miércoles 1 de abril de 2026
sociedad

Los nadadores de Sumampa

En su crónica de un viaje al interior profundo, el historiador Oscar Hugo Alaniz narra una vivencia ¿sobrenatural?

Por Redacción El Ancasti

 Había despertado mi curiosidad una ruta de la que desconocía su existencia hasta hace muy poco tiempo. La curiosidad venía porque, para ir al departamento Santa Rosa desde la ciudad Capital de Catamarca, hay que cruzar íntegramente la Cuesta del Totoral, llegar a territorio tucumano y después de pasar a Huacra, antes de volver a ingresar al territorio de nuestra provincia.

La ruta que refiero es la Provincial N°21. Une la localidad de La Viña, en el departamento Paclín, con el departamento Santa Rosa. Es decir que “descubrí” que se podía llegar a Los Altos, Quimilpa y otros pueblos santarroseños, sin pasar por territorio tucumano. Además, hay varios kilómetros menos que ir a dar la vuelta por Huacra.

Por esa curiosidad llegué a La Viña, y muy despacio empecé a recorrer esta ruta, que corre al lado del dique de Sumampa. Un paisaje increíble me rodeaba, era notorio que la ruta era poco utilizada, de tierra, un tanto descuidada, pero transitable. Así realicé el recorrido hasta Los Altos junto a dos acompañantes. Después de esta experiencia, creo que esta ruta debería ser mejorada y cuidada para el paso de vehículos modernos que, por ser de esta condición, son muy bajos y necesitan un camino sin baches.

Aproveché el viaje para recorrer gran parte del departamento Santa Rosa por lo que, cuando emprendimos el regreso, el ocaso ya se pronunciaba con fuerza. Pero no me preocupé, pues ya había comprobado que el camino era transitable.
El paisaje llamativo que estaba cuando pasé temprano había cambiado de color; el color oscuro había ganado a la claridad y la silueta de los árboles y montañas recortaban la luz de la luna. Cuando llegué al dique, una luz me encegueció. Instintivamente y de inmediato me puse a un costado, pues creí que venía un automóvil de frente y que de éste provenían las luces. Pero no, al detenerme advertí que era el reflejo de la luna en el agua del dique. Sonreí, lindo susto me había llevado.
Empecé nuevamente a recorrer el camino, que como dije, circunda el dique. Mientras charlábamos, de reojo miraba el embalse. De pronto, me pareció ver que algo se movía en el agua, como siluetas de personas que nadaban. Entonces, la pregunta que nació espontánea: ¿Podrá ser real esta visión?

Me detuve, miré hacia donde había visto lo que me pareció eran nadadores, pero no había nada. Solo se veían círculos en el agua característicos de cuando algo golpea en el líquido, y esas diminutas olas que se forman y crecen por el impacto recibido.
Estuvimos un largo rato mirando, pero nada pasaba, por lo que decidimos irnos pensando que la imaginación nos había jugado una mala pasada. En ese momento se escuchó un ruido como el que produce una persona al tirarse en el agua, y luego siguió un chapoteo. Pero, otra vez, no se veía nada. Nos quedamos muy quietos mirando la luna reflejada en el agua, que permitiría ver si algo se movía o cruzaba.

Continuaba el chapoteo, pero nada aparecía. Giramos para irnos y, en esa acción y con el rabillo del ojo vi una figura. De inmediato -y con fuerza- giré hacia el dique, acción que también realizaron mis acompañantes. Sorpresivamente y con total nitidez pudimos ver que varias personas nadaban acompasadamente. Nos llamó la atención que a esa hora haya personas en el agua, pero todo es posible. Era muy raro que a esa hora haya gente en el dique, bañándose.

Después de comprobar que la visión inicial era real, seguimos. Cuando llegamos a La Viña, nos detuvimos en un comercio a comprar algo para comer. Pedimos fiambre y pan para hacer sándwich, también agua. En principio, la idea era comer en el vehículo mientras avanzábamos hacia la ciudad de Catamarca. Luego decidimos cenar allí. El propietario nos puso una mesa y sillas en la vereda. Le contamos que habíamos recorrido la ruta que corre al lado del dique, hasta Los Altos. El hombre sonrió dándonos a entender que para ellos era común ese recorrido. No dijo nada, pues era silencioso, como es común en los pueblos del interior. Son personas de pocas palabras: para saber y entender ciertas cosas que no dicen verbalmente, hay que estar atento a sus expresiones, señas o movimientos corporales.

De pronto, uno de mis compañeros le contó que habíamos visto personas bañándose en el dique. Que en principio nos había llamado la atención, pero que después creímos que, a lo mejor, en este lugar era normal esta conducta.

La sonrisa, casi permanente en el rostro del hombre, se borró de inmediato. Y tuvo un cambio de actitud: se agazapó, nos miró fijamente y, acercándose, dijo casi susurrando: - Amigos, eso que ustedes vieron no es habitual. Sabemos que aparecen esas personas bañándose en el dique, pero créanme que nada de eso es real. Ahora era la expresión en nuestros rostros la que había cambiado.
- ¿Cómo que no es real? ¿Qué quiere decir?, preguntamos.
- ¿Por qué habla tan bajito? Casi no se entendía, pero me quedó en claro lo que dijo, dijo el otro.
 
El hombre empezó a transpirar, pasó una servilleta de tela por sus labios y continuó: - Eso que vieron, esas personas que vieron no son de aquí. Mejor dicho, no son vecinos de ahora. Son personas que vivieron aquí, hace mucho tiempo y también hace mucho tiempo que ya no viven.
La cena se suspendió de inmediato. Mis acompañantes se pusieron de pie, y uno interrogó: - ¿Puede ser más claro? ¿A qué se refiere cuando dice que son personas que han vivido en otros tiempos? Le cuento que ya estamos asustados, por favor cuéntenos.

El dueño volvió a pasar la servilleta por sus labios y nuevamente susurró: - Este dique se construyó cerca del cementerio viejo de La Viña. El agua se fue acumulando y avanzó hacia el cementerio hasta cubrirlo por completo. Si bien es cierto que los muertos fueron trasladados a una fosa común del nuevo cementerio, seguramente quedaron muchos restos en el lugar. Y desde hace tiempo se dice de la aparición de esas personas bañándose, pero los del pueblo ya sabemos cuándo es que aparecen y, en esos días, ni nos acercamos al dique.

- ¿Y por qué habla susurrando? ¿Tiene miedo acaso? Cuéntenos para saber, pidió el otro.
-No amigo, no levante la voz, lo pueden escuchar. Y si lo escuchan los que andan en el agua, van a venir para acá y vaya a saber qué actitud tendrán. O, lo que es peor, qué nos podrán hacer. Así dicen los viejos del pueblo, y si ellos lo dicen, así ha de ser nomas. Son ellos, los viejos, los que nos cuentan que, una vez, un vecino del pueblo fue escuchado mientras hablaba de ellos burlándose. Entonces dicen que los nadadores de Sumampa vinieron al pueblo y que desaparecieron varias personas. El primero en desaparecer fue el que hablaba de los nadadores. Desde ese entonces cuando hablamos de ellos lo hacemos en voz baja.
Sin mirarnos, subimos al vehículo. Puse la marcha, creo que la primera, y salimos a toda velocidad, mientras a la distancia se oía al dueño del comercio: - No se olviden del vuelto, aquí está, no es costumbre quedarnos con lo que no nos corresponde. Solo el silencio le respondió, mientras a nuestros oídos llegaba apenas audible “Tomen el vuelto, tomen el vuelto”. 

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