sábado 28 de enero de 2023

Alcanzaste el límite de 40 notas leídas

Para continuar, suscribite a El Ancasti. Si ya sos un usuario suscripto, iniciá sesión.

SUSCRIBITE

Mujeres en la ciencia

Víctimas de la desigualdad de género

Alcanzaste el límite de 40 notas leídas

Para continuar, suscribite a El Ancasti. Si ya sos un usuario suscripto, iniciá sesión.

SUSCRIBITE
Por Redacción El Ancasti

Un estudio publicado en la revista Cell Stem Cell señala que faltan ascensos, contrataciones y permanencia de las mujeres en los puestos de responsabilidad y comités de toma de decisiones, al igual que políticas de apoyo a las mismas en las áreas de Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas. Redes de mujeres científicas, ONG y técnicas del mundo llevan a cabo actividades con miras a sensibilizar a las personas acerca de las desigualdades de género recordando las contribuciones de mujeres científicas que han sido olvidadas.
El prejuicio tiene un nombre, “efecto Matilda”, la tendencia a menospreciar los logros científicos si han sido llevados a cabo por mujeres. Nettie Stevens, descubridora de los cromosomas que determinan el sexo; Rosalind Franklin, cuyas aportaciones fueron imprescindibles para el hallazgo de la estructura del ADN, o Lise Meitner, “madre” de la fisión nuclear, son algunas de esas “Matildas” a las que todavía hay que hacer justicia. 
Aquí recordamos la historia de Rosalind Franklin, una científica cuyos aportes representaron un avance vital para el estudio de la estructura molecular del ADN y que, sin embargo, no obtuvo ningún tipo de reconocimiento. Les comparto el relato apasionado por las ciencias de la licenciada en Ciencias Biológicas Alicia Medina. 
Rosalind Elsie Franklin nació el 25 de julio de 1920 en Londres. Su educación más temprana, hasta los 18 años, la recibió en varios colegios de prestigio. “Pero lo más que me gustaría destacar de esta gran mujer”, explica. Es su estancia en el King’s College donde Rosalind Franklin mejoró el aparato para obtener imágenes con ADN, cambió el método y obtuvo fotografías, con una nitidez que nadie había conseguido antes. En noviembre de 1951 dio una charla para exponer sus resultados a sus colegas del King’s College. Entre el público estaban Watson y Crick, también interesados por la estructura del ADN, y que trabajaban en el Laboratorio Cavendish, en Cambridge, a unos 90 kilómetros al norte de Londres. Era Maurice Wilkins, compañero, aunque no se llevaban bien, de Rosalind Franklin en el King’s College, y también estudioso de la estructura del ADN y buen amigo de Watson y Crick, quien les había invitado. En aquel seminario, Watson y Crick empezaron a conocer el trabajo de Rosalind Franklin y a utilizar sus datos. Fue también Wilkins quien, en los meses siguientes, fue enseñando a Watson y Crick imágenes de ADN tomadas por Rosalind, rara vez con su permiso y la mayor parte de las veces sin que ella lo supiera. Vieron tres imágenes y, entre ellas, la famosa fotografía número 51. Para entonces, Watson y Crick llevaban más de un año sin conseguir nada positivo. 
Por lo que se sabe, Rosalind Franklin nunca se enteró de que Watson había visto la fotografía. Estas imágenes, más los datos de la charla de Rosalind Franklin de noviembre de 1951, más algunos datos más proporcionados por Wilkins, llevaron a Watson y Crick a su propuesta de la estructura del ADN y la publicaron en Nature en abril, solo un par de meses después de ver la número 51.
En el artículo, Watson y Crick mencionan a Rosalind Franklin, entre otras personas, y sin ninguna mención especial a sus datos y sus fotografías: “…hemos sido estimulados por el conocimiento de la naturaleza general de resultados experimentales no publicados y las ideas de Wilkins, Franklin y sus colaboradores. Así es de enigmático a veces el lenguaje científico, además de ser un ejemplo impagable de cómo subestimar el trabajo de otro”. “Como otro dato para destacar”, dice. Alicia Medina 
Es curioso pero son las tonterías que Watson hizo en los 50 y relató en los 60, las que crearon la admiración con que Rosalind Franklin es hoy recordada. Watson, como siempre, fue el más cruel y en la doble hélice, su libro de memorias de aquella época, escribe párrafos que rozan el insulto: “estaba decidida a no destacar sus atributos femeninos. Aunque era de rasgos enérgicos, no carecía de atractivo, y habría podido resultar muy guapa si hubiera mostrado el menor interés por vestir bien. Pero no lo hacía. Nunca llevaba los labios pintados para resaltar el contraste con su cabello liso y negro, y, a sus 31 años, todos sus vestidos mostraban una imaginación propia de empollonas adolescentes inglesas”. 
Quizá el párrafo, corto y directo, que mejor demostraba el problema de Watson en su trato con colegas científicas es aquel en que le aconseja a Wilkins que era evidente que Rosy se iba o habría que ponerla en su sitio. “Por cierto, nadie llamaba Rosy a Rosalind Franklin, solo Watson y Wilkins, y quizá Crick, y a sus espaldas”, agrega Medina. 
“Sus colegas del King’sCollege la consideraban demasiado ‘francesa’, o sea, liberal en sus costumbres, vestidos, intereses intelectuales y temperamento. Era directa y apasionada, le encantaba el debate, era seria y, a veces, dura y abrasiva. Wilkins, por ejemplo, la consideraba desagradable”.
El certificado de defunción de Rosalind Franklin dice: una científica investigadora, soltera, hija de Ellis Arthur Franklin, un banquero. “Nos vale como definición y como recuerdo”, concluyó Alicia Medina.

De mujer a mujer, honro lo más sagrado en ti. Hasta el próximo domingo.

Facebook: Sonia Luna
Instagram: @sonia6269

Seguí leyendo

Te Puede Interesar