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Peces muertos

Por Silvio Olivari
domingo, 30 de junio de 2019 · 04:00

Las liebres cruzaron juntas el camino, iban de la mano podría haber dicho doña Ramonita la portera de la escuela de “El comedero” que tiene esas formas de zurcir las palabras.

El  dique que una vez no hace mucho sufrió la matanza de cientos de peces, Ramonita usted dice “pescau” pero ese es el bicho que se obtiene con cañas pescando, pongalé que no es deporte, pero bueno no voy a discutir eso también. Le hablo de bichos muertos por doquier, le habían tirado cal unos tucumanos y habrán sido cientos de kilos  de pejerrey malogrado.

Los tipos fueron perseguidos por Capitán, ese perro es fabuloso, dicen que les mordía las ruedas del tráiler donde llevaban el bote, como si el animal hubiera olfateado lo que iban a hacer. Nunca se alejó de los tipos. Ves que tiene la cola mota me indica Ramonita que señala con el gesto, manos en bolsillo y con leve movimiento de su quijada. Yo recaigo con mis ojos en la cola del animal que ya he mirado varias veces: “llama la atención la incompletez del asunto, la figura de un perro con la cola partida no se puede superar”. Usté me agarra pal chiste, pero es bravo el río que nunca se agita, es el más bravo de todos” sentenció la menuda portera dueña de un manojo de llaves que parecen una extensión de su menuda figura.

Los tipos iban subiendo por Ramblones cuando se les presentó la mujer vestida de negro, la esquivaron pero a los pocos metros ella estaba delante de los tipos que la quisieron pasar por arriba. Empezó a llover tupido, el carril se había puesto barrinoso, algunos dicen que la quisieron atropellar y otros que le pasaron por arriba y que ella se volvía a levantar y a ponérseles adelante. No se sabe cómo pero la suerte es avara m´hijo, los tipos llegaron con el pescau, pero no pudieron hacer nada con los bichos que todos se habían puesto como si alguien los hubiera quemado enteritos y no fue la cal ni otra sustancia, se habían ido como secando; eso lo supe yo por una finadita curandera que venía de Concepción y que supo curar de la paletilla, la ojeadura y hasta del rastro a los hijos de los Córdoba, que eran señores y buenos hijos de señores”. Ramonita me ha dejado callado usted, quien soy yo para decirle algo le dije, mientras ella ya no me atendía y enfilaba para el alto de su casa haciendo jueguitos con el manojo de llaves.

Silvio Olivari

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