El canto racista y homofóbico –muy habitual entre los hinchas futboleros en la Argentina- de algunos jugadores del seleccionado contra jugadores franceses, abrió una suerte de debate respecto de si los argentinos son o no personas que hacen un hábito de la discriminación. Las opiniones están divididas: para algunos los nacidos en este país tienen un alto grado de tolerancia y son muy inclusivos, considerando de ese modo que las actitudes discriminatorias son excepcionales; para otros, en cambio, sí se advierten actitudes de esa índole con demasiada frecuencia.
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Argentina: discriminación y grieta
Tal vez analizar los resultados de la última encuesta sobre el tema permita arrojar un poco de luz sobre la polémica. El estudio, realizado por el Observatorio de Psicología Social Aplicada del la Facultad de Psicología de la UBA, fue presentado hace menos de un mes. Las conclusiones sostienen que sí existen actitudes discriminatorias entre la población. Un dato revelador es que el motivo principal de discriminación es la ideología o las creencias políticas. Es decir, hay actitudes discriminatorias respecto del que piensa distinto. La grieta política, en consecuencia, lejos de achicarse parece haberse ensanchado en la actual etapa.
Pero también hay otros motivos de segregación bastante presentes en el comportamiento social de los argentinos. Los que más sufren la discriminación, según la percepción de los encuestados, son los inmigrantes provenientes de países latinoamericanos, las personas con discapacidad intelectual y las mujeres. Le siguen, con porcentaje menores, los adultos mayores, las personas con obesidad y los homosexuales.
En cuanto a los grupos sociales específicos, los más discriminados son los “villeros”, las personas en situación de pobreza y los integrantes de pueblos originarios.
Un dato especialmente preocupante es que el grupo etario que presentó mayores niveles de prejuicio hacia todos los grupos sociales evaluados es el de los más jóvenes (entre 18 y 29 años), rompiendo una tendencia histórica que indicaban que los adultos tenían mayores prejuicios y los de menor edad eran más tolerantes. El estudio también verificó que los varones discriminan más que las mujeres.
Para los autores del estudio, “los números continúan siendo preocupantes”. Además, estos valores pueden estar reflejando solo la “punta del iceberg”. Muchos actos discriminatorios se encuentran naturalizados e invisibilizados y, lamentablemente, no son percibidos y condenados como tales”.
La virtual desaparición del INADI (Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo) significa un retroceso en lo que respecta a las políticas públicas para combatir estos discursos o prácticas sociales que segregan o vulneran derechos de grupos sociales en particular. Las críticas hacia el funcionamiento del instituto, cuyo trabajo empezó en el año 1995 y que atravesó más de siete gestiones presidenciales, pueden ser válidas, pero no ameritaban el desguace de un organismo que cumplía una misión que en la actualidad nadie cumple.