Maradona, recuerdo inmortal del futbolista argentino

Diego y los dioses que nunca mueren

La repentina muerte del Número 10 de la Selección Argentina shockeó al país y al mundo entero. Endiosado y maldecido, su vida fue una síntesis perfecta del orgullo nacional.
domingo, 29 de noviembre de 2020 · 01:05

Que si la calidad de jugador o la calidad de persona. Que si el adentro o el afuera de la cancha. Que si el vestuario es lo mismo que la casa. Que si la familia o el equipo. Que si Maradona o San Genaro. Que si la gloria deportiva o el flagelo de la droga.
Con la muerte del Diez, el miércoles a las 12 del mediodía, se acabaron los dilemas sobre los cuales se construyó el pesado monumento encima de un pobre pibe de Villa Fiorito.
Fue un carasucia que jugó excepcionalmente a la pelota. Que se puso sobre sus hombros la honra económica de su familia. Un bichito colorado que tuvo supo gambetear a la vida antes que la vida le ofrezca sus lujos. Un bostero que pateó, de tiro libre y al ángulo, una pelota con la redondez que sólo puede tener el orgullo. Un argentino que nos representó a su manera “con la exigencia de ser el modelo que no estaba obligado a ser”.
Diego, el deseo niño y cumplido de ser campeón del mundo. Diego y el debut contra Talleres. Diego, siempre Diego. La gloria juvenil en Japón. El pase al club de sus amores. El eterno canto de su nombre. La zurda mágica, la apilada a Fillol. La publicidad de Coca Cola. El expulsado del ’82. La quebradura de Goicoetxea en el Barca. El campeón de la UEFA. El amo de Nápoli. El que opacó a San Genaro. El ladrón de Scudettos al Norte opulento. El que dividió a Italia en un Mundial. El de Menotti y Bilardo. El hombre más conocido que el Papa. El gol con la mano a los ingleses. El relato del barrilete cósmico. El mejor gol de todos los mundiales. El balcón rosado y la copa del pueblo. El esposo de Claudia. El gremio de futbolistas y el enemigo de la FIFA. El papá de Dalma y Gianinna. Las fiestas y los millones. El pase a Caniggia. El tobillo destrozado, el llanto en el podio. La efedrina y la sanción. El día que le cortaron las piernas. El que saludó a todos los presidentes. La puteada a los que silbaron el himno. La pelota que no se mancha. La canción de Rodrigo. El de la vuelta, el único. El de Sevilla, el de Newell´s Old Boys. El técnico. El dirigente. El empresario. El showman. El soñador y el realista. El bocón, y el de los interminables “ehhh”. El polémico. El que mide traje de gloria con Pelé y Di Stéfano. Con Cruyff y Beckenbauer. Con Ronaldo y Messi. El de Dieguito. El de sus hermanos. El de Claudia. El de sus hijas. El de Don Diego y la Tota. Otra vez, y siempre, el de Claudia. El que tiene más hijos que en cualquier dicho sobre familias numerosas. El que vivió sesenta años a su manera. El que nos dejó esta semana.
El mito o el hombre. Genio o pobre tipo. Religión o polémica. ¿Dios o demonio? Simple: Dios, pero con la diez. Y los dioses no mueren. Simple; Maradona vive y vivirá en la memoria del pueblo argentino. Cada vez que levantemos la mirada al cielo lo veremos verde césped, con una línea blanca eterna que va hasta el punto del córner. Veremos brillar el cometa que acaricia con la zurda. Entrará en la atmósfera del área y todos juntos, abrazados en su camiseta albiceleste, gritaremos gol.

Prisionero de la fama

"Diego Armando Maradona fue adorado no sólo por sus prodigiosos malabarismos sino también porque era un dios sucio, pecador, el más humano de los dioses. Cualquiera podía reconocer en él una síntesis ambulante de las debilidades humanas, o al menos masculinas: mujeriego, tragón, borrachín, tramposo, mentiroso, fanfarrón, irresponsable. Pero los dioses no se jubilan, por muy humanos que sean. Él nunca pudo regresar a la anónima multitud de donde venía. La fama, que lo había salvado de la miseria, lo hizo prisionero" (Eduardo Galeano)

Textos: Carlos Gallo

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