jueves 25 de julio de 2024
Lo bueno, lo malo y lo feo

Carne fría

Fabián Casas

Publicado en El Diario Ar

Un hombre de unos cuarenta años entra a su auto apurado bajo una furiosa tormenta de nieve. Enciende la radio y escucha que el clima va a empeorar, hay que estar alerta, dice el locutor. El hombre conduce hasta un bar que está en medio de la ruta. El lugar parece un cuadro de Hopper bajo la nieve intensa. La desolación en el Imperio es terrible. El hombre entra y se sienta en una mesa que está pegada a la ventana que da a la playa de estacionamiento del restaurant. Casi no queda gente en el lugar y la camarera se acerca para tomar el pedido. Es una mujer rubia, proletaria, parece sacada de los cuentos de Raymond Carver. El hombre le pide un bistec y un café –esa mezcla que hacen los yanquis– pero la camarera le dice que el cocinero ya se fue por la inminente tormenta de nieve y que le puede ofrecer café y una tarta. El hombre acepta. Mientras los vemos hablar, a través del ventanal que da hacia afuera, vemos que llega un camión inmenso y que baja un tipo grande, alcoholizado, que entra raudo al bar e increpa a la camarera. Es el exmarido y está enojado porque la camarera no le deja ver a su hija. Ella le dice que cuando deje de tomar, la va a poder ver. El hombre la agarra de mala manera y forcejean. Entonces escuchamos que el tipo de la ventana, el tipo pulcro que pidió un bistec y se conformó con una tarta y un café acaba de decirle al camionero que se tranquilice.

Es una escena típica. Se nos vienen a la cabeza miles de secuencias del mismo tenor en miles de películas. Ahora o el camionero lo muele a palos o el tipo pulcro en realidad es un ninja encubierto o… el camionero se acerca hasta la mesa del tipo pulcro y le agarra su tenedor, le come un pedazo de tarta y la escupe. La mujer, aterrorizada, está detrás suyo, mirando. El camionero le dice que se coma lo que acaba de escupir. El tipo pulcro se saca los anteojos y los deja de lado ¿Va a pelear? Entonces dice, mirando al camionero muy tranquilo: tenés dos posibilidades, si me hacés daño a mí o a ella mañana cuando se te pase la borrachera te vas a arrepentir porque no vas a poder ver a tu hija nunca más. La otra posibilidad es que te tranquilices, pienses con la cabeza fría y te vayas tranquilo. El camionero se queda mirándolo un rato largo. Después dice: me agarraste en un buen día. Y sale del lugar, pasa al lado del auto del tipo pulcro y le rompe el espejo del conductor de una patada. Agarra el camión, sube y se va. La camarera le dice: No es un mal hombre, está borracho. ¿Querías un bistec? Te lo voy a hacer yo.

Cold meat es una película intensa, que tiene un giro argumental potente, enseguida, no al final como para explicar toda la película, lo cual la debilitaría mucho. La película impacta por los pocos recursos con los que pone en acción a dos personajes lastimados por la vida. Me hizo acordar a las obras de teatro de Harold Pinter –en especial La habitación– que también con pocos personajes y en interiores sencillos, muestran toda la profundidad psicológica que puede tener un drama. ¿Por qué me elegiste a mí? Le dice uno de los personajes a otro. Porque sos una de esas personas del montón, que no llama la atención. Y me acordé en ese momento de una frase de La iglesia, la obra de teatro de Louis Ferdinand Celine: “Era un muchacho sin importancia colectiva, exactamente un individuo”.

Pero acá hay dos personajes adentro de un auto bajo un temporal de nieve, discutiendo sobre el bien y el mal mientras alrededor un depredador misterioso los orbita esperando su oportunidad. De alguna manera, pienso, este film es una retorcida reflexión sobre la vida en pareja. Los dos personajes están traumatizados por los sucesos de sus vidas, pero mientras uno piensa que la culpa la tiene papi y mami, el otro piensa que ya es suficiente grande como para resolver sus problemas y aceptar su destino en vez de victimizarse. Uno de los personajes dice, mientras se muere de frío porque la batería del auto ya no funciona y no hay calefacción: “Sólo conocés de verdad a las personas cuando se convierten en tu enemigo”. En ese momento un poema hermoso de Leonard Cohen me vino a la mente: “Dice que quiere matarnos/lo dice a menudo/contale que lo amás/ y su actitud se suavizará/ esperemos un poco/ esperemos un poco más/el enemigo gana fuerza/ esperemos hasta que se haga más fuerte”.

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