Historia

El uso político de una epidemia

domingo, 5 de abril de 2020 · 04:00

Hace algo más de cien años, en las calles que caminamos, la elección a gobernador se definió por “oportuno” un cordón sanitario que anuló al oponente.

¡Fraude, fraude!, secaron en vano sus gargantas los seguidores del profesor Guillermo Correa, en aquellas vísperas del nacimiento del Niño Jesús del año 1919. Los ciudadanos, puertas adentro de sus casas, deliberaban acerca de la validez de la medida adoptada por las autoridades sanitarias, pero nada podían oponer acerca de la necesidad de asegurar la salubridad de todos.

Es que la situación sanitaria era paupérrima. Desde hacía varios meses, el temor de que las pestes, que venían haciendo estragos con muertes de ancianos y niños en toda la campiña, se apoderen de la pequeña ciudad, corría dentro de la misma sangre que bombeaban esos agitados corazones. La peste bubónica, el coqueluche, el sarampión y la gripe, extendidos ya por dos inviernos llegaron a matar a diecisiete párbulos en un mes en Las Chacras. Allí nomás, cruzando los tres puentes.

Habían procedido entonces a la aislación preventiva de enfermos y sintomáticos, y a las desinfecciones de escuelas y lugares públicos, como medidas sanitarias indispensables. Cuando cesó el frío intenso del invierno la situación aún era grave: la Inspección Nacional de Escuelas clausuró por quince días establecimientos en Guayamba, Los Varela y Tinogasta.

Por tren arribaron procedentes de Buenos Aires el doctor Battaglia y un bacteriólogo de apellido Klaus trayendo elementos necesarios y suficientes para acentuar la campaña profiláctica.

Finalmente, a mediados de octubre y luego de analizar la gravedad, el Comité de Salud Pública había clausurado definitivamente el año escolar en toda la provincia. Y la medida de profilaxis se había extendido a la suspensión de todas las actividades con número elevado de personas. Pero pronto se hizo necesario intervenir más drásticamente: comenzaron las desinfecciones casa por casa, desde la periferia al centro.

La política irresponsable
Los agentes sanitarios se encaminaban a solucionar las epidemias, pero los que no acusaban recibo de la situación eran los políticos.

En ese noviembre de 1919, tras una ríspida campaña electoral con referentes nacionales, la primera contienda electoral se llevó a cabo. En el conteo, el notorio caso de una urna manipulada en el departamento Andalgalá dio paso a acusaciones por la prensa y a magnificar al asunto hasta salpicar con ataques al presidente de la Nación, Hipólito Yrigoyen.

El mundillo político estaba bajo la lupa de la sospecha, pero la puja entre los aspirantes al sillón de Avellaneda y Tula, era encarnizada. Y los ánimos de los oponentes estaban caldeados. Lógicamente, en la sartén de esa salsa, cualquier ingrediente era funcional. Radicales y conservadores de la Concentración Catamarqueña se impugnaron mutuamente por lo que fue necesario convocar a comicios complementarios en algunos distritos para el domingo anterior a la Navidad.

Fue entonces que el interventor federal Fabio López García, leal a la fórmula yrigoyenista ordenó a la Policía provincial que disponga un cordón sanitario en el corazón mismo de la ciudad, incluyendo la Catedral y el Palacio Episcopal. La peste bubónica era la excusa perfecta para impedir la acción de veintiocho dirigentes de la oposición reunidos en domicilios particulares que quedaron cercados con el cepo. De rebote, aunque ajeno a esta disputa, monseñor Bernabé Piedrabuena, primer obispo residente en Catamarca, también quedó aislado, lo que motivó una enérgica carta al Ministro de Relaciones Exteriores y Culto.

El contubernio de los radicales estaba consumado. Por más que los conservadores correístas se llenen la boca acusando maniobras ilícitas, la suerte estaba echada. Difícilmente encontrarían eco en una población más preocupada por no contraer enfermedades.

El cordón sanitario obligatorio dispuesto por el Comité de Salud Pública, que estaba bajo el ala de la administración del interventor federal, cayó sobre Correa y sus “concentrados”. Fue de tal modo que ninguno de los dirigentes pudo salir a fiscalizar las votaciones del día siguiente, por lo que las urnas se llenaron de votos favorables a la fórmula que llevó al triunfo al abogado alteño Ramón Clero Ahumada, como gobernador, y a Osvaldo Gómez, como vice.

Por fin, la fraudulenta elección dio un esperado triunfo al Radicalismo y, el primer día de enero de 1920, el interventor cesó en sus funciones para dar paso al segundo gobierno de Ahumada.

Texto: Carlos Gallo
Ilustración: Pablo Martinena