Cuando vemos al otro como un “tú”, como una persona valiosa, como alguien igual que “yo”, se genera respeto, amor y sanidad. El filósofo austríaco-israelí Martin Buber hablaba de no relacionarnos con “yo-eso” y ver al otro como una cosa, una mercancía, un objeto o un medio, sino como a alguien distinto de mí.
El encuentro sincero con el otro
En esta sociedad en la que vivimos, se suele valorar a los demás por su dinero, su conocimiento o su empleo. Pero no somos valiosos por nada de eso, sino simplemente por el hecho de “ser humanos”. Cuando nos valoramos solo por “ser”, se produce un verdadero encuentro con otra persona que posee la misma vida valiosa que uno. ¡Un encuentro sanador!
Existen cuatro variables con respecto a esto:
a. yo-“eso”.
b. “eso”-tú (cuando el otro me trata como una cosa)
c. “eso”-“eso”
d. yo-tú.
Solamente cuando vemos al otro como un par, podemos aprender de esa persona. El otro no es inferior ni superior. Al colocarlo a la par, puedo aprender de él y él puede aprender de mí; puedo aprender de su error y él puede aprender del mío. Es decir, se construye un espacio de respeto donde cada uno le aporta algo al otro. Un espacio en el que somos iguales.
Es importante no sobrevalorar ni reducir al otro, aun cuando haya una relación de líder-liderado. El trato en la modalidad yo-tú hace que quien está debajo reconozca el recorrido de quien está arriba sin idealizarlo. Es alguien que sabe más o ha hecho más que yo, a quien reconozco y de quien puedo aprender. No lo idealizo y el líder tampoco me trata como un “algo”, porque entonces me estaría desvalorizando.
Al asumir esta postura, podemos ser auténticos y exhibir un “yo transparente”. Es decir, mostrarnos tal cual somos, sin poses, sin deseo de impactar a nadie, sin mentiras, sin narcisismo, sin máscaras. Actuamos conforme a un original y, como consecuencia, reflejamos lo verdadero.
Si bien, todos tenemos un aspecto diplomático, donde usamos determinado lenguaje editado (pensado) para evitar lastimar al otro, deberíamos procurar siempre ser auténticos. Dicha sinceridad aporta a la construcción de la confianza. Los humanos somos seres que buscamos la confianza y esta se expresa a través de la autenticidad.
Dicha actitud nos permite mostrarnos “íntegros” (de una sola pieza) y compartir con el otro nuestras cartas: la verdad. Pero no “diciendo todo lo que me viene a la mente”, sino cuidando las palabras para que le hagan bien al otro y no lo lastimen en una transparencia genuina.
Ser transparente es ser visto tal como uno es. Yo puedo comentar que estoy nervioso o triste, que sé algo, que tengo dudas, ideas, etc. Es decir, puedo mostrar mis fortalezas y mis debilidades. La verdad es mi lema. Entonces, soy capaz de comunicar cómo me siento y cómo pienso.
Vivir sin máscaras y sin desear obtener algo de los demás genera claridad y sana. Sana al otro y nos sana a nosotros mismos de tener que sostener una pose de “conocimiento”, “dinero”, etc. ¡Qué alivio produce andar por la vida sin cargas y sin máscaras!
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