domingo 14 de julio de 2024
Lo bueno, lo malo y lo feo

Amor al barrio

Enrique Traverso

René Houseman, el Hueso, el Loco, amaba la villa donde había vivido junto a su familia santiagueña. Pocos días antes de que Argentina debutara ante Hungría en el mundial 78, tiraban la humilde casa de los Houseman en la villa Bajo Belgrano, que por aquellos años era un caserío de viviendas raquíticas en la zona del bajo donde se quemaba la basura, terrenos inundables. Había un plan que fracasó para deshabitar las villas en las que por entonces vivían 280.000 personas. Cacciatore, el jefe de la ciudad, sirvió al aparato criminal de la dictadura y al aparato del gran lucro inmobiliario. Unos pocos lograron una modesta vivienda, familias de bolivianos fueron deportados en trenes argentinos hasta La Paz.

“Me habían dicho no mejores la casa, yo estaba terminando una pequeña ampliación porque éramos muchos, me reí y les dije de la villa no me voy”. Palabras del propio Hueso en un homenaje al gran win de Excursionistas, Huracán y la Selección, que se hizo en 1999 (creo) en una finca de los Villafañe en El Hueco de San Antonio.

Tengo registros nítidos de aquellos momentos compartidos en un precioso jardín al aire libre entre una veintena de changos donde éramos minoría los del Globo. Lopecito, el churrero de la peatonal, había tomado la iniciativa de traerlo. Nos juntamos unos cuantos quemeros, ahí andaba Tato Zurita de Salta Central. Cuando quedábamos pocos y se les secó la lengua a los de la verba inflamada, como decía Fontanarrosa , éramos un flaco de traje ajado dueño de todas las estadísticas futboleras, el periodista deportivo que se teñía con manzanilla el pelo y se dejaba el bigote negro. Pekerman Narváez, que era un técnico pichón, estaba enfrente con Chueco Castro, también DT y ahí fue cuando René largo la frase “del barrio nunca te podés ir, yo por lo menos nunca pude”.

Le pregunté si era cierto que no le gustaba entrenar y me dijo “no me gustaba, pero Menotti te imponía una disciplina”.

“Sabes una cosa, a mí no me gusta estar encerrado. Ahora lo mejor es caminar por mi barrio. Yo me escapé del predio donde estaba con la Selección porque me sentía preso y me fui a la villa. Estaba sentado viendo un partido en la canchita del barrio y cayó el Flaco a buscarme. Yo estaba sentado fumando un pucho y viendo a los pibes, esos wines locos que no le tienen miedo a nada, le dije para que se quede tranquilo, y me volví con él a la concentración”.

Sé que no duró mucho en un departamento que le dieron en Parque Patricios, rápido lo cambió por uno cerca de su barrio a metros de la cancha de Excursionistas.

Y se ufanaba de eso, de poder caminar entre los suyos, mirar un picado en una placita, ser saludado por todos. No le había ido bien en River.

“Uno encaja con el corazón en los grupos, tuve mala suerte. Me fui solo. Nunca me echaron, yo siempre me fui de donde no tenía que estar”, me tiró sonriendo por el costado derecho.

También se acordó de aquel partido con los peruanos. “No se entregaron, nosotros fuimos una maquinita ese día”.

En aquella goleada Houseman hizo el último gol que hacía falta para clasificar. Fue un gol de wines, el negro Ortiz que se mete por izquierda y el Loco que entra a la boca del área chica y la empuja.

Houseman le dijo a Norita Cortiñas que Menotti era como su padre y ella como su madre.

Guardo la espiga del recuerdo en mi alforja de cronista, quiero evocar al club de mi barrio: Villa Dolores, que ayer nomás cumplió 91 años. Mi padre alguna vez fue su vicepresidente.

Y si puedo hablar de la Villa debo decir que enfrentados uno con otro, hay dos clubes Ateneo Mariano Moreno y Sportivo Villa Dolores, que años atrás eran como el ensamble de dos muñecas rusas: uno contenía al otro. Hoy dividen, un hermano juega en un club y el otro enfrente.

Los clubes eran hermanos, endógenos a un barrio, a su gente. Hoy compiten, son una planta contra la otra, se desarrollan estorbándose. Si se juntan se potencian, apuesto que dan lugar al club más grande de Las Chacras.

Los tiempos que corren ameritan que se unan, que se fortalezcan siendo uno solo, como el corazón de esa barriada “de cercos que son como un país de madreselvas”, escribió la poeta de Villa Dolores, María Emilia Azar.

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