OPINIÓN

La austeridad y la palabra justa, virtudes del padre Esquiú

A pocos días de la anunciada beatificación del fraile piedrablanqueño Mamerto Esquiú y Medina, es preciso hacer notar con gran realce la importancia de su figura.
domingo, 10 de enero de 2021 · 01:02

Para gloria de Dios, Mamerto Esquiú será santo de la Iglesia Católica, gracias a la valoración de sus milagros probados y de la heroicidad de las virtudes que demostró en su vida preclara, cuando caminaba por las mismas calles que caminamos hoy.

De esta manera, a 138 años de su muerte y algunos menos desde el inicio del proceso de canonización ante la Santa Sede, los ruegos al Cielo de generaciones de argentinos que conocen y se reconocen en su obra ejemplar encontrarán un final feliz.

No extrañaría que los actos para este fin, previstos para el próximo 13 de marzo y que se organizan con denuedo en medio de la pandemia mundial el Coronavirus, alcancen ribetes de austeridad, con distanciamiento entre las personas, rituales sanitarios y participación virtual de fieles. Posiblemente sería un digno corolario para el proceso de llegada a los altares de este hombre que en vida se rehusó sistemáticamente a recibir honores.

Los catamarqueños comenzaremos a acostumbrarnos a decirle San Mamerto o San Esquiú. O quizás sigamos nombrándolo e invocándolo tal como siempre.

Más allá de sus virtudes cristianas –estudiadas, reconocidas y admiradas por cientos de historiadores e investigadores- el alcance de sus intervenciones públicas adquieren hoy una dimensión absolutamente actual. Mamerto Esquiú, en su rol de representante del clero, fue clave en la pacificación del pueblo argentino en el proceso de organización del país. Su palabra fue justa y necesaria. La introducción del concepto de obediencia a la ley –algo que en nuestra realidad argentina es, como entonces, prácticamente un desquicio por el estado de desborde institucional, anomia social, manoseo judicial y sostenimiento declamativo del sistema de gobierno en general- resultó indispensable.

Bazán sobre Esquiú

¿Qué dijo Esquiú aquel memorable 9 de julio de 1853? –analiza con gran lucidez Armando R. Bazán en su libro “Esquiú apóstol y ciudadano”:

Inicia saludando ‘Laetamur de gloria vestra’, es decir ‘Nos alegramos de vuestra gloria’, “frase tomada de las Sagradas Escrituras y en lengua latina, según era el estilo en la oratoria sagrada”. “Luego comenzó a desarrollar (…) una profunda meditación sobre la filiación divina de los pueblos. Dios es el principio y el fin de la sociedad. Ese origen divino de la sociedad hace que la religión y la patria tengan idénticos intereses, aunque caminen cada cual por vías peculiares a un mismo fin”. Ese día “el pueblo argentino se ponía de pie para entrar dignamente en el concierto de las naciones, y ello era un motivo más que justificado para que la religión felicitara a los argentinos por boca de un ministro suyo. Pero no se trataba solamente de expresar congratulaciones. Aquella tenía también que decir sus verdades para que el pueblo argentino abandonara lo inestable y fugitivo y entrara en el camino de la verdad".

Esquiú se refiere al 9 de julio de 1816 con agrado, aunque “esa independencia política fue también el principio de nuestros males porque ella ‘engendró la desunión entre nosotros’. Todos habían cometido el error de ensalzar la independencia y la libertad ‘sobre la patria misma, sobre todo gobierno y buenas costumbres, y nos lanzamos con el ardor de las fieras al combate del egoísmo individual’. Con bella metáfora el joven franciscano reconviene a sus compatriotas por haber caído en la idolatría de la libertad. ‘la libertad seca y descarnada como un esqueleto ha sido nuestro ídolo, en sus aras hemos hecho hecatombes humanas’. Se refiere, sin duda, a las guerras fratricidas…”

Luego de reflexionar sobre cuál es la verdadera vida de las naciones y de condenar las prácticas que la destruyen, Esquiú “no cree, sin embargo, que ese solo instrumento obrará el milagro de dar vida a la nación si no hay en lo sucesivo inmovilidad y fijeza en el texto constitucional y sumisión por parte del pueblo que lo recibe. Estaba convencido de que la vida y conservación del pueblo argentino dependan de la estabilidad de su Ley Fundamental; que ella no ceda al empuje de los hombres; que sea un ancla pesadísima que dé firmeza a la nave del Estado. Para no repetir errores y excesos del pasado (…) debía hacerse carne en la conciencia de todos los argentinos que no hay más libertad que la que existe según la ley”. Esto lo lleva a condenar (…) el principio radical y exclusivo de que el Estado consiste en la soberanía popular (que) daba al pueblo el derecho a desconocer a los gobiernos y a destruir toda autoridad. (…) ‘Subieron los verdugos al gobierno; vino el pueblo y los llevó al cadalso, y el trono de la ley fue el patíbulo’.”

En el criterio del Orador, “Incluso la propia religión tenía que hacer el sacrificio de no haber sido considerada con los respetos que se merece. Y pone el ejemplo de la Roma pagana que “era cruel y mataba a los cristianos que sin más delito que ser discípulos de Jesús (…) obedecían, respetaban y defendían las leyes de esa patria”.
 

El cierre del célebre discurso son sus conocidas palabras: “Obedeced señores, sin sumisión no hay ley; sin leyes no hay patria, no hay verdadera libertad: existen solo pasiones, desorden, anarquía, disolución, guerra y males de que Dios libre eternamente a la República Argentina”.

Fuente consultada: Bazán Armando R. "Esquiú apóstol y ciudadano" (Emecé)

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