Habituado a salir cada día de casa muy temprano a realizar diligenciamientos, trabajar, reunirme con amigos y tomar un café, encontrarme hoy en mi hogar cumpliendo la cuarentena que el acecho del coronavirus, nos impone para tratar de ganar la batalla silenciosa que el mundo está librando. Nunca me imaginé que salir a depositar la basura en el contener, resultaría tan emocionante, tantas veces lo hice que resultaba molesto realizar esta tarea.
Llevábamos varios días de cuarentena, dispuesto a cumplirla al pie de la letra, tal como la indican las autoridades. Para no aburrirnos, decidimos hacer cosas en el interior de nuestra vivienda, cosas que teníamos pendiente desde hace tiempo y que por la velocidad en la que vive la sociedad y nos arrastra, no teníamos tiempo para hacer estas tareas.
El fondo de casa estaba descuidado; el césped de color amarillento, lo había cortado unos días antes de que empiece la cuarentena, pero como las lluvias han sido escasas, no estaba en su mejor momento. Por eso decidí que lo cuidaría y la verdad que resultó; al cabo de pocos días, empezó a cambiar de color como recobrando vida.
Mis archivos estaban no muy ordenados, poco a poco los fui poniendo en orden. Además, buscaba un archivo que pertenecía a un amigo… En fin, cosas que no las hacía pero que, con el tiempo en mis manos, decidí hacerlas.
Con mi esposa hace tiempo que no realizábamos actividad física. Por ello, decidimos empezar a mover nuestros cuerpos a fin de mantenerlos en actividad y no perder la forma o también, podría decirse, buscar la forma que hace rato habíamos perdido.
Estas eran las tareas en las que me ocupaba en todos los momentos mientras dure la cuarentena, además de escribir. Pero, como la vida transcurría, seguía su curso, al cabo de unos días la bolsa de residuos se había completado y era necesario salir a depositar la basura en el contenedor que se encuentra a pocos metros de distancia.
Cuando abrí la puerta, un momento de emoción me embargó, mirar al frente de mi casa me permitió advertir que la pared del colegio del Pía estaba descuidada pero que aún así era muy bella, que la claridad que el sol daba en esos momentos. Me pareció algo hermoso, inigualable, que me permitía ver sin inconvenientes, que mirar al costado y ver las viviendas de mis vecinos he podido determinar la belleza de las construcciones, el color hermoso de las paredes, el césped de las casas vecinas y el propio, tenían un verde que como este color representa, daba esperanzas.
Las calles, cuyo asfalto negro permite pasar en vehículo con total normalidad y no importaba el bache por el que muchas veces he y hemos protestado.
Los árboles que orgullosamente se elevan en las veredas y sus suaves vaivenes producidos por el viento me permitían descubrir lo acompasado de la naturaleza y lo bueno que es dar oxigena para la vida y a la vez agradecer a la naturaleza y también en forma especial a su creador. La sombra, mi sombra, que caminaba a mi lado me permitía ver mi propia figura, que acompasadamente se movía en cada paso que daba, y me sentí muy acompañado.
Escuchar el canto de algunas aves, me pareció algo sublime, como participando en la sociedad aportando sus trinos, gorjeos, graznidos y silbidos, según la especie a la que pertenecen, pero todos me parecieron nuevos para mí y recordaba que en mi infancia era habitual escucharlos.
Las flores de mi jardín que en ese momento eran visitadas por un colibrí. Ver esa conjunción de la naturaleza, donde unos sirven a otros y todos somos útiles para el otro, siendo de esa manera aportante al círculo trazado por la naturaleza y su Creador, observar todo esto, me permitió agradecer a la vida.
Todo esto, ver, oír, oler, me permiten aseverar que vivo, que estoy vivo, y es lo único que importa, por mí, por mi familia, por mis vecinos, por la humanidad. Hay esperanzas; sigamos cumpliendo con las acciones dispuestas a nivel nacional y solo así, muy pronto volveremos a la normalidad, pero sin olvidar que muy cerca nuestro, la muerte jugaba: “Ta, te, ti, suerte para…”
Todas estas cosas que me parecieron novedosas, hermosas, sublimes, bellas, están presentes todos los días de nuestras vidas, pero la verdad que el correr diario no nos permiten observarlos, ocupados tratando de cumplir con todas las demandas sociales.
Nos olvidamos de que el otro existe y que en él y su actitud está su destino, pero también mi destino y que por eso debo ser su aliado, cuidarlo, porque cuidándolo, me cuido yo y a mis seres queridos. Dejamos de lado los valores fundamentales para el normal desarrollo de la sociedad, que además nos permiten conducirnos adecuadamente entre los miembros de la sociedad y tener el trato diario conveniente con el otro.
En fin, para sintetizar, hemos dejado de lado las normas fundamentales de convivencia, las cosas simples de la vida y hemos permitido que otros decidan por nosotros, nos dejamos convencer fácilmente por los medios de comunicación social y este momento en el que un virus desconocido, diminuto, que ni siquiera podemos ver, nos tiene a todos encerrados y expectantes, nos permite observar todo lo que dejamos de hacer, todo lo que hacemos por voluntad de otro u otros pero también este momento me permite ver que es hora de volver a la normalidad, a ser yo y mi circunstancia nuevamente, a saber que el prójimo sigue siéndolo y está a nuestro lado,
Por eso decido ser yo, agradecer, pedir permiso, pedir disculpas, pedir por favor, cuando corresponda, y eso no es vergonzoso, es parte de nuestras vidas, o lo fue, es hora de que vuelva a ser parte nuestra y ponerlo en vigencia nuevamente.
La verdad que nunca me imaginé, que salir a tirar la basura en el contenedor, me permitiría observar todo esto, que salir con la bolsa de residuos me permitiría reflexionar sobre todo y observar la necesidad de volver a poner en vigencia los valores fundamentales para una buena convivencia. Y mientras tanto, cumplo con la cuarentena, quedándome en casa. Te cuido, cuidándome.