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28 de noviembre de 2021 - 01:00 Por Redacción El Ancasti

Mucha gente, frente a un objetivo no logrado, elige dar alguna excusa del tipo “a mí nunca nadie me ayuda”, o “no tengo tiempo/dinero”, o “todo es muy difícil”. Lo cierto es que ninguna justificación, por valedera que sea, nos exime de tomar las riendas de nuestra vida. 
Cada ser humano es 100% responsable de su vida y siempre deberíamos asumir la parte que nos corresponde cuando enfrentamos dificultades. Pero, para adoptar esta actitud, es fundamental soltar la posición de víctima. Entonces, en lugar de preguntar: “¿Por qué me hicieron eso?”, podremos preguntar: “¿Por qué me hago esto a mí mismo, a mí misma?”.
Las alegrías, como así también las tristezas, que experimentamos dependen de nosotros mismos. De la actitud que adoptamos frente a lo que nos sucede. Únicamente cuando uno se responsabiliza por lo que le ocurre, sea positivo o negativo, es capaz de liberarse de la culpa, la queja, la ira y otras emociones similares.
Cuando adoptamos esta actitud, dejamos de esperar que los demás nos den algo bueno para empezar a esperar lo mejor de nosotros mismos. Esta es una forma de amarnos y respetarnos equilibradamente, lo cual nos permite ser conscientes de todo lo que podemos lograr desde el potencial ilimitado que portamos en nuestro interior.
Muchos viven esperando a alguien que los ayude, que los salve, que los rescate, sin darse cuenta de que tienen la capacidad de ponerse de pie y conseguir todo lo que se propongan. Inconscientemente todos tenemos la ilusión de un salvador que nos solucione o nos facilite la vida para poder avanzar. Pero la verdad es que lo único que necesitamos para crecer en la vida es aprender a ser “libres de la gente”. Cuando uno deja de esperar cosas de afuera y solo espera lo mejor de sí mismo y de la vida, puede recibir y disfrutar de todo sin apego alguno. Dicha actitud nos permite desarrollar una “mentalidad de ganador” que atrae todo lo bueno que está destinado para nosotros. 
¿De qué modo piensa un ganador, una ganadora? Se dice a sí mismo: “Hoy va a ser un gran día… todo me va a salir bien”. Pero no desde el simple optimismo, sino desde el amor propio sano y la autoconfianza que nos conducen a pensar así y a nunca darnos por vencidos.
Hay personas que forman pareja con la esperanza de que la otra parte los hará felices. Jamás deberíamos esperar que los demás nos hagan felices. Solo cuando aprendemos a ser felices sin compañía, luego podemos serlo en compañía de otros. La felicidad no es un sentimiento, como algunos creen, sino una decisión que tomamos a cada instante. 
No es la gente que nos rodea ni las cosas que podamos conseguir lo que nos brinda felicidad, sino más bien nuestra predisposición a sentir en positivo y, sobre todo, nuestra capacidad de agradecer y disfrutar, aun en medio de circunstancias difíciles. Cuando vivimos la vida con esta actitud, tenemos la certeza de que siempre hay mucho más y de que somos merecedores de ello. 

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