viernes 24 de abril de 2026
ARTURO HERRERA

Un académico bien catamarqueño

Con una destacada formación en lenguas clásicas y en literatura regional de Noroeste Argentino, a finales del año pasado, fue nombrado como miembro de la Academia Argentina de Letras.

En septiembre del año pasado, la Academia Argentina de Letras incorporó como integrante al profesor catamarqueño Ariel Arturo Herrera Alfaro, licenciado en Letras por la Universidad Nacional de Catamarca y doctor en Letras especializado en Filología Clásica por la Universidad Nacional de Córdoba. Es profesor titular de las cátedras Latín y Literatura Latina II, Griego y Literatura Griega II, Seminario de Literaturas Clásicas y Literatura Regional del NOA de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Catamarca. Además, es investigador y autor de libros y demás artículos académicos.

“Es un hecho honroso, que sucedió a fin de año. Me honra porque no me lo esperaba. Al ver hacia atrás, me di cuenta de que desde adolescente me dedicaba a leer y estudiar la literatura y la lengua de Catamarca. Lo hacía sin demasiada consciencia de estar haciéndolo; con el tiempo fui tomando consciencia. Esta membresía me convierte en un comunicador entre Catamarca y la Academia. Es honorable”, expresó.

El profesor Herrera inició su formación clásica de niño. Ingresó a 5º grado de la escuela primaria conocida por entonces como el Seminario –hoy, el Instituto Privado Nuestra Señora del Valle-. Luego, continuó en el Nivel Secundario. Por entonces, durante siete años estudió Latín y seis años de Griego; mucha historia; en clase, tenían lecturas semanales de literatura clásica y los clásicos, no sólo de la literatura grecorromana, sino de todos los tiempos. “Nos privilegiaba la formación humanística que tiene su base en las lenguas clásicas y en la literatura clásica. La última literatura que veíamos, al recorrer una historia de la literatura, era la literatura regional. Leíamos como última etapa, a punto de egresar, la literatura regional y, particularmente, la de Catamarca. Teníamos que leer, interpretar y escribir pequeños ensayos. Sin darnos cuenta, ya teníamos un bagaje cultural que después sirvió en una etapa posterior, en el caso de los que seguimos una etapa universitaria”, recordó.

Luego, ingresó a la casa de altos estudios local. Se formó con docentes de reconocida trayectoria, como el profesor Horacio Monayar, la profesora María Soria de Melo, la profesora María Rosa Calás de Clark, la profesora Marita Arce de Blanco y la profesora Juanita Collado de Sastre, con quien tuvo una gran amistad, hasta su fallecimiento. La vida le permitió ser alumno y después colega. “Con todos pude trabajar durante la etapa de alumno y posteriormente. Con todos realicé alguna labor durante la cual aprendí mucho. Son personas que merecen todo mi recuerdo –para quienes ya no están-, mi respeto y agradecimiento. Es honroso también y tuve la suerte de conocerlos y aprender de ellos, de personas tan dedicadas en lo que hacían. Luego, uno prolonga lo que aprendió de ellos, poniéndole un sello personal. Es una prolongación de lo que recibí en la etapa de formación universitaria. Siempre estoy agradecido”, expresó.

A modo de anécdota, contó que en la presentación de uno de sus libros, expresó que se sentía más cercano a la generación que lo formó que a la generación contemporánea. “Sentía una posibilidad de interlocutor y de diálogo más con sus docentes, aquellos que le enseñaron. No sé si es una característica personal o una consecuencia de estar siempre entre los libros y el conocimiento. A menudo digo que tengo como una actitud monástica; no soy de salir mucho, me gusta estar entre los libros, pensar mucho. Además, tengo otros intereses. Fueron profesores de los que aprendí mucho”, comentó.

Con 19 años, tuvo su primera experiencia en el aula. Si bien aún no estaba recibido como profesor de Letras, la necesidad –ante una vacante docente- y sus conocimientos en Latín le dieron una oportunidad para enseñar en la secundaria. Luego, cursó como ayudante alumno, en 1997 y, una vez recibido, rindió otros concursos para ascender. Trabajó en las cátedras de Latín y Literatura Latina, junto con la profesora María Soria de Melo. “Cuento mi docencia desde el momento que estuve frente a alumnos, desde los 19 años y tengo 49”, remarcó.

Entre libros

Además de la docencia, el profesor Arturo dedica parte de su tiempo a la producción literaria y a la investigación. Sus trabajos fueron publicados en varios libros. Sus libros personales son de poemas o del resultado de investigaciones. También publicó antologías de autores catamarqueños, colaboraciones y en alguna ocasión le tocó prologar libros de amigos como el poeta Claudio Sesión, ya fallecido, con quien tenía una gran amistad.

“He prologado casi la mitad de sus libros. Hace poco tiempo me tocó prologar los libros de Silvia Rivas, quien vive en España, tanto el libro de relatos y cuentos como el de poesía, que ganó un premio en ese país. Lo hago por una gran amistad y placer. Además, hay artículos dispersos por ahí”, sostuvo.

En carpeta

En materia de proyectos, aseguró que siempre hay algo en mente. En breve se editaría un libro de una compilación de estudios sobre el teatro, adelantó.

Según explicó, este trabajo es producto del Congreso de Teatro Comparado que se realizó años atrás. El proceso de evaluación de los proyectos presentados lleva tiempo; recién ahora podría estar entrando en imprenta, aclaró.

“Tengo más proyectos que realizaciones. Las ideas me asaltan todo el tiempo. Tengo muchas ideas siempre pero el tiempo, cuando empiezan las clases no me sobra. De todas las ideas y proyectos que pueda llegar a tener, siempre elijo uno o dos, que son de tipo académico, y quizás uno, que es de tipo personal. Trato de hacerlo avanzar”, contó.

También tiene proyectos de libros personales, que requieren mucho tiempo. “Estoy tratando de sacarle tiempo al día y tiene 24 horas, nada más. Siempre tengo ideas. Muchas veces, me acompañan personas en las que confío, como Pablo Sosa. Confío plenamente en su capacidad intelectual. Él siempre me acompañó en algunas propuestas, algunas veces alocadas”, remarcó. El profesor Sosa es colega y un amigo de la vida. Se conocen desde que son niños, de cuando iban al Seminario.

Otro proyecto es poder continuar con la historia de las letras de Catamarca que había iniciado el equipo de la profesora Calás de Clark. No obstante, el profesor Arturo advirtió que se hace dificultoso porque se debe reunir un equipo que pueda trabajar el tiempo que requiere una elaboración de una historia de las letras. Consideró que los alumnos tienen que estudiar y los que se reciben tienen que trabajar y buscar trabajo donde sea. “Es difícil reunir un equipo que realmente cuente con el tiempo suficiente que se dedique a esto. En realidad, no hace ganar dinero; se le dice ‘ad honorem’ pero es gratuito. Si bien hay una finalidad honorífica, pero la realidad es que es mucho trabajo gratuito”, indicó.

El profesor consideró que hay un camino que demanda mucho esfuerzo y pese a ello, no tiene remuneración. Sin embargo, en algún momento debe terminar. “El esfuerzo debe ser remunerado. El trabajo tiene su valor y socialmente tiene que tener remuneración económica, sino no se puede. Hay que equilibrarlo; no todo puede ser gratuito”, opinó.

Su formación, capacidad, conocimiento y producción es proporcional a su modestia. El profesor Arturo siempre mantuvo un perfil bajo. Según sus palabras, todo lo que hace no es para hacerse nota sino por el simple disfrute. Para resumir esta idea, citó una frase del saber popular: “No por poner un huevo hay que cacarear tanto”. Para el académico catamarqueño, lo que se hace, a alguien le servirá y lo reconocerá. “Particularmente, no hago una fiesta por las cosas que hago. Me gusta hacerlas y si a alguien le interesa y le sirve, mejor”, comentó. A la vez, citó otra frase de El Quijote: “herradura que chacolotea clavo le falta”. “No quisiera hacer el ruido de la herradura y que me falte… por eso, muchas veces no me interesa presumir nada”, consideró.

Al sentirse honrado por este cargo por la Academia Argentina de Letras, también siente una gran responsabilidad. “Espero poder responder a la altura de lo que se necesita. Quiero pensar que todas las labores académicas e intelectuales se podrán llevar a cabo de manera seria, eficaz e interesante. Si tengo que ser juzgado por alguien, preferiría que me juzguen los alumnos. Algunas veces pienso que el día que no vea una cara feliz entre el grupo de alumnos, ese día tendría que dejar la docencia. Esa es la motivación que siento. Puede estar todo bastante retorcido, pero en el momento que empieza el intercambio con los alumnos en el espacio del aula, es como si todo cambiara. Es una gran responsabilidad en mí. Esa interrelación es muy enriquecedora”, contó.

Los Herrera

El profesor Arturo tiene un parentesco, aunque un poco lejano, con Julio Herrera, un destacado jurista quien además fue gobernador de Catamarca. “No tengo una descendencia directa, pero la familia Herrera se vincula. Eso lo sabe muy bien un amigo que es genealogista, el profesor Marcelo Gershani Oviedo, con quien estamos en comunicación frecuente. Dentro de la familia Herrera hay dos ramas: los Herrera Quiroga y los Herrera Castellanos y de ahí está el vínculo con Julio Herrera”, explicó.

Textos: Basi Velázquez

Fotos: Ariel Pacheco y gentileza Arturo Herrera

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