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Coneta Viejo y Miraflores: buscando la tranquilidad pueblerina

Son dos pueblos satélites de la Capital, que han experimentado un notable crecimiento urbano en los últimos años. Aunque no hay datos oficiales, concentran más del doble de la población proyectada con base en el último Censo.
domingo, 30 de junio de 2019 · 04:20

El que no anduvo en los últimos años por los callejones de los pintorescos pueblos del norte capayense, los más próximos al límite con San Fernando del Valle de Catamarca, sin dudas que se va a llevar una enorme sorpresa.

Al pasar frente a estos pueblos satélites de la ciudad Capital, por la Ruta Nacional 38 Sur, llama la atención la mancha multicolor que desentona sobre lo que hasta no hace mucho era una imperceptible gama de verdes del monte nativo con algunas pocas viviendas rurales camufladas. El ya característico caserío de “puntitos blancos” sobre la loma a la altura de Coneta Viejo es la Asociación Civil “Ciudad de la Luz”, que pertenece a un grupo religioso asentado en la localidad. Y el nuevo enjambre de nuevas edificaciones, que por fortuna aún logra mantener la impronta de espacios verdes a su alrededor, se hace notar.

Lo que hace cinco o diez años eran villas tan apacibles y descansadas como la mayoría de los pueblos del interior catamarqueño arrancó con un proceso de urbanización que ya las tiene en la consideración del mercado inmobiliario como una fuerte apuesta.

No mienten los carteles verdes, que en la ruta informan la distancia de 17 kilómetros entre la Capital y Miraflores. Sin embargo, el punto a punto se achica considerando que Miraflores y Coneta Viejo han eclosionado para ser una misma realidad habitacional y cerca, muy cerca, la gran ciudad extendió los ramales de Valle Chico, el límite sur del mapa departamental. Al ruedo de esta nueva configuración, y de los avances tecnológicos, las distancias son mucho más próximas entre las personas.

Otro aspecto que hace perceptible este crecimiento es el tránsito vehicular en la misma ruta nacional, aunque es de notar que en este flujo influyen el traslado del Servicio Penitenciario, hace ya varios años al que acuden cientos de empleados, proveedores y visitantes, y la actividad laboral de las localidades subsiguientes.

A la misma altura del extremo Sur de Miraflores, se encuentran las oficinas de la Fundación Buenaventuranza, otro punto religioso que concentra población, en su mayoría importada desde otras provincias. Desde hace ya más de una década, la incesante –y también creciente- llegada del colectivo de personas bajo el influjo del referente conocido como “El Maestro Amor” a la zona, ha sido otro de los factores desencadenantes de este fenómeno urbano. Aunque en los últimos años comenzaron a incidir otras realidades, tal como sucede en el cinturón de la mayoría de las metrópolis.

Si bien San Fernando del Valle de Catamarca está aún lejos de alcanzar la envergadura de otras ciudades capitales de provincia, es notable cómo se ha instalado en la conciencia colectiva la necesidad de huir del trajín de la vida urbana semanal buscando –recuperando o ganando- espacios más abiertos y relajados para la socialización. Es así como muchos catamarqueños han optado por la mudanza de la ciudad al campo, o al menos a parcelas suburbanas de mayor superficie que están a distancia media del centro de actividades, tales como el lugar de trabajo, de educación y esparcimiento, el aprovisionamiento y la dotación de servicios básicos.

El crecimiento inmobiliario de Miraflores y Coneta Viejo se refleja en la oferta y demanda de parcelas que hasta hace poco eran rurales y hoy tienen ficha catastral de urbanas o suburbanas. Paralelamente, el precio de las mismas se ha multiplicado en relación con la demanda. Si bien no hay datos oficiales al respecto, a modo de referencia puede citarse que un lote (con papeles) de 15 x 30 metros tiene un costo de unos $ 200.000 tratando directamente con el dueño. Otra historia es cuando interviene una inmobiliaria, ya que hay una lógica comisión por la intermediación. Otro precio de referencia es el ofrecimiento de una parcela de dos hectáreas a un millón de pesos, cifra que hace algunos años era impensable de pagar en la zona.

Pero el incremento no solo es cuantitativo. Una imagen que patentiza este proceso de urbanización es la de numerosas viviendas en construcción. Se trata de casas con diseño arquitectónico y –en muchos casos- formato de country, con materiales de calidad superior al promedio de la localidad, amplios espacios internos, largas galerías y espacios verdes parquizados que se incorporan al núcleo vivienda. Se trata, pues, de viejos rastrojos en desuso o simplemente montes que nunca fueron habitados por sus dueños y que ahora están dispuestos a vender.

Las heredades familiares, en estas localidades, suelen estar irresueltas o en vías de resolverse, lo cual es un dato a tener muy en cuenta para los interesados en adquirir tierras. En ese sentido, la propiedad de parcelas medianas o grandes está, en general, en procesos de subdivisión. Es el caso de un parroquiano que tiene a la venta ocho lotes de 500 metros cuadrados en El Bañado, cruzando la ruta hacia el Este, pero que manifiesta clara intención de venta.

Si bien, en muchos casos, los nuevos propietarios son capitalinos ávidos de tranquilidad y de una relación más cercana con el entorno virgen, en gran número las viviendas son habitadas por seguidores del Maestro Amor. “Es gente tranquila, ni ruido hacen, ya se han incorporado a la comunidad y la mayoría viene, compra un terreno, construye y luego se quedan”, opina Paulo, vecino de muchos años en Miraflores. La coexistencia de ‘los del pueblo’ con los nuevos vecinos y los de la comunidad del Maestro, es una realidad.

Por otra parte, una simple exploración del área (que comprende un polígono de unos diez kilómetros cuadrados entre las estribaciones de la sierra de Ambato y la Ruta Nacional 38) por fotos de Google Earth da cuenta de la existencia de tres barrios del IPV ubicados en distintos puntos de Miraflores, que concentran la mayor cantidad de viviendas en la zona, caracterizada por la dispersión en base a los caminos abiertos en el territorio.

 

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La ampliación de las redes de servicios de ambos pueblos, es otra señal contundente. El tendido de cables de energía y de postes llega hasta recónditos parajes donde antes había apenas un hilo de luz o directamente nada. La provisión del servicio de agua potable para esta población, aún dispersa, pero en franca expansión, también puede verificase, por ejemplo, recorriendo los callejones de tierra que van, por Villa Martínez hacia la Quebrada de San Lorenzo.

La instalación de semáforos en la esquina donde confluye la ruta principal de ingreso a Miraflores con el camino interno más transitado, el que une la plaza de la localidad con la plaza de Coneta, es otro indicador de urbanización. En esa intersección se hace necesaria la alternancia del flujo vehicular ya que son numerosos los servicios que confluyen en el lugar. Hay varios comercios, la Administración municipal, la Policía, el cajero automático y otros. Semejante centralización es digna de cualquier ciudad grande, y ya existe en este pueblo.

Fenómenos de crecimiento urbano similares se ven reflejados sin dudas en localidades como las del departamento Valle Viejo y Fray Mamerto Esquiú, y también en otras de Capayán y Ambato, todas cercanas a la ciudad Capital. Casi con seguridad, cuando se haga el próximo censo nacional de población, habrá que prestar atención a este tipo de conductas que van a modificar diversos mapas de ejecución de políticas públicas y de decisión de inversiones privadas.

Solo por citar datos censales oficiales, en 2011 Capayán tenía 16.085 habitantes y 5.084 viviendas, de las cuales dos de cada tres se encontraba habitada (3.779 habitadas). La proyección de habitantes estimada por Estadísticas y Censos al 1 de julio de este año arroja para el departamento un número de 18.470 habitantes. Sin embargo, esta cifra ha sido largamente superada ya que las previsiones estadísticas no previeron la actual urbanización de poblaciones como las que referimos en esta nota. La venta de viejas casonas antes usadas solo para veranear por parte de familias pudientes ha posibilitado convertirlas en viviendas permanentes de los nuevos vecinos, así como el loteo de viejas parcelas abrió paso a nuevas edificaciones.

En conclusión, es cada vez más frecuente conocer de familias que se han mudado a vivir a Coneta y Miraflores, a El Rodeo, a Las Juntas, a La Puerta o a San Antonio, a Polcos u otra villa que cuente con tránsito más o menos fluido.

El cambio social, la adopción de nuevos hábitos y usos del espacio van configurando –y ocupando- escenarios hasta hace poco tiempo impensados, con las consiguientes y consecuentes adaptaciones: los lugareños se constituyen en proveedores de bienes y servicios de los nuevos vecinos, pues ahora les resulta rentable abrir o ampliar una despensa, o convertir el simple kiosco en un almacén polirrubro. La empresita de transporte ahora tiene más pasajeros, la escuela más alumnos. Los jardineros quizás aspiren a pasar de herramientas mecánicas a otras eléctricas un poco más sofisticadas. La escribana con sede en Huillapima tiene ahora mucho más trabajo. Se instalaron en la zona dos establecimientos hoteleros (Killa Hotel, a 1,8 km de la plaza de Coneta y La Aguada, al Norte, y varias casas de té. Y así. También la estructura de servicios que atienden las delegaciones municipales se han complejizado, y su planta funcional –sobredimensionada en casi todas las administraciones- pasa a ser cosa inmanejable en los presupuestos.

Pero, lo que más se extraña es la tranquilidad pueblerina. La calle de tierra pasó a ser una dura capa de asfalto y los repiques de aquellos caballos que montaron los tradicionales vecinos del pueblo hoy son modernas camionetas 4 x 4 o infinidad de autos que van y vienen a toda hora.

En Coneta y Miraflores, dicen, los nuevos vecinos son, en general, apacibles y respetuosos. La construcción marcha a ritmo incesante por más crisis que retumbe. Es la ciudad que se muda al campo. Al campo cercano. Son los satélites urbanos a las cuales, en las grandes capitales les llaman ciudades-dormitorio, pues la gente vuelve después de la jornada laboral, ya que no conviene ir y venir tanto. Es un fenómeno de nuestro tiempo, con mezcla de tonadas y de costumbres que, por ahora, convive sin grandes dificultades.

 

Fotos: Diego Rodríguez

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