.

El mundo elaborado por estos relatos tiene una geografía precisa: nuestra provincia, un escenario mutante entre Tinogasta - El Puesto y la ciudad capital. Es una tierra que González Elizalde conoce entrañablemente, la ha vivido, la ha caminado durante años. Cada camino, cada senda, cada encrucijada, callejones y tapiales le son familiares. Hay historias prendidas a los coloniales patios, a las viñas, a las pajareras, a las viejas hamacas, a las paredes de adobe. Él las conoce y las narra con amenidad y convicción. Luego las pasará al papel y la palabra escrita conservará esa amenidad y aquel fervor. Todo esto, a su vez, se traduce en autenticidad: la lectura nos sumerge en un mundo cierto, vivo, que a veces podemos haberlo pensado lejano y que sin embargo está ahí cerca, formando parte de la provincia que habitamos.

El escritor sabe adónde va y sabe trazarse los caminos. No le falta ternura, amor por sus personajes y gracia para exponerlo. Disfrutamos de su agudeza para dar el giro necesario que evite el lugar común literario. Maneja con holgura la lengua popular, la del pueblo. La gente habla y así la vemos sin floripondios solemnes, pero con la palabra y la imagen suficientes para desplazarse en las historias que González nos cuenta en lengua viva.

Es el suyo un lenguaje cargado de oralidad y de elementos afectivos. El lector oye hablar al emisor, oye hablar a los personajes, participa de la rueda imaginaria de los que escuchan el cuento, no exento de poesía en la descripción dinámica de sus creaturas y el relato de situaciones:

“En el pueblo ya se miraba con indiferencia o acostumbramiento a ese chico que en sus andanzas cotidianas, al caer la tarde hiemal, recorría la torcida callejuela por lo común único transeúnte, sin más compañía que su tristeza callada y fría, mostrando su cuerpo flaco cubierto de harapos sucios, su rostro demacrado y ojos mudos, avanzando a tranco lento entre el polvo que levantaban sus pies descalzos y curtidos. Inmerso en el helor cortante, cual débil hoja a merced del álgido viento, iba tenso y encogido cargando sobre sus huesudos hombros un pequeño haz de leñas, hurtado quizá de algún cerco de ramas. Llegaba a cualquier casa y dirigiéndose a la dueña, con tono plañidero, repetía siempre la misma cantinela:

-Aquí li ha mandao mi mamita estas leñitas…

La destinataria del regalo, sabedora de que éste traía implícito el pedido de correspondencia, retribuíale con algo, generalmente con azúcar o yerba, pero él no se retiraba sin antes implorar como en un ruego: ¿No tiene un pancito duro que me dé? Y esto dio origen al mote de ‘Pancito duro’ con el que se lo conocía”.

Como vemos en este fragmento, González Elizalde no teme al neologismo ni al arcaísmo: “hiemal” según la Real Academia Española significa invernal; “helor” es frío intenso y penetrante. Obtiene así un lenguaje fresco, de apariencia espontánea que de ninguna manera se ha esmerado en copiar el lenguaje campesino, pero que es testimonial.

Generoso en adjetivos: “torcida callejuela”, “tristeza callada y fría”, “cuerpo flaco”, “harapos sucios”, “rostro demacrado”, “ojos mudos”. Fecundo en imágenes: “inmerso en el helor cortante, cual débil hoja a merced del viento…”, no busca embellecer la prosa sino que lo moviliza un impulso profundo que irrumpe desde la entraña del mensaje. Modalidad narrativa que se reitera en cada uno de los cuentos.

Su tema es el hombre, el ser humano con sus contingencias de vida, situado en un lugar entrañable, que conoce y basta leer cualquiera de sus narraciones para darnos cuenta de que no escribe a lo fácil. No describe, crea; no calca la realidad: la inventa, la transforma, la integra amorosamente pensando, pesando la validez, la autenticidad, la credibilidad, la certidumbre de cada estructura, de cada atmósfera, de cada personaje, de cada diálogo, dotando a cada tema de su propia anécdota incanjeable, su propia temporalidad, su respiración, su personal vocabulario, amarrando con habilidad el relato para que el lector no se encuentre de improviso con ningún desamparo, para que transcurra sin tropiezos desde la primera línea hasta el punto final.

La madurez literaria de Daniel González Elizalde se advierte no solo de libro a libro, sino de cuento a cuento. Desde “Eco del ayer” publicado en 1986 a este que hoy nos ocupa editado en 1998, ha demostrado ser un conocedor intenso de la psicología humana, de las pasiones del hombre, de sus más recónditas emociones y de estar dotado para expresar con igual verosimilitud la vida del campo y de la ciudad, y dentro de estos territorios, el múltiple purgatorio interior en que se debaten sus habitantes: la soledad, la desesperanza, los accesos de ternura malograda, los irónicos paliativos de la sensualidad, la violencia y la venganza, las dolencias de las vigilias, los sueños irrecuperables. Todo ello sin altisonancias, dejándonos en cada relato un sólido testimonio de hondura humana.

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