martes 28 de mayo de 2024

Zavaleta

Por Gonzalo Reartes.

29 de octubre de 2016, 03 am. Una peña con iluminación tenue que confiere al lugar la apariencia de esas fotos sepia que se guardan como tesoros del siglo pasado. Un equipo de sonido sencillo que apenas amplifica una guitarra, un bombo y una inconmensurable voz henchida de experiencia. Es “El Chivo” Zavaleta y sentencia: “Voy hacer una zamba que muy pocos la conocen… ¡Pobres!”. ¿Quiénes son los pobres? Los que no conocen. La pobreza es aquí la ignorancia. Por tanto, la riqueza, o por lo menos una forma de ella, es el saber. No sólo es riqueza, también es “ricura”, pues saber conlleva, no siempre, saborear algo. El saber sabe.

26 de abril de 2019, 03 am. El encuentro es en El Cebil, en una casa antigua. Un piso exquisito de formas geométricas y colores pastel, habitaciones en cadena, galería interna, techos y puertas altas. En el primer salón hay una mesa y varias personas sentadas. Giran bebidas, picadas y empanadas. Llega la guitarra y es entregada sin duda alguna a Zavaleta. Suenan las primeras notas, y una voz grave, profunda, venida desde muy antes canta “Zamba del monte, tupida y ruda, silba para cantarte, a tus verdes mi tristeza…” (Zamba del Hachero). Es una reliquia poética que el mercado y los medios de comunicación han relegado ante la invasión de músicas más… “superfluas”. Aquella noche es la primera zamba que interpretará. No sólo canta, hace comentarios graciosos, explica con ironía, reflexiona con profundidad sobre política, la existencia y relaciones humanas, el paisaje y la historia. En algunas ocasiones se olvida o confunde las canciones: “Se me han borrado las ideas… eso es porque hoy me he lavado la cabeza… debe ser el agua caliente…”; “se me han desaparecido las letras… ¡hasta que no aparezcan no se mueve nadie!”. Escucharlo es placentero. Una extraña sabiduría le ronda, parece que “la noche le enseñó a cantar…” Zavaleta juega con los presentes, crea el misterio, la espera y la esperanza: “Esta zamba tiene una historia… otro día se las voy a contar”. La noche es canto, baile, narración, diálogo y brindis. Hay momentos en que todos cantan estribillos, y entre sonrisas dice “¡bello ha salido el coro!”. En otros, el silencio es ritual para escuchar esas “canciones que los viejos nos han dejado”.

Noche sin fecha exacta de 2018. Ha terminado un evento que tampoco recuerdo con exactitud. En una mesa los presentes no se quieren ir y toma la guitarra el “Chivo” Zavaleta. Yo estoy en otra mesa con amigos. Al bombo nadie se anima. Tomo coraje, abandono la mesa y voy a ubicarme cerca del cantor, en silencio, mushito, y empiezo a acompañarlo. Recuerdo el gesto de su cabeza girando un poco, mirándome y asintiendo al final de cada interpretación. Entendí que era su sutil modo de aprobar, de corresponder, de invitar. Mis amigos se han ido, yo acompaño a Zavaleta en una zamba ilusionada mirando el cielo de los Tupamaros.

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