Los descarriados de la pandemia

domingo, 5 de abril de 2020 · 04:00

Desde que comenzó la cuarentena, siempre me pregunté qué iba a pasar con aquellas personas que sobreviven en la calle, haciendo malabarismo o intentando hacer arte con algún instrumento viejo, personas a quienes los que son de mi generación, suelen llamar “hippies”. Así fue que un día, vi pasar a dos jóvenes de entre 30 y 40 años, desalineados, caras de mal dormidos -sea por el efecto del alcohol o de algún otro estimulante-, vistiendo solo bermudas y musculosas y llevando únicamente mochilas. Mientras, los acompañaban dos perros de la calle. Noté que iban casa por casa; al parecer, invocaban que estaban impedidos de hacer lo de siempre para sobrevivir y, por consiguiente, que estaban necesitados de pedir dinero o algo de comer, en ese orden. Allí me detuve a pensar si estos desamparados por su propia voluntad, merecían un acto de desprendimiento en dinero, tal como lo suelo hacer –no siempre- cuando los encuentro actuando en las esquinas con semáforos. 

También reflexioné, en los términos que siempre lo hago respecto de ellos, ¿qué experiencia habrán sufrido para elegir este modo de vida? ¿Se puede ser feliz viviendo de la caridad ajena, sin un hogar o siquiera una cama? ¿Están enfermos o atrapados en su adicción por el alcohol o por las drogas, de forma tal que nada les interesa, ni siquiera tener alguna chance de rehabilitarse? Y fue entonces que la experiencia se volvió un dilema para mí: pues si decido darles, por ejemplo $100, me embarga la duda de que lo utilizarán para comprar alcohol o fumarse algún porro. Pero si en ese porcentaje ínfimo que deja la duda para transformarse en certeza, estuviera la posibilidad de que sintieran hambre… ¿No sería lógico admitir que las reglas de esta cuarentena terminan condenando a estos menesterosos a sufrir hasta lo impensado? Después de vacilar, recordé que siempre creí que el ser desprendido es un don o una arista de la personalidad que la naturaleza; Dios o el universo traducen en dosis de buena suerte; tal vez no para mí, sino para los míos. Al mismo tiempo, la propia Pachamama nunca te premiará con riqueza material. Fue entonces que esa ínfima duda, por un mecanismo intuitivo, hizo que terminara inclinándome por ayudarlos. Les entregué una suma de dinero, que ni por irrisoria ni por grande vale la pena comentar. Me fui creyendo que cumplía con mi deber.

Texto: Colaboración de Marcos Cornejo