nota de tapa

Del abolengo a la pica: ¿cuál es el legado de José Cubas?

Es uno de los personajes más nombrados de la casi bicentenaria política local. Como pocos, sufrió en carne propia la extrema crueldad del adversario. Aquí, su impresionante historia.
domingo, 3 de noviembre de 2019 · 02:16

El suceso de la muerte de Cubas es uno de los más trágicos momentos de la vida institucional argentina. La Patria decimonónica andaba decidiendo bajo el fuego de las armas su integración definitiva. Que Buenos Aires sí, que Buenos Aires no. Que sea bajo el régimen unitario o que sea con federalismo. Era 1836 y el brigadier porteño Juan Manuel de Rosas gozaba del poder plenipotenciario que le conferían las provincias como restaurador de leyes. En ese contexto, asumió la gobernación de Catamarca José Cubas y Salas, miembro de una familia de costumbres españolas asentada en el valle hacía más de un siglo. Nacido y formado entre el Ancasti y el Ambato era hacendado de buena ley en sus tierras. Administraba y explotaba las estancias familiares hasta que, ya casado y con hijos, se enroló en la política en tiempos en que -según inmortalizó el propio Sarmiento- ´había que tener cogote de repuesto´. Ningún vaticinio fue más preciso para el destino de este baluarte que entregó su vida defendiendo la integridad política de su provincia.

Por entonces Catamarca, la siempre humilde provincia norteña, era una quinceañera rebelde que había gritado su autonomía a los cuatro vientos. Una jovencita que sufría en la dignidad de su pueblo el tire y afloje por la gestación de la Confederación. Las armas estaban cerca, en el Norte, en la lucha contra los hermanos bolivianos. Cubas era federal. Para alinearse con el resto, en su primera decisión, promulgó el reconocimiento del brigadier como gobernador de Buenos Aires “e ilustre restaurador de leyes”. Pero esta posición ideológica iba a cambiar radicalmente tres años después, hasta convertirse en el motivo principal de su muerte durante el tercer mandato.

Desde que asumió, a Cubas no le confortó ni un instante de paz. Acechado por amenazas externas e internas, se defendió en varios frentes al mismo tiempo. En pocos meses, soportó las insurrectas montoneras del coronel Juan Eusebio Balboa, caudillo de Belén a quien Cubas había encarcelado meses antes; los intentos de invasión santiagueña al Este, propiciados por el ex gobernador Juan Nicolás Gómez, y la segregación de los pueblos pomanistos incorporados a La Rioja a comienzos de 1837. En mayo siguiente, el gobernador de Tucumán Alejandro Heredia –nombrado por la Legislatura “Protector” de Catamarca, amigo de Balboa y hombre fuerte de las milicias del Norte- sustrajo para su provincia los departamentos Tinogasta, Belén y Santa María. Por acción directa o indirecta de Balboa, Cubas pierde casi todo el Oeste. Además, en diciembre, debe resistir y derrotar a una división de más de cien hombres de los departamentos Choya y Albigasta (Santiago del Estero), que invadieron la provincia. En febrero siguiente, también Pomán es invadido por una división montonera al mando de Santiago Rentería. El objetivo era unirse a Santos Nieva y Castilla que, con elementos de Mazán (La Rioja), atacaría después la capital catamarqueña. Pero nada de eso ocurre.

A duras penas, Cubas finaliza su mandato y, a pesar de su resistencia a continuar en la función pública, la sala de Representantes lo reelige el 21 de julio de 1838. Por esos días asesinan a Heredia y “a raíz de este hecho, se produce un vuelco político en casi todas las provincias del Norte (…) Cubas da a conocer un decreto por el que disponía la reintegración de los departamentos del Oeste a nuestra provincia. Noble gesto de un gobernante consciente de su deber. Gracias a Cubas, Catamarca recuperó su integridad territorial”, opina el padre Olmos en su “Historia de Catamarca”. El gobernador avanza sobre Balboa en el Oeste y lo obliga a firmar un convenio de obediencia, llevándose sus armas y haciéndolo delegar su autoridad en busca de lograr la pacificación.

 

La Coalición del Norte

Mientras tanto, Rosas ejerce la suma del poder público y se comporta como un dictador. Pero surge la resistencia. Fructuoso Rivera toma Montevideo, se alía con los franceses y propone un armado opositor en las provincias del Norte, vía Santiago del Estero. Pero Cubas ya se carteó con sus pares. Propone a su colega santiagueño Ibarra que encabece una coalición junto con las demás provincias del Norte. “Cubas va desengañándose más de Buenos Aires y el 19 de enero escribe a Ibarra: “me parece que el señor Rosas no se acuerda de nosotros; por ésta y otras razones, soy del parecer que se deben retirar las facultades, y que ellas recaigan en Ud. como se lo indico en mi anterior; ojalá que los demás gobiernos conocidos piensen lo mismo, para evitar males, que serán indispensables, si obran en sentido contrario”, apunta Olmos. Pero Ibarra juega a dos puntas: por un lado, advierte a Cubas de la extraña propuesta de un emisario francés enviado por Rivera y, por el otro, se rehúsa a romper con Rosas. Finalmente, Santiago del Estero no participará de la Coalición del Norte, de la que Cubas sería activo animador y su aliado gobernador de Tucumán Marco Avellaneda, el gran hacedor.

En noviembre, la lucha con Bolivia ha concluido. Rosas encarga al general Gregorio Aráoz de Lamadrid recuperar las armas –y tomar por asalto el gobierno tucumano-, pues sospecha que se le pueden volver en su contra. Pero quien se da vuelta es el propio Lamadrid, que ahora pasa a filas del enemigo. Consumado el hecho, la Tucumán de Avellaneda es la primera que se pronuncia contra el dictador. No sin esfuerzo, también Cubas logra que su Sala de Representantes se pronuncie. Y le siguen las otras que conformarán la Coalición: La Rioja, Salta y Jujuy. Pero antes de su nacimiento, el mandato de Cubas fenece. Su sucesor, José Luis Cano, designa a Marcelino Augier como delegado diplomático. Y es éste, ya como gobernador interino, quien firma en Tucumán el tratado de la Coalición del Norte. Es el 24 de septiembre de 1840. Con el paso en falso de Lamadrid más la conformación opositora de las provincias norteñas, comienza la campaña furibunda del rosismo contra el interior. Y manda el restaurador su ejército al Norte, al mando del general oriental Manuel Oribe.

 

Batalla de Catamarca

Empeoran las cosas en noviembre cuando Lavalle cae derrotado en Quebracho Herrado. Desmoralizado, Lavalle se refugia en la sierra de Ancasti en enero siguiente. En Catamarca las cosas no están mejor: Augier pide auxilio que nunca llega y una columna rosista al mando del coronel Mariano Maza la invade fácilmente con apoyo de Balboa, nombrado gobernador provisorio. Con el control de Balboa, inicia la persecución política más sangrienta de la historia local. El 13 de abril fusilan en la plaza de Catamarca a uno de los jefes de la resistencia: Alejo Córdoba. Pero ¿dónde está Cubas? Pues, en los dominios de Balboa. “…libra un combate cerca de la villa de Belén el 11 de mayo con las fuerzas de Esteban Sueldo. Va luego a Santa María desde donde regresa el 10 de junio a Andalgalá. Por orden de Lamadrid, baja luego a Catamarca”, acota el padre Olmos en su magistral relato.

Anoticiado, Balboa deja en su lugar a Santos Nieva y Castilla y va a recuperar terreno al Oeste. Aprovechando el descuido, el 23 de junio Lamadrid entra a la ciudad y días después restituye a Cubas en el poder. Es su tercer mandato, esta vez como provisorio. “Al aceptar el expresado nombramiento en las presentes circunstancias, no he podido ser animado de otro sentimiento que el de cooperar en la importante empresa de salvar el país de la funesta administración del tirano de Buenos Aires”, le escribe a Avellaneda. Y le pide refuerzos en la Cuesta del Totoral. Pero las fuerzas de Oribe vencen a Lavalle en Famaillá y entra por esa vía a territorio. Maza y Balboa se unen en La Merced y desde allí avanzan sin piedad a Catamarca.

“En la noche del 28 de octubre, Cubas se anotició, por una patrulla adicta, que las fuerzas rosistas estaban a legua y media de la ciudad. De inmediato, el comandante general de la provincia Pascual Bailón Espeche, organiza la resistencia.

Las tropas rosistas entraron en la ciudad divididas en tres columnas. Balboa y Maza comandaban la del centro, que penetró por la actual calle República; el coronel Santos Nieva y Castilla entró por la actual calle San Martín; y los hermanos Facundo y Benigno Segura por la actual Esquiú. El primer contacto de los dos bandos tuvo lugar a las tres de la mañana del día 29, a una cuadra del viejo Cabildo (situado entonces casi en la esquina de las actuales calles Rivadavia y República). Mientras tanto, las otras dos columnas iban cercando paulatinamente la trinchera antirrosista. Después de una heroica resistencia de más de tres horas, ceden las fuerzas de Cubas al empuje de los invasores. El fuego de la defensa cesa a las seis y media de la mañana, comenzando de inmediato una horrible matanza de todos los civiles y militares que alcanzaban a ser capturados.

El 30 de octubre, Balboa comunica al gobernador de Tucumán Celedonio Gutiérrez el resultado del combate diciéndole: “Tengo el placer de comunicarle que ayer 29 tomamos esta plaza, después de alguna resistencia en que fue completamente deshecha la infantería y caballería enemigas, huyendo despavoridos a los bosques y casas de federales, desde donde los estamos sacando y escarmentando en los cabecillas y en los más obstinados, la tenacidad de sus perversas miras. Yo espero que el salvaje Cubas no escapará, pues lo tenemos rodeado en el cerro (…) Los demás o están muertos o presos…”

Después de cinco días de empeñosa búsqueda, Cubas es apresado y transportado a la ciudad, donde fue degollado el 4 de noviembre. Su entereza moral no se doblega en ningún momento”, relata el historiador.

Con la muerte de Cubas la provincia perdió a uno de los máximos defensores de su integridad territorial. Como muchos otros catamarqueños mártires, en el contexto de sus días, puso el cuerpo a la causa que embanderó el interior profundo contra el centralismo porteño. Ése es su legado.

 

Textos: Carlos Gallo

Fuentes: “Historia de Catamarca” del Padre Ramón R. Olmos.

 

Antes de morir

Transcripción original de la carta que le dejó a su compañera, Genoveva Ortíz de la Torre.

Mi amada esposa:
Por disposisión de Dios voy a morir dentro de una ora, conformate pues mi conciencia nada me argulle y creo seré más feliz en la vida eterna.
Aunque nada tengo que prebenirte en orden a mis hijas, mi boluntad es que si puedes las tengas en el convento donde podrán continuar sus estudios y ser buenas religiosas o (ilegible)
No me acuerdo dever más que al Sr. (ilegible) Lezama tres onzas, y tres mulas y una o dos lluntas de bueyes... te verás con él y pagarás lo que puedas.
Procurarás vender las estancias para sostenerte, que Dios te ayude y que lleves con resignación los trabajitos de este mundo, hasta que nos beamos en el cielo donde te espera tu desgraciado compañero.
 Cubas

Testimonio de Maubecín

El ex gobernador Víctor Maubecín narró el triste suceso. “Era yo un muchacho de 11 años de edad; me retiraba de la escuela de San Francisco, cuando noté gran movimiento de tropas y naturalmente me detuve de curioso. Luego vi que del Cabildo salía el verdugo que había traído Maza y que era un mulato jetón conocido con el apodo del Paraguayo. En la mano derecha llevaba la cabeza de Cubas sostenida por el pelo, y en la izquierda un peine y un pedazo de jabón. Así que llegó a la Pirámide, se sentó en la orilla de la acequia que pasaba por su lado y se puso a jabonarla para quitarle los coágulos de sangre y luego a peinar los cabellos. Hecho eso, la colocó en la punta de una lanza que fijó en el suelo”. 

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