miércoles 1 de abril de 2026

¿A quién oigo?

Por Redacción El Ancasti

¿Sabías que todas las personas somos influenciadas por dos voces? Ya sea que seamos conscientes o no. Una es la voz del afuera, es decir, la de la gente en el entorno que vivimos. La otra es nuestra propia voz, esa que todos llevamos adentro y, en ocasiones, nos habla todo el tiempo. 

Entonces si, por ejemplo, alguien me llama “mentiroso” (voz externa) y esa palabra negativa encuentra una correspondencia con lo que yo me digo a mí mismo (voz interna), ese dicho me causará una molestia o incluso me dolerá. En cambio, si lo que proviene de afuera no coincide con mi propio diálogo interior, nada de lo que me digan podrá afectarme. 

Aquí es importante saber que:

No puedo controlar las voces externas; pero sí puede decidir lo que me hablo a mí mismo.

Quienes intentan controlar el afuera no son capaces de establecer lazos afectivos sanos. ¿La razón? Se apegan enfermizamente y generan codependencia con los demás, llámese padres, pareja, hijos o amigos, y no logran ser personas autónomas. Como resultado, por lo general, se sienten en inferioridad de condiciones con respecto a la gente y no pueden manejarse con libertad.
La ansiedad es una de las señales más claras de codependencia en cualquier relación interpersonal, la cual suele desarrollarse por estos dos motivos: 

a. La ausencia del otro

Cuando la persona se pone ansiosa frente a la separación, existe una dependencia emocional negativa. Dicho sentimiento la conduce a pensar que no es capaz de vivir sin el otro. “Sin vos, me muero”, dice. Esta clase de ansiedad hace que quien la siente tema perder el “objeto de su apego” todo el tiempo. En el fondo, su voz interna le habla y le dice: “Solo/a no podés”. Entonces la soledad trae angustia. 

b. La presencia del otro

Aquí la persona se pone ansiosa cuando el otro está presente. Un ejemplo típico es el empleado que se siente controlado y exigido por su jefe. Esto es así porque, aun sin darse cuenta, le ha cedido al otro un poder “punitorio” que en realidad no posee. Quien experimenta este tipo de ansiedad se cree vulnerable e indefenso como un niño (algo que no es real). Como consecuencia, se preocupará en exceso por lo que el otro piensa y le preguntará todo al tiempo: “¿Estás bien?... ¿te hice algo?”. No es preocupación afectiva sino ansiedad. 

Para no vivir pendientes de las voces del afuera, necesitamos ser seres humanos autónomos que son dueños de sus vidas y solo escuchan su propia voz, en su justa medida. Pero dicha autonomía solo se logra cuando no tenemos miedo: esa voz interna que tanto condiciona nuestra conducta y comienza a hablarnos ya en la infancia: “No hagas eso… no te arriesgues… tené cuidado”.

Asumamos la responsabilidad por nuestra vida y procuremos siempre ser autónomos e independientes. Solo así nuestra voz interna será nuestra amiga, y no nuestra enemiga. Algunas cosas nos saldrán bien y otras, no tanto. Pero seremos capaces de visualizar siempre escenarios positivos y de acallar esas voces externas que nos alejan de nuestra mejor versión.
 

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