domingo 22 de marzo de 2026
La cultura bajo la sombra

Cuando la dictadura quiso silenciar a toda una provincia

A 50 años del golpe de Estado, la memoria cultural de Catamarca sigue buscando las voces que el terrorismo de Estado acalló. Entre exilios, desapariciones y censura, hubo quienes encontraron en el teatro, la música y la palabra una forma de resistencia.

El 24 de marzo de 1976, la Argentina amaneció bajo el ruido de las botas. Pero el silencio que intentó imponer la dictadura no fue sólo el de los secuestros y la muerte. Fue también un silencio cultural, un apagón de ideas que buscó borrar todo aquello que pensara distinto. A medio siglo de aquel golpe, las heridas en el tejido artístico de Catamarca y el país aún duelen, y la tarea de reconstruir lo que se quiso destruir sigue siendo una deuda pendiente.

Cuando un artista desaparecía, no se llevaba sólo su vida. Con él se iban las canciones que nunca pudo escribir, los libros que quedaron a medio terminar, los personajes de una obra de teatro que jamás llegaron a saludar al público. La dictadura lo sabía: para dominar a un pueblo, primero hay que callar sus historias.

En Catamarca, ese silencio llegó con formas propias. Más sutil que en Buenos Aires, pero igual de efectivo. La universidad fue uno de los primeros blancos. Los centros de estudiantes se vaciaron, los debates se apagaron y las aulas quedaron en manos de un claustro académico conservador que vigilaba cada palabra. Profesores como los que hoy nombramos en voz baja fueron separados de sus cargos, sus nombres borrados de los listados, sus ideas, prohibidas.

Pero la dictadura no sólo persiguió personas: persiguió imaginarios. Hubo listas negras de artistas, obras que no podían mencionarse, libros que ardieron en hogueras silenciosas. Y quizás lo más terrible fue la sombra que se instaló en la cabeza de los creadores: la autocensura. El miedo a que una metáfora sonara a rebelión, a que una guitarra cantara lo que no debía.

En ese paisaje de opresión, hubo pérdidas que aún hoy duelen como si fueran de ayer. La desaparición del músico Icho Valderrama no fue sólo la de un hombre: fue la de una voz entrañable del cancionero popular catamarqueño. Su ausencia, como la de tantos otros, dejó un vacío que ninguna estadística puede llenar.

Otros debieron irse para poder seguir siendo. El titiritero y poeta Quique Sánchez Vera dejó su tierra cuando el sólo hecho de hacer reír a los chicos con títeres se volvió sospechoso. La artista Blanca Gaete emprendió el exilio, como tantos argentinos que tuvieron que aprender a dibujar su país desde la distancia. El exilio, esa patria de la ausencia, les arrebató el público, el paisaje, la cotidianidad. Pero muchos, como ellos, convirtieron la memoria en el centro de su obra, y desde lejos siguieron construyendo la cultura que les negaban.

Esa censura cultural también adquirió formas institucionalizadas. Durante la dictadura funcionó en la provincia una comisión encargada de supervisar contenidos culturales y educativos, integrada por un representante del Obispado, una integrante de la Liga de Madres de Familia y un delegado del gobierno provincial. Este organismo actuaba en articulación con el aparato represivo nacional y respondía al control del Luciano Benjamín Menéndez, jefe del Tercer Cuerpo de Ejército. Bajo ese esquema, la vigilancia sobre libros, materiales educativos y expresiones culturales se convirtió en una herramienta más del disciplinamiento ideológico que el régimen intentó imponer sobre la sociedad.

Sin embargo, no todo fue callar. En medio del silencio obligado, algunos espacios se mantuvieron como refugios. El teatro independiente fue uno de ellos. Figuras como Héctor Pianetti y Oscar Carrizo sostuvieron, desde la trinchera de un escenario, la llama de la creación. Con obras que hablaban en clave, con metáforas que esquivaban la censura, lograron que el público siguiera pensando, sintiendo, preguntándose.

La censura también tuvo sus formas más sutiles. No siempre fue una prohibición explícita. A veces, fue el olvido. El escritor belicho Luis Franco, una de las mentes más lúcidas y críticas de la literatura argentina del siglo XX, fue sistemáticamente marginado de los circuitos oficiales de su propia provincia. Su obra, incómoda para el poder, fue enterrada bajo el polvo de las bibliotecas, una prueba de que callar a un autor también es una forma de censura.

A pesar de todo, la cultura encontró grietas por donde respirar. En las peñas folklóricas del noroeste, en las reuniones donde la zamba y la chacarera se cantaban como siempre, se preservó una sensibilidad popular que la dictadura no pudo domesticar. La tradición oral, los encuentros furtivos, las guitarras que sonaban en casas de familia mantuvieron vivo un hilo que el horror no pudo cortar.

Con la democracia, en 1983, ese hilo comenzó a tejerse de nuevo. Obras de teatro, películas, investigaciones y libros se animaron a contar lo que había pasado. La memoria empezó a salir del escondite. Pero a 50 años del golpe, la pregunta sigue vigente: ¿hemos recuperado todo lo que se perdió?

La dictadura fue una herida profunda en el cuerpo cultural de Catamarca y de la Argentina. Recordar a los que se llevaron, a los que se fueron, a los que resistieron, no es un ejercicio nostálgico. Es entender que la cultura, esa forma que tenemos de decir quiénes somos, es siempre el primer territorio que el autoritarismo quiere conquistar.

Porque si algo nos enseñó aquella noche del ‘76, y todo lo que vino después, es que ni la censura más brutal ni el miedo más hondo lograron callar del todo. El arte y la memoria, como el monte después del incendio, siempre encuentran la manera de volver a brotar.

Texto: colaboración de Oscar Németh

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