aguafuertes

El alud

domingo, 2 de junio de 2019 · 04:00

Son chimeneas que se encendieron solas desde abajo de la tierra. Están en este lugar raro donde parece que termina una pampita. Sí, del otro lado, ese monte tupido de algarrobos es Trampasacha. Este es un lugar que no tuvo rumbo nunca sentencia Rogelio, que se jubiló de maestro hace veinte años, pero sigue en pose sin investidura, pero en pose de maestro. El pelo se le encaneció por completo, mas lleva la misma serenidad de siempre. Acompañó a los viajeros y curiosos y a los profesores de la universidad que vinieron con unos aparatos a escuchar sonidos y a medir la temperatura de las pipas, es así como llaman a las formaciones, las piedras que se han dado una forma cilíndrica para emitir ese humo tenue y caliente.

Siján corre su suerte a un costado del río, es un pueblo montado a los cerros. Sobre la cintura de un cerro se pusieron las casitas.

“Nemesio se fue a la ciudad y eso que dicen que los mellizos nunca se separan, es cuento puro. Hay un camino para cada hombre”. El que habla ahora es Marquitos Idelfonso o Marquitos solo, que volvió a ver cuando los ojos se le habían apagado del todo. Separa la paja la peina y la despeina, la usarán para hacer un techo. El milagro en sus ojos es hechura de doña Arminda, una curandera que algunos dicen tiene más de doscientos años y habría vivido siempre en estos rastrojos secos del mundo que son estos pueblos de montaña. Y yo lo vine a grabar o a escuchar mejor. Cuando pude prender este aparato que capta hasta cuando un chelco jarillero come una ala de grillo, ya había pasado lo mejor del cuento de Idelfonso. Dejamos para el día siguiente. La noche se hacía negra primero en unas nubes enormes y después en el estuche donde guardan el alma los serranos. Presagio de tormenta en el revolcarse de una mula y en el canto a deshora de los gallos.

El Chango Churo que le dicen cerró bien la puerta del rancho y un ventanuco que tenía un cuerito de oveja en el marco para asentarse con los codos a ver el alba. Tenía que buscar un ternero negro guacho, que había perdido a su madre, una vaca de doce años que en unas cuchillas había golpeado una pata y luego se había incrustado entre piedra y piedra en una raja arriba de las chimeneas. La pobre había sido víctima de los cuervos que le entraron por todos los orificios del cuerpo. Y tenía otra tarea, de paso buscar un poco de canchalagua, nencia y algún otro yuyo que luego comerciaba en el almacén de abajo como le llamaban al boliche-almacén que había en el caserío.

El cielo se abría como un pupo luminoso para el lado del poniente, pero ahí nomás abajo junto al río y las casuchas una sola manta negra era la nube de agua y tierra que las tapaba. Todo estaba raramente calmo. Chango había remontado el río que es como decir había remontado el pueblo cuando oyó un tronar debajo de sus pies y el mundo que se sacudía. Ahí nomás empezó a soplar viento e intuyó que el río se iba a poner bravo. Empezó a correr hacia abajo dando la voz de “salgan, salgan” porque el agua que se había convertido en una montaña de barro bullente venía bajando y llevándose todo a su paso. Doña Carlina rezaba en su rancho y escuchó clarito decir la palabra “salgan” ahí nomás brincó de la sillita donde estaba y eligió cruzar enfrente de la casa. Algunos, los alertados por los coces que daba la tierra se habían puesto en pie, los otros sintieron los gritos de Chango churo. El viejo Ramón otrora arriero, se volvió a tirar en el camastro y se sobó la pierna morada. Decidió arrojar su bastón al aire por la ventana petiza de su rancho y esperó agazapado la furia de barro y agua que se llevaba perros, alambres, gallinas, postes, árboles y casuchas a su paso.

Todos salieron de sus casas menos aquel hombre que esperaba la muerte y la encontró bravía y decidió no desaprovecharla.

 

Silvio Olivari

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