miércoles 1 de abril de 2026
PONCHOS SALVATIERRA

Una marca registrada

Graciela se llevó el máximo galardón en la última Fiesta del Poncho. Artesana por herencia familiar, hoy transmite a sus hijos la tradición del tejido.

Desde Londres, Belén, la primera posta de la Ruta del Tejido, Graciela Salvatierra llegó con sus tejidos, como siempre a la Fiesta del Poncho. Por su talento y creatividad, resultó ganadora. Su poncho fue el mejor, otra vez. En 2019, se llevó este galardón por primera vez. ¿Habrá una tercera ocasión? “Que gane otra persona. Nosotros vamos a exponer y los jurados eligen”, indicó.

La elaboración del poncho ganador le demandó dos meses. “Lleva mucho trabajo. Este poncho tiene muchos teñidos”, expresó. Con tinte natural, de las plantas autóctonas, como la de las cebollas, la nuez o el algarrobo dio color a la lana de oveja. “Las ovejas vienen de más arriba, donde no hay espinas. Ahí compramos la lana”, señaló. Para Graciela, participar en la Fiesta del Poncho “es una tradición”. “Desde hace años vengo participando, casi desde niña. Siempre fui. Hay una costumbre: tenemos que trabajar para ir a la Fiesta del Poncho. Siempre nos ha ido bien. Se vende algo”, comentó.

Actualmente, un poncho artesanal tiene un costo monetario que oscila los $70.000. “Los precios varían. Van subiendo o bajando según el trabajo”, explicó. Sin embargo, cada prenda tiene muchísimo valor. “Todos los ponchos son hermosos. Los hago porque veo que a mucha gente le gusta. Para hacer ponchos se necesita imaginación”, consideró. Además de esta tradicional prenda, se confeccionan fajas, caminos de mesa y pie de cama.

La talentosa artesana aprendió de sus padres. De generación en generación se fue traspasando este conocimiento. Ahora ella se lo transmite a sus tres hijos varones, que también se dedican al tejido. Graciela empezó a aprender desde niña; ayudaba a urdir y a hilar.

Hoy tiene su propio emprendimiento familiar: Taller Ponchos Salvatierra. Ella trabaja a la par de su marido y de sus tres hijos –cada uno de ellos tiene su propia familia-. Los muchachos también sumaron a sus amigos para aprender un oficio y, así, recuperar una tradición.

“Es la enseñanza de nuestros padres. Se está recuperando la tradición. Algunos jóvenes están aprendiendo. Esperamos que no se pierda. Mis hijos ya son grandes y cada uno tiene su familia. Estamos trabajando con los ponchos”, comentó la artesana.

Al futuro

“Agradezco a mis hijos. Antes se estaba perdiendo y ahora se está recuperando. Los amigos de mis hijos los ven y ayudan. Están aprendiendo. Los jóvenes tienen entusiasmo y ganas de seguir. Ven a mis hijos y aprenden. Se está trabajando mucho. Esto recién comienza”, consideró Graciela.

La artesana recordó que aprendió este arte a través de sus padres. Bajo la sombra de un nogal comenzó a tejer y no paró más. Hoy, las condiciones mejoraron un poco. “Antes se trabajaba bajo un nogal. Así ayudé a mis hijos. Ahora están bajo techo”, indicó.

Graciela y su familia, su empresa, tiene un norte: “Seguir haciendo ponchos. Siempre haciendo ponchos. Es lo que aprendí”, comentó.

El talento es una llave que abre muchas puertas. Graciela lo sabe. Siente orgullo y satisfacción cuando ve que esta prenda tan catamarqueña se luce en otros rincones del mundo. “De acá salieron muchos ponchos. A veces nos preguntamos por dónde andarán nuestros ponchos. Los artesanos hacemos bien las cosas”, expresó.

Nueva generación

Mauro es uno de los hijos de Graciela. Así como pasó con su madre, él aprendió el arte del tejido y hoy la ayuda en el emprendimiento familiar. Recordó que empezó a aprender cuando era chico, casi “por obligación”. “Hoy es un gusto. Vivimos de los tejidos. Aprendimos de ellos, de los abuelos”, contó.

Actualmente tiene 30 años, está en pareja y tiene un hijo de un año y medio. A los 15, comenzó a formarse como tejedor. Con el tiempo, se sumaron unos amigos para aprender y hoy ellos también forman parte de este emprendimiento.

“La idea es seguir transmitiendo lo que uno sabe. Ojalá que no se pierda. Me gusta mucho y vivo de esto. Pude viajar por Argentina y a Malasia”, aseguró. Para el joven, “es una sensación muy linda” ver que estas prendas se luzcan por todos los rincones del mundo.

Junto con Cristian Mohaded, un reconocido diseñador catamarqueño, trabajaron en unos tapices. Estos se presentaron en New York, Estados Unido, y en Francia.

“El valor de un poncho no es tanto económico. Siempre están las ganas para hacer lo mejor posible. Los ponchos que elaboramos con una marca registrada por la calidad de las prendas”, consideró el joven.

Texto: Basi Velázquez

Fotos: Ariel Pacheco

Embajadora

El talento de Graciela la convirtió en una suerte de “embajadora del poncho”. En 2017, junto con su hijo Mauro Gutiérrez, viajó a Kuala Lumpur, Malasia. Fue invitada y, en la ocasión, compartió con los malasios las técnicas de tejido. “Ellos utilizan la misma técnica”, recordó aunque ahora trabajan con máquinas industrializadas en el país asiático. Graciela llevó de regalo y como muestra un poncho guarda atada.

Redes

A través de las redes sociales, se pueden contactar con Graciela Salvatierra.

En Facebook Ponchos Artesanales Salvatierra y en Instagram @ponchossalvatierra.

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