Último viernes del mes de noviembre de 2020. Es de noche. Después de un tiempo la conversación con él cambiará de temática. Siempre hablamos de novelas, ensayos, dramaturgias, cine, educación. Recuerdo le preocupaba muchísimo la educación superior, la formación de los docentes y la ética de la profesión. En esas reuniones azarosas en los bares de calle Sarmiento y República que supimos cultivar en los últimos tres años, en esas coincidencias más o menos pactadas una vez por semana a media mañana o la tarde noche, en esos encuentros en que el pequeño café se extendía en extensos relatos y diálogos, en ese compartir efímero, más de una vez sentí el perfume que él usaba, y recién este viernes, último del mes de noviembre del año de la pandemia, luego de casi diez meses sin encuentros en los bares de calle Sarmiento y República, por aislamientos, distanciamientos e inhabilitaciones de espacios, me atreví a preguntarle cómo se llamaba la fragancia que usaba. Tardó un momento en contestar. Saludó, comentó que extrañaba el café, preguntó por una obra que me había recomendado, y dijo el nombre de la colonia. Incluso indicó dónde podía encontrarla. Luego, como a veces sucede con estas tecnologías, la instantaneidad se pospuso, la respuesta quedó para después, otros mensajes se superpusieron en la pantalla, y no contesté…
Último domingo del mes de noviembre de 2020. Es de tarde. Son los bailarines Rita Soria y Víctor Aybar quienes me informan del accidente y fallecimiento del Maestro. (Hablamos tantas veces de la tragedia… y parecería que el concepto se aplica de manera precisa en esta ocasión). Veo los diarios y la congoja se apodera en este día de viento y calor. Tomo mis cuadernos en busca de las notas de las conversaciones de café. No puedo encontrar lo que recuerdo más o menos haber anotado. Cuaderno grande, nada. Cuaderno pequeño, nada. Cuaderno flaquito, nada. Ni en el liso ni en el de rayas. ¿En dónde escribí algunos “datitos” de aquellas charlas de café con “el profe”? En esos encuentros es donde se fue creando y creciendo la cercanía, la confianza, y donde el Maestro Carrizo se volvió “profe”, para luego ser simplemente, con respeto y cariño, Oscar.
Último lunes de noviembre de 2020. Es de noche. Hay que hacer memoria. Oscar, alguna vez me recomendó Los tarantos de Rovira Beleta, un drama gitano inspirado en Shakespeare, con la actuación de Antonio Gades y Carmen Amaya entre otros sorprendentes bailaores de flamenco. Oscar era así: “¿Ha visto usted tal película? ¡Cómo que no! Tiene usted que verla. Es una maravilla lo que han hecho ahí”. Él contó una historia de Carmen Amaya, de su danza pasional y violenta, de la adrenalina que producía al bailar, de una adrenalina que no pudo resistir su cuerpo, al que la danza lo terminó matando. Luego, nunca pude encontrar en ninguna fuente, archivo, artículo o documental esa historia; pero el modo en que narró generó la sensación de plena realidad. A Oscar le gustaba el cine, podía recomendar, conversar o proponer un tema de diálogo desde los clásicos de Tarkovsky o Fellini, o novedades como El patio de mi casa de Carlos Hagerman y César debe morir de los hermanos Paolo y Vittorio Taviani. Y esa recomendación surgía (casi) de la nada (o probablemente de todo), no había un plan diseñado, sino que una palabra, un gesto, un ritmo, una imagen, o cualquier cosa eran disparadores para que él recordara una película y la compartiera en relatos. Nunca tuvo la posición de un crítico, era siempre un maestro, enseñaba el problema y mostraba lo maravilloso de cada producción.
Oscar me habló del Matrimonio con Dios de Eugenio Barba y César Brié, del Clown de Dios de Maurice Bejart y Jorge Donn, de la ira de Dios (y la historia) con Nijinsky, y lo que había provocado en la escena no tanto el bailarín como la persona, en tanto inspiración para otros dramaturgos, directores y actores. De García Lorca, apresurado, indignado y emocionado contó varias veces la historia de su muerte, de lo terrible del terrorismo de Estado, de la injusticia con los marginados, de lo incomprensible del asesinato de un artista, pero también de la revancha de la poesía, de los poemas que para él se habían escrito, lo multiplicado que hacía más inmortal al poeta de Granada. Una vez me invitó a que bailara en una obra que preparaba en homenaje a Federico, pero nunca pudimos concretar el proyecto, parecía que nuestros destinos en común eran los cafés.
Oscar poseía el oficio de enseñar de una manera magistral. Tenía una capacidad para encender la curiosidad, para generar una agitación en la mente que no se sosegaba hasta encontrarse con eso que él había hablado. Una vez, hablando de Bertolt Brecht, de su vida y obras, mencionó, lo recuerdo en su voz, El círculo de tiza caucasiano y Madre coraje y sus hijos, pero sobre todo La vida de Galileo. Al día siguiente de aquella reunión yo había suspendido otras obligaciones tan solo para conseguir y leer esa obra. Había que leer porque en la próxima semana, en el café, sería una perfecta excusa para conversar. En esas charlas más de una vez me sentí interpelado como docente, advertía la crítica que él hacía a las instituciones, a la burocracia que encorseta la creatividad, a los programas y métodos que aferran a costas inertes e impiden desplazarse en los torrentes, enfrentarse a las correntadas y recuperarse en remansos. Una charla con Oscar era siempre un viaje.
Era un conocedor de versiones y perversiones como pocos. Desde Los Mirasoles de Sánchez Gardel a Antígona de Sófocles, era capaz de mencionar diferentes puestas en escena en teatros y cine, o adaptaciones en novelas y poesías. Recordaba lo sucedido desde las tablas de los regionales de teatro hasta en los intercolegiales provinciales. Cuando a veces se olvidaba el nombre de la obra, el autor, la compañía, el director, el actor o actriz principal, o incluso el lugar de estreno, u otro dato que consideraba relevante, empezaba a golpear la mesa con el dedo mayor, con suavidad e insistencia, como si fuese una táctica de rememoración que muchas veces no funcionaba, y entonces decía que iba a recordar su olvido para buscar el dato para el próximo encuentro. Y así lo hacía.
A finales del año pasado me regaló un pequeño librito de Graciela Pernasetti. También era así Oscar, conocía la historia de este valle, a sus poetas, pintores, escultores, artistas, educadores, directores y dramaturgos. Y se preocupaba para que uno también los conociera. Tenía una gran memoria de los sucedidos y decires, conocía a personas y personajes de la escena local, tenía sus respetos, admiraciones y también tenía sus enojos y decepciones hechas silencios para estos.
Oscar era así. Lo recuerdo caminando lentamente, luchando con el viento, con una bolsita de remedios, caramelos y cigarrillos, renegando de la música ambiental y los vehículos con sus músicas desbordantes. Encontrarlo en alguno de los bares de República o Sarmiento, con el café, el cenicero con colillas, el diario y algún libro, era la promesa de descubrir un pedacito nuevo de este universo inmenso, era la oportunidad de deleitarse escuchando la historia vivificada en sus relatos, la conjunción exacta entre experiencia y teoría que interpelaba. En esos rituales intermitentes él ejercía el poder provocador del deseo de saber. Después de esos cafés en mí quedaba la sensación de haber crecido un poco más, de haber recibido un impulso para aprehender y rebelar este mundo. La palabra de Oscar era una invitación a garabatear algún sentido a la existencia. Y todo eso era por conversar con un hombre noble, fraterno, humilde, sabio.
Hasta siempre Maestro.
Texto: Colaboración de Gonzalo Reartes
Publicada en www.aguardiente.com.ar




