viernes 3 de abril de 2026

Epopeyas familiares

Por Redacción El Ancasti

Para resolver los problemas en los que estamos encerrados, nos tenemos que preguntar: ¿qué hago? Mucha gente expresa: “Tengo ansiedad… me peleo con mi pareja… estoy solo/a… ya no soporto más”. ¿Cómo manejamos todas estas situaciones? En primer lugar, determinándonos a cuidar nuestra salud psicológica tanto como cuidamos la salud física.
Una de mis sugerencias son las epopeyas familiares. ¿Qué es una epopeya familiar? Una hazaña conjunta, lo cual implica que nadie debe cargar una dificultad solo. En algunas familias, hay una persona que siempre carga con todos los problemas de los demás miembros. Pero no es sano hacernos cargo de todo ni intentar ser fuertes todo el tiempo para resolverles la vida a otros.
La epopeya familiar consiste en distribuir la carga emocional entre toda la familia (si no hay familiares, entre amistades) donde cada uno va a aportar algo para que no sea uno solo el que se coloque todo el peso sobre sus hombros. En el entorno familiar, es muy aconsejable incluir a todos y distribuir tareas intercambiando los roles a menudo.
De esta manera, todos hacen fuerza y se enfrenta una situación difícil sin que nadie sea sobrecargado. Compartir con otros es en verdad una hazaña porque todos hacemos una parte, cada uno desde su lugar y en la medida de sus posibilidades. Como resultado, se genera alivio y mucha unidad de grupo que nos ayuda a no ser abrumados por las responsabilidades. Cargar con todo, como hace mucha gente, es una actitud de omnipotencia; pedir ayuda, compartir y repartir es una actitud de madurez que nos permite cuidarnos.
Es normal tener pensamientos negativos en épocas de crisis. Pero algunas personas tienen pensamientos negativos la mayor parte del día, lo cual provoca en ellos emociones como el miedo, la ansiedad y la angustia. Si bien deberíamos permitirnos pensar y sentir negativo a veces, esto no debería convertirse en un hábito. Un ejercicio muy práctico que suelo recomendar es el siguiente: cuando viene un pensamiento negativo a mi mente, no lo niego ni lucho contra él; solo le opongo la palabra pero. Por ejemplo, si pienso: “Esto es muy difícil…”, le agrego una idea positiva: “… ¡pero yo soy capaz de hacerlo, y de hacerlo bien!”. De esa manera, saldo el pensamiento negativo con uno positivo.
Muchas veces, el miedo nos lleva a huir hacia delante. Por ejemplo, creer que estar en casa no nos inmuniza: “Ya estuve más de 100 días en casa, voy a salir a juntarme con mi grupo”. Surge una falsa tranquilidad, producto del hastío, que nos hace pensar que no va a pasar nada y caemos en el “efecto manada”: hacer lo que hacen todos. “Si todo el mundo va por la banquina, yo también voy por allí”. No hay nada más contagioso que las emociones.
El miedo, y cualquier otra emoción negativa, es una voz que nos debe llevar a planificar, no a correr hacia una falsa tranquilidad o a un mecanismo de negación. Y no tenemos por qué cargar lo que sentimos solos. Acordate de la epopeya familiar y buscá ayuda, compartí tu carga, aunque sea virtualmente. No bajes la guardia.

Seguí leyendo

Te Puede Interesar