miércoles 1 de abril de 2026

El baqueano: experto en supervivencia

La carrera de los siete kilómetros para ganarle a una creciente.

Los hombres de campo siempre aconsejan que cuando se visita el interior profundo, si no conocés el lugar y la idiosincrasia y sumado el conocimiento del tiempo de acuerdo con todo lo que te rodea, siempre debés tener a mano un baqueano, aquellas personas que son oriundas del lugar y conocen todo, incluso por el aroma pueden determinar dónde fue la lluvia.Es increíble pero real y sorprende porque la mayoría de esas personas no son profesionales, son simples ciudadanos que la experiencia de los años vividos los ha preparado para supervivir, por eso, en el conocimiento del lugar, no hay quien los supere.

Viene a mi memoria estas recomendaciones por lo que vivimos un día de enero de este año. Ese día nos invitan a mí y a la familia a un pueblo cercano a la ciudad de Tinogasta, que tiene un microclima muy particular.

Este pueblo se llama Río Colorado y tiene como Patrona a la Virgen de Luján. Este es un pueblo con una población diezmada por la modernidad y la tecnología.

Al salir de la ciudad de Tinogasta, hacia el sur, por Ruta Provincial Nº 3, (esta era la traza de la Ruta Nacional N°40, que por intereses vaya a saber de qué tipo, cambió su recorrido) asfaltado, pero en regulares condiciones, recorriendo 20 kilómetros más al sur por estaruta, hay un cartel pequeño que indica el ingreso a Río Colorado, por un camino de tierra.

En dirección a la montaña, hay que recorrer 7 kilómetros para llegar al centro del pueblo, que en la actualidad cuenta con doce familias, los Díaz, los Arancibia, los Godoy, los Madera, los Casas y los Castro son algunos.

A este pueblo someramente descriptivo nos habían invitado a compartir la merienda; recorrimos con mi familia, el camino indicado y al entrar al pueblo, nos llamó la atención el color rojizo de la tierra pero también las piedras. Más aún, el mismo color tenía una cadena montañosa que se erigía y al pie de la misma se extendía el pueblo.

Aquí y allá se podían observar pequeñas majadas de cabras e incluso en la cima de la montaña tenían presencia, que parecían lunares multicolores, blancos, marrones y negros sobre la base rojiza de la montaña, a la que popularmente en el lugar lo denominan “bordo”.

Bueno, ya había pasado la hora de la merienda y uno de los dueños de casa, dice: “Ya que vinieron por qué no se quedan a cenar”. La respuesta no fue inmediata porque en ese momento relámpagos brillosos surcaban el cielo y bulliciosos truenos que retumbaban en la montaña, les seguían. La demora en la respuesta, era el temor de que, al llover mucho, los ríos que atraviesan la ruta, crecieran y nos impidan pasar hacia la ciudad de Tinogasta. Contestamos y explicamos nuestro temor, que fue comprendido de inmediato pero el baqueano, que era el mismo dueño de casa, nos dijo: “No teman, si eso llegase a ocurrir es porque llovió mucho del otro lado del cerro, y cuando llega la creciente a la “boca de la quebrada”, se la escucha y a partir de ese momento tienen media hora a cuarenta minutos para pasar el río, ya que ese es el tiempo que demora la creciente en llegar a la ruta”.

Ante esa explicación decidimos quedarnos a la cena pero, como se dice popularmente, con un oído siempre puesto en la dirección que creíamos estaba la quebrada y donde, según los dichos del baqueano, se escucharía el ruido.

Todo el tiempo de preparación de la cena fue tranquilo. De vez en cuando, un leve chaparrón tenía presencia por lo que cambiamos de lugar de cena del patio al interior de la vivienda. La misma cena transcurrió en un ambiente muy ameno y al final de la misma, los cuentos campestres se hicieron presentes, los duendes, diablos, brujas y salamancas, se hicieron presentes con las expresiones temerosas de los más pequeños.

En un momento dado y para festejar el encuentro, nos preparamos para hacer el brindis, el chinchin de copas se dejaba escuchar, cuando de pronto se escuchó como una explosión, nos pusimos de pie los que no somos del lugar, mientras los lugareños permanecieron sentados, tranquilos, mientras sonreían por nuestra actitud.

Nos explicaron que la creciente había llegado a la “boca de la quebrada”, y que el ruido escuchado era el choque de piedras arrastradas por la fuerza del agua, contra las rocas de la montaña. Y agregaron: “Si quieren quedarse, pueden hacerlo, pero si la decisión es ir a la ciudad de Tinogasta, tienen treinta minutos para ‘ganarle’ a la creciente en su paso por la ruta.

Nos miramos y casi al mismo tiempo, todos dijimos: “¡Vamos!”. Ante esa decisión, nos pusimos de pie y dejando las copas con la bebida servida, salimos raudamente camino a la Ruta Provincial N°3. Fue una carrera de 7 kilómetros entre la creciente y los dos vehículos en los que nos trasladábamos. Las curvas muy pronunciadas impedían el andar rápido de los vehículos.

Fue muy raro el viaje por esos siete kilómetros porque detrás de cada curva, nos parecía que ya estaba la ruta y ella la cinta asfáltica pero nada de eso ocurría. Era tanta la ansiedad en ese momento de ganar la carrera, que todos íbamos atentos a lo que pasaba e incluso alguien dijo: “¡Estos 7 kilómetros me parecieron los más largos del mundo!”.

Bueno, al final ganamos la carrera, pasado los grandes ríos y pequeños arroyos, sin dificultad, pero siempre atentos a que no haya agua en ellos. Llegamos a la ciudad de Tinogasta, sanos y salvos, contentos de haber ganado la carrera y estar en nuestra casa.

Al día siguiente, nuestros anfitriones, nos contaban telefónicamente, que la creciente había llegado con fuerza a la ruta, pero que no había sido de larga duración.

En fin, experiencias que se viven, con susto y ansiedad pero que permiten conocer Catamarca, ese interior profundo que es desconocido y que hasta me atrevería a decir que en pleno siglo XXI, aún permanece virgen.

Texto y Fotos: Colaboración de Oscar Hugo Alaniz

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