El otoño ha llegado, y en apenas unas horas las miradas se han acostumbrado al amarillo de los follajes, a las ráfagas de hojas describiendo la muerte lenta en la tarde. No hay pandemia que detenga el tiempo de la naturaleza, en ella un virus y una persona tienen el mismo valor, una forma viva va cediendo a la otra.
El otoño igual ha llegado, y con rapidez convertimos en orden el caos de las ramas apenas verdecidas ayer y hoy secas, la ventana abierta de la casa y hoy cerrada, el cuerpo puesto al sol en el río y hoy contraído en un rincón. Pero el tiempo sigue incluyéndonos, el espacio de la casa se junta con las migraciones instantáneas de la hierba y aquella poesía rural que la ciudad desdeñaba, hoy es el lugar posible para describir la imagen de un mundo que hay que volver a habitar.
Ser hoy en la ciudad es ser en las imágenes del tiempo:
Deshabitar el espacio
La casa como imposibilidad
El cuerpo culto sin mirada
Ser hoy en el campo es estar en el tiempo como imagen
Habitado en la naturaleza
La casa como poética del espacio
El cuerpo ligado al devenir
Qué imagen de nosotros, cuando la peste muera en ella misma o en el recuerdo, seguiremos buscando, ahora que en la ciudad el cuerpo despojado de mirada solo puede darse a la palabra. El cuerpo sin espacio para poetizarse vuelve a la poesía para descubrir que la función de esta es destruir el lenguaje, única forma de abolir el tiempo.
El otoño ha llegado a Las Juntas, y de algún modo también ha llegado aquí la primavera de Wuhan, el tiempo de los cerezos que se me antoja como una imagen de Asia se ha unido al tiempo del membrillo de estos ríos. Aquí no hay vacío, hay ritmo: no sobra ni falta tiempo.