Ana María Canil

“Con la lapicera uno puede construir su mundo”

La reconocida notaria, que ejerce su profesión hace más de cuatro décadas, tiene entre sus cualidades personales, ser una usuaria y apasionada de las plumas y el mundo de las palabras.
domingo, 19 de septiembre de 2021 · 01:00

Ana María, quien trabaja junto a su marido, Luis Parra, en su escribanía, es una mujer apasionada por el mundo de las letras. Esto la llevó a que, con el paso del tiempo adquiera una importante cantidad de plumas, de diferentes marcas. 
Con ellas, la notaria escribe en sus agendas personales, en las que narra historias, caricaturiza situaciones, escribe sus impresiones personales, arma frases con revistas, etc., llevando ya más de 25 libretas escritas por ellas. Esta actividad se vio potenciada con la pandemia, ya que fiel a su refugio personal Ana María, toma una de sus plumas y comienza a plasmar su mundo en un papel.
Escribir a mano es una actividad que, con la llegada de las nuevas tecnologías, como computadora, celulares, etc., se va perdiendo en el tiempo. Por este motivo, el hobby de la escribana no deja de llamar la atención. Además, del uso permanente que le brinda a cada una de sus plumas.
La primera pieza que adquirió lo hizo en sexto año de la primaria, cuando sus padres le compraron dos plumas. Estas, aún son conservadas, usadas y cuidadas con un profundo valor sentimental por ella. “Son unas plumas de la marca Parker, de una calidad intermedia, ya que era para un uso diario de la escuela. Yo las hice limpiar en Buenos Aires y aún las conservo y las uso”, comentó Ana María a Revista Express.
En este sentido, la escribana se declara una apasionada del mundo de las plumas, las palabras y las letras. “Lamentablemente hasta el día de hoy no puedo escribir con birome, me acostumbré a la lapicera pluma. También veo a mis sobrinas que trabajan conmigo en la escribanía, manejar las computadoras y yo no me acostumbro del todo, amo agarrar una pluma y escribir a mano”, relató Ana María. Además, expresó: “Todo queda plasmado en nuestra letra, nuestro estado de ánimo, nuestra personalidad, todo lo dejamos plasmados allí inconscientemente”. Por este motivo, la escribana disfruta ver el momento en que cada persona que pasa por su escribanía toma una lapicera y plasma su letra en un papel. “En estos 44 años, vi letras y firmas hermosas, me encanta el momento en que alguien agarra la lapicera y plasma su firma, algo que es tan personal”, añadió.
“Con la lapicera uno puede construir su mundo porque puede plasmar el pensamiento con la lapicera y no solo eso, sino brinda la posibilidad de reflexionar, pensar y dibujar las palabras. En definitiva, el grafo es eso”, reflexionó la escribana. 
Al momento de autodefinirse, pese a tener una importante cantidad de piezas y algunas de muy buenas marcas, Ana María se autodenomina una usuaria de las plumas y aficionada, por cierto. “Hay una gran diferencia, el coleccionista es un ave de presa, es un perseguidor, una persona que olfatea en donde está la mejor pieza y la persigue hasta que la obtiene. Yo no pertenezco a esa especie. Soy una persona que usa las plumas, muchas de las piezas que tengo son obsequios de amigos, familiares, pero no soy coleccionista”, aseveró. Asimismo, comentó que su pasión por escribir hizo que se fuera introduciendo en el mundo de las plumas, ya que adquirió libros que le brindaron conocimientos. 

Un poco de historia
La pluma que actualmente se conoce, recién comenzó a producirse a mediados del siglo XIX. Antes de esa fecha, desde el siglo VI, se usaba la pluma de cálamo, la pluma de ave, que particularmente provenía de las alas del ganso o de las alas del cisne. “Esas eran las preferidas o las más finas, porque las otras había que pulirlas con cuchillos muy finitos para que puedan tener la textura de la pluma y se pueda escribir con ellas”, comentó Ana María. En este sentido, explicó: “Yo investigué que las plumas de las alas de las aves guardan cálamos. Entonces, la ponían en las tintas realizadas por los monjes, las introducían y escribían, pero el grosor de la letra resultaba del grueso de la pluma del ave”. 
Las plumas metálicas fueron un invento posterior, recién en el siglo XIX comenzaron. En estas, se destacaron los franceses. “Fue allí cuando recién comienza a usarse la pluma con un receptor o con convertidor que se llama ahora, el depósito dentro de la propia pluma, pero eso hacia 1880 recién”, apuntó la notaria. 
Además de sus plumas de metal, Ana María aún conserva una pluma de su abuelo. Un ejemplar de pluma de ganso, que guarda con gran cariño. 

De poco uso
En la provincia muy pocas personas escriben a diario con plumas. “Cuando voy a la librería una vez un vendedor me dijo que solo iba yo y otro señor, que hacía mucho que iba”, contó la notaria. También, mencionó que, para reponer la tinta de sus plumas, debe pedir los cartuchos y acopiarlos. “Los voy comprando y guardando a medida que los consigo ya que, con la pandemia, es difícil algunas veces”, indicó. 
Anteriormente, Ana María podía proveerse en Buenos Aires. “Yo no viajo desde marzo del 2020 cuando comenzó todo esto, así que bueno, pido los cartuchos aquí”, añadió. 
Entre sus escritos, dibujos y demás maneras en que esta mujer plasma su mundo, dejó este relato:

“De plumas y manuscritos”
Es una constante… siempre así… por segundos, espero la pregunta que vendrá inexorablemente: ¿todavía usa lapicera fuente?... ya no se ven… ¿no le resulta incómodo?... disculpe Ud., no puedo firmar con “eso”. De inmediato, proveo al interlocutor el adminículo salvador: la otra lapicera, “la común” con la que estampará su firma; observo su satisfacción por haber concluido su cometido y da por terminado el acto. Ya a la salida; se anima y me interroga por última vez, ¿por qué escribe con pluma?
En los últimos años, lo narrado se repite una y otra vez en el despacho, la pluma despierta la curiosidad e interés de lo desconocido para una generación que solo escribe en las pantallas táctiles de celulares, tablet y computadoras.
Escribir a mano y con lapicera fuente supone volver al pasado, cuando la mano y el papel nos permitían en la intimidad reflexionar con el tiempo suficiente sobre el texto escrito. ¡Cuántos recuerdos para quienes amamos las palabras!
El correo electrónico ha desplazado a la carta que con tanto entusiasmo despachábamos y esperábamos en los buzones.
Advino raudamente la cultura de la tecla, de lo instantáneo… de lo fugaz.
¿Desaparecerá lo manuscrito?, ¿perderemos el disfrute de dibujar pausadamente cada letra?; el debate ya está instalado en los ámbitos educativo y científico, cuando neurólogos y profesores manifiestan la importancia de mantener la enseñanza de la escritura ológrafa por el aporte al desarrollo del lenguaje y a la lectocomprensión de los textos por parte de los educandos.
Agradezco mi oficio, me conduce diariamente al encuentro de mi lapicera… la de “turno”, la que develará con sus trazos, -seguramente- vida, historias y tiempo de quien concurre a la cita con la escribidora, que lo espera puntual.

Texto: Noelia Tapia López