La relevancia de la propuesta fue reconocida mediante declaraciones de interés de las cámaras de Diputados y Senadores de Catamarca, la Facultad de Derecho de la UNCA y la Cámara de Diputados de la Nación.
El Congreso tiene una modalidad internacional e itinerante. Comenzó en Tarija, Bolivia; hizo su segunda escala en Catamarca y continuará en Salta y Córdoba. El recorrido no es solamente geográfico. También permite seguir las distintas dimensiones de un hombre que fue fraile franciscano, sacerdote y obispo, pero además periodista, legislador, docente y convencional constituyente.
Bajo el lema “Beato Esquiú, apóstol y ciudadano, servidor de la unidad”, el encuentro propuso observar esas dimensiones no como partes separadas, sino como expresiones de una misma vocación. Para profundizar en esa mirada, la figura del padre Oscar Tapia, coordinador general del Congreso en nuestra provincia, y de la “Comisión Académica Bicentenario Natalicio Esquiu”, resulta fundamental.
Las dimensiones de Esquiú
Tapia comentó que "el Congreso permitió avanzar en el conocimiento de Esquiú en su paso por Uruguay, su vida en Bolivia, en Tierra Santa, a la vez que continuó en la profundización de sus sermones y la vigencia aún en nuestro siglo XXI. La etapa del Congreso en Bolivia en este mes de julio del 2026 trajo un gran avance para conocer ese tiempo significativo en la vida de Esquiú".
El abordaje de su transitar abrió las diferentes aristas del beato. Más allá de la imagen del fraile humilde y del reconocido “Orador de la Constitución”, las exposiciones recuperaron a un hombre intelectualmente inquieto, comprometido con los demás y profundamente involucrado en los conflictos de su época.
Esquiú no vivió aislado de la realidad. Su pensamiento se construyó en diálogo con las grandes discusiones políticas, sociales e institucionales del siglo XIX. Observó su tiempo, tomó posición y utilizó los espacios que tuvo a su alcance para intervenir en él.
Las conferencias de Gustavo Irrazábal, Gabriel González Merlano y las trece ponencias presentadas en Catamarca permitieron ampliar esa mirada. Desde un abordaje plural, reconstruyeron las raíces familiares de Esquiú, sus viajes y peregrinaciones, su vocación pastoral y misionera, su pensamiento teológico y constitucional, sus representaciones literarias y simbólicas, y la proyección histórica y patrimonial de su legado.
El Congreso no buscó solamente reconstruir lo que hizo, sino comprender qué ideas guiaron sus decisiones y por qué su figura conserva vigencia 200 años después de su nacimiento.
Las visitas a los sitios ligados a su memoria contribuyeron a ese propósito. La reflexión salió del auditorio para trasladarse a los lugares en los que Esquiú vivió, estudió, predicó y construyó buena parte de su legado. Volver sobre esos espacios permitió acercarse a una figura histórica que, por momentos, parece lejana, pero que nació en Piedra Blanca y comenzó allí un recorrido de proyección nacional e internacional.
Beato Esquiú, apóstol y ciudadano
Oscar Tapia destacó que "el lema, tomado del título de la obra monumental de Armando Bazán, al cual sólo hemos agregado 'servidor de la unidad', expresa la magnífica síntesis existencial en la vida de Esquiú de la dimensión terrestre y celestial de la vocación cristiana, un armonioso equilibrio entre el ciudadano que edifica la sociedad y se compromete con sus problemáticas, con el apóstol que trabaja en una dimensión trascendente por instaurar el Reino de Dios en la vida cotidiana".
En Esquiú no había una frontera definida entre el sacerdote y el ciudadano. No abandonaba sus convicciones religiosas cuando intervenía en política ni se desentendía de los problemas públicos cuando ocupaba el púlpito.
Su mirada sobre la Constitución era también la mirada de un sacerdote. Pensaba la ley, la autoridad, la libertad y las instituciones desde una concepción cristiana de la sociedad. Del mismo modo, entendía que la fe no podía reducirse a la vida privada ni permanecer indiferente frente a las necesidades de los demás.
Esa convivencia quedó expresada en su participación como legislador y convencional constituyente, pero también en sus sermones, sus escritos periodísticos y su propio proyecto de Constitución para Catamarca, publicado en 1879.
Allí pensó la organización del Estado, la representación, el sufragio, las condiciones para ocupar cargos públicos y los límites de quienes ejercían el poder. No lo hizo como un jurista ajeno a la religión, sino desde una mirada teológica que colocaba la política bajo una exigencia ética.
Esquiú entraba y salía de la Iglesia, la Legislatura y la redacción de un periódico sin cambiar de conciencia. Sus dos grandes ejes permanecían intactos: la fe y la Constitución. Para él, ambas debían estar al servicio del bien común.
La palabra justa
Esquiú es recordado como un hombre de paz, pero nunca la confundió con el silencio. Cuando consideraba que estaban en juego la unidad nacional, el respeto por la ley o el destino de la comunidad, su palabra podía ser crítica y firme. "La palabra era el gran instrumento de predicadores y políticos en el siglo XIX (...). Esquiú fue un maestro en el uso apropiado de la palabra, tanto en la predicación, como en la enseñanza y en su desempeño periodístico. Siempre fue firme con la verdad, pero jamás ofensivo, hiriente o descalificador. Realmente un ejemplo del uso suave y firme de la palabra", expresó Tapia.
El ejemplo más conocido es el Sermón de la Constitución, pronunciado el 9 de julio de 1853, cuando tenía apenas 27 años. La Constitución Nacional recién sancionada despertaba fuertes resistencias y él mismo tenía diferencias con algunos aspectos de su contenido. Sin embargo, comprendió que el país necesitaba un marco común para dejar atrás décadas de enfrentamientos. Su defensa de la Carta Magna no fue una aceptación ingenua. Fue una decisión política y moral: anteponer la construcción de la Nación a las discrepancias particulares.
La repercusión de aquel sermón superó rápidamente las fronteras de Catamarca. El presidente de la Confederación, Justo José de Urquiza, ordenó imprimirlo y distribuirlo por las provincias. La voz de un joven fraile de Piedra Blanca se convirtió así en una intervención decisiva dentro del proceso de organización nacional.
Esquiú eligió la palabra como herramienta. En una Argentina atravesada por conflictos armados, su voz fue su principal arma para persuadir, señalar injusticias y defender sus convicciones. A veces lo hizo desde el púlpito y otras desde la prensa, donde dejó una máxima que todavía interpela al oficio periodístico: “No escribir ni publicar aquello que no se pueda sostener como caballero”.
Una figura que trasciende el ámbito religioso
En las paredes del Salón de Honor de la Cámara de Diputados del Congreso de la Nación se exhibe un óleo de Fray Mamerto Esquiú realizado por Antonio Alice.
No es un dato menor. Su retrato ocupa un lugar entre las figuras centrales de la historia argentina porque Esquiú no pertenece únicamente a la memoria de la Iglesia. Su participación en la vida pública y su aporte a la construcción constitucional le dieron una trascendencia política e institucional.
Antes de ser reconocido oficialmente como beato, ya era considerado por muchos de sus contemporáneos como un hombre santo. Esa percepción no surgía solamente de su humildad o austeridad, sino de la coherencia entre lo que predicaba y la forma en que vivía.
Su vocación religiosa lo llevó a comprometerse con el destino de los demás. Como se destacó durante el Congreso, su atención estuvo puesta especialmente en los pobres, las mujeres y los desvalidos de una sociedad atravesada por profundas desigualdades y enfrentamientos.
La santidad y la ciudadanía no aparecían en él como caminos opuestos. Su forma de consagrarse a Dios incluía el compromiso con su comunidad, con su provincia y con el país que todavía intentaba organizarse.
Por eso su figura puede ser estudiada desde la teología, la historia, el derecho, la política, el periodismo y la educación. Ninguna de esas perspectivas, por sí sola, alcanza para explicarlo por completo.
Esquiú y las discusiones de la Argentina actual
El Congreso permitió llevar su pensamiento más allá del homenaje y ponerlo en diálogo con preguntas que siguen abiertas.
¿Qué lugar ocupa hoy el respeto por la ley? ¿Cómo se construye unidad sin eliminar las diferencias? ¿Qué responsabilidad tiene quien toma la palabra en el espacio público? ¿Es posible defender convicciones firmes sin transformar al otro en un enemigo?
Esquiú no dejó respuestas pensadas para los problemas del siglo XXI. Intentar trasladar sus ideas de manera literal sería desconocer la distancia histórica. Pero su manera de asumir los conflictos todavía ofrece un punto desde el cual reflexionar.
"Esquiú tiene una enorme actualidad para nuestra Argentina fragmentada, agrietada; sigue siendo una voz clara, lúcida, llena de esperanza para la vida republicana democrática. Sus sermones, más allá del ropaje del lenguaje del siglo XIX, en el contenido tienen plena vigencia, pero ameritan ser estudiados y leídos en sus contextos para no usarlos o hacer decir a Esquiú lo que no dijo, ni benefició a ninguna bandería particular, religiosa o política. Es en efecto, modelo de apóstol y ciudadano hoy", reflexionó el organizador general del evento.
"Los futuros Congresos siguen teniendo todavía una gran tarea: reeditar sus escritos: sermones, cartas, el Diario personal; continuar investigando su vida fuera de Catamarca (Bolivia, Ecuador, Perú, Roma, Jerusalén, Uruguay); entrar en la profundidad de su persona y su pensamiento. En fin, Esquiú es alguien enorme, vale la pena seguir conociéndolo", agregó como una invitación más para adentrarse en la figura de este catamarqueño de relevancia nacional.
La vida de Esquiú muestra a un hombre que no permaneció indiferente ante las dificultades de su tiempo. Defendió la paz, pero tomó posición. Señaló la importancia de la ley, pero también reflexionó sobre su fundamento moral. Participó de la política, pero no la desligó de la responsabilidad hacia los demás.
Allí reside uno de los mayores aportes del III Congreso Académico: recuperar a Esquiú no como una figura inmóvil, encerrada en una estampa, sino como una voz capaz de provocar nuevas preguntas.
Su presencia permanece en Piedra Blanca, en la memoria religiosa y en la historia constitucional, pero también sobrevive en cada discusión sobre la convivencia, el bien común, la responsabilidad de la palabra y la necesidad de construir acuerdos.
Doscientos años después de su nacimiento, Esquiú vuelve a tomar la palabra. El Congreso permitió escucharla nuevamente y descubrir que, detrás del símbolo, todavía existe una figura profundamente humana, compleja y vigente.