aguafuertes

Equivocación

domingo, 15 de diciembre de 2019 · 02:00

Bajate gordo y largá el carro. Enseguida nomás le soltó un fierrazo, nada  de 38. Un caño de dos pulgadas le descansó el de gorra con corderito. El gordo se vino abajo con bicicarro y  heladera. ¡Plam, pla! Se abrió la heladera y rodó una parrilla blanca de adentro. Desde el piso podía ver el edificio en Villa Cubas, Mota Botello arriba, unas nubes pocas asomaban en el bajo cielo. La mandíbula le dolía.

¿Qué mierda pasa con vos? Lo quiso patear pero el que estaba en el piso escupiendo sangre (de un rojo encendido) le pidió con un gesto, mezcla de terror y compasión en la mirada, y la mano como una pancarta (bien abierta) que no lo golpeara y se dio vuelta uno de los bolsillos del pantalón que se mostraba gris, vacío y roto (en partes mantenía una costura con hilo rojo que a simple vista se notaba). “Llévatela, no anda”, alcanzó a murmurar entre borbotones de sangre que le manaban de la boca y la mandíbula. Uno, que parecía el hermano del que agredía al que sangraba, se paró a un costado de donde habían ocurrido los hechos con una vieja camioneta Fiat.  Se bajó y tomó al muchacho del brazo mientras le hablaba al oído. Se lo fue llevando hasta donde estaba el vehículo estacionado, abrió la puerta y lo introdujo adentro de un solo empujón. Se subió e hizo andar la Fiat que temblaba y se aceleraba sola. Arrancó y aceleró dejando una estela blanca de humo en el lugar. El hombre gordo con la mandíbula quebrada lamentó dormirse pero no podía hacer otra cosa.  Se sintió noqueado en el centro de un gran ring, mientras las voces se iban apagando. Pasada media hora y cuando ya la gente se juntaba a su alrededor una ambulancia cargo al enorme hombre con la camisa ensangrentada.  

No era tanta la coincidencia ni tanto los parecidos. Todo sucedía solo dos días después de la procesión de la Virgen y la ciudad era una manta hedionda. Por  Avenida Alem, cuando bajaba la tarde, una moto roja de 200 cilindradas, que tenía pegada una calcomanía de un águila en el tanque y con cargador de madera repintado, pasó llevando el paquete con una cocaína amarilla que luego sería mezclada con dos partes iguales de pastillas.

Silvio Olivari

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