domingo 26 de noviembre de 2023

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Análisis

El Flâneur del Metal

Por Eleonora Pangaro

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¿Por qué flâneur ? ¿Por qué comparar la figura de un músico del siglo XX con la del flâneur parisino del siglo XIX? ¿Qué tienen en común? La busqueda. Tanto Charles Baudelaire como Ricardo Iorio tuvieron eso en común: la búsqueda incansable de sentido. De algún sentido de todo aquello que estaban, no sólo viviendo, sino viendo, observando mientras caminaban esas calles tan suyas, tan ajenas, tan llenas de gente, tan vacías. Calles impersonales pero a la vez tan propios, caminaban y observaban para luego poder reflejar, ya sea en escritos, poemas o canciones, ese nosequé de protesta ante un cambio (inevitable) que percibían de tanto andar andando esa sociedad “moderna” que crecía confundiendo. progreso con consumo.

Walter Benjamin escribió un libro sobre Baudelaire que tituló “El escritor de la vida moderna”, allí nos desnudó al escritor francés en su vagar por las calles, ese exterior que se regresó interior; exterior interno de uno mismo, ese uno-mismo-afuera. Giorgio Agamben en su Estado de Excepción expresó eso de: “Estar-fuera, y sin embargo, pertenecer”. Pertenecer a la calles, a la muchedumbre, a las masas, ser parte de ellas sin perderse en ellas, sin perder la individualidad. El flâneur se encuentra siempre en completo dominio de su individualidad, dice Benjamín, en contraste con el “espectador” que la pierde porque es absorbida y contaminada por el exterior hasta el punto de olvidarse de sí mismo. Y es que el flâneur busca refugio en la muchedumbre, es un hombre de las masas, uno que se abandona en ella, sin perderse jamás. Un hombre del pueblo. Un detective involuntario, un buscador incansable. Y, como buen detective, un perseguidor. Gonzalo Garcés en su novela “El Miedo” ya propósito de Swann, el personaje de Proust, (En busca del tiempo perdido) dice que “el perseguidor no persigue porque encuentre, en el espejo que representa el otro, una cara que lo complace, sino al contrario porque no la encuentra”. El flâneur, el detective involuntario, el observador, el que todo lo contempla, el perseguidor, lo que verdaderamente busca es justamente eso: la búsqueda, y no la satisfacción. Porque lo que ve no lo satisface. Y como al Baudelaire del siglo XIX, al Iorio del XX, tampoco.

Y en ojos de un metalero, también es rebeldía. Y Ricardo Iorio lo fue. Fue un gran provocador, un profanador, aquel que le dió voz al Gil Trabajador, que les devolvió un lugar, que hizo popular su “sentir”, su alegoría, que fuera entendida, comprendida, repetida y reconocida por ellos a quienes nadie le cantaba. , a quienes perdidos en la modernidad del progreso perdían también su individualidad, esa la propia, la intrasferible.

Insatisfechos, renegados que se niegan a sí mismos,

faltos de calma y de piedad.

Buscan el triángulo en las niñas para alimentar su morbo,

y masturbarse en soledad.

Hermética, 1991

Y es que la soledad es propia del flâneur así como de lo que observa. Baudelaire amaba la soledad, pero la quería en sociedad. Esa misma soledad de una sociedad que se pierde a si misma en busca de un bienestar que obliga a consumir y que encuetra en ese acto, su progreso. Tener-Ser. Esa mercancia que se vuelve prioridad, que ve desdibujado el trabajo en ella porque solo-es-deseando tener aquello que de chiquilín se miraba se afuera, donde, y en palabras de Benjamín, “el valor de cambio y el valor de uso, perdían toda significación práctica, y entraba en juego el puro valor representacional”. El fetiche de la modernidad: el consumo, la moda: su motor. Y el flâneur no le escapa a eso tampoco. Como el poeta francés, el músico del metal pesado nacional también se convirtió en eso de mercancia-en-exhibición, también ellos, como productos, se vendían en los mercados, convirtiéndose ellos mismos en su propio fetiche, como forma detenida en el tiempo, como forma cosificada “condenada al Infierno moderno de lo nuevo como siempre-lo-mismo”. Condenados a la moda, deseando que su obra quede, que los trascienda pero que no los deje afuera. Estar-fuera y pertenecer. Obra y hombre. Mercancia-en-exhibición.

La individualidad excéntrica de Baudelaire era una máscara tras la que intentaba ocultar -por vergüenza- la necesidad supraindividual de su forma de vida y, en cierta medida, de su destino.

Walter Benjamín

Por eso tanto como Baudelaire como Iorio se separaron de la masa, se divorciaron de ella, para convertirse en héroes. Se ajenaron de su propia obra. Fueron profanadas: es de todos y cada uno. Son gritos solitarios ahogándose en un pogo o leídos en un poema.

Mercancía. Obra. Soledad. Máscaras. Multitud y la individualidad al palo. Ser en vidriera al punto de ya no ser. Esperar ese barrer con saña, saberse adictos a miradas vacías, esa búsqueda de sensaciones nunca satisfecha. Ese andar andando sólo por andar, ese no esperar nada especial de un mundo en el cual solo se encontrará ilusión.

En cuanto a mí, estará satisfecho de abandonar

Un mundo en el que la acción jamás hermana al sueño.

Carlos Baudelaire

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