aguafuertes

Antofagasta

domingo, 3 de noviembre de 2019 · 02:00

Ella lucía como una turista europea o americana. Blanca, blanquísima, de ojos azules profundos. Este era su segundo trabajo. Siempre había querido que los trabajos la sorprendieran. Su primer viaje fue al corazón de África. Estuvo seis semanas en Tanzania junto a Philip un fotógrafo canadiense. Había sido enviada para describir aquella inmensidad; el paisaje que rodeaba al volcán Ngorongoro.

Siempre había sido una chica de ciudad, sus costumbres citadinas eran comunes a muchas chicas de su edad que viven- moran en edificios que parecen mausoleos habitados por seres vivos. Había hecho de su vida una rutina bajo techo. Pocas veces, tampoco le preocupaba, levantaba la vista para observar el cielo. En la escuela de periodismo se destacó por su interés por un periodismo “etnográfico”. Sus buenas notas la pusieron en tren de conseguir trabajo, más la ayuda de su padre venido a Córdoba desde Colonia-Alemania y sus vínculos con la revista National Geografic, donde había trabajado como fotógrafo casi una década, fueron decisivos, para que la contrataran.

Antofagasta de la Sierra le sonaba apenas un poco menos extraño que Kenia. No sabía que se sorprendería tanto en aquella tierra que no se parecía a ninguna otra, tal como le pasara en las praderas de Kenia donde había quedado extasiada ante las manadas de ñus emigrando hacia el país de las lluvias. También había visto elefantes como vacas pacer en la pampa húmeda.

Ahora venía enviada por una revista científica alemana y debía caminar por las inmediaciones del volcán Galán, tomar una impresión de muchacha mundana y pedestre para enlazarla con los datos de una bióloga con pinta de genio de las ciencias duras que había descubierto primero en Bolivia en una laguna creo llamada “Laguna colorada” y luego en varias lagunas de colores en la puna Argentina, en Chile y en la misma Bolivia: 34 lagunas con una salinidad muy importante cinco o seis veces más que en el mar muerto y con arsénico. “Aquellos ojos estaban llenos de estromatolitos que son bacterias como aquellas que existieron hace 3.400 millones de años”, le explicó la investigadora de piel tan blanca como la de ella y una mirada extraviada.

“Estos estromatolitos liberaron oxígeno a la atmósfera, crearon la capa de ozono y dieron origen a la vida tal cual la conocemos ahora”, manifestó la científica para el grabador de la periodista. El arsénico, entendió, había sido clave para la respiración anaeróbica de los organismos. Apabullada y un tanto mareada por la altura al quinto día decidió pedirle a su guía que la lleve hasta el campo de piedra pómez.

En aquella inmensidad pudo verse a si misma, el paisaje, aquella inmensidad, le sirvió de espejo de su propia alma. No había amado a un hombre, tampoco a una mujer. Era hermosa pero había entrado a la adultez sin haber disfrutado de una vida sexual activa. No tenía inclinación por cuestiones religiosas. Y en la puna, frente a una majada enorme de vicuñas llegó a pensar que toda aquella inmensidad la querellaban, la hacían pensar en ella misma y por la ausencia de sentimientos, fuertes, visibles, palpables, sintió irse hacia adentro de sí misma como si ella misma fuera una caverna infinita. Se calmó con el crepúsculo y los azules distantes de las montañas que se continuaban con el cielo y el falso azul de la laguna, que era roja, tenía verdes y bermellones. Volvió a la ciudad llena de imágenes y sensaciones, todas provocadas por aquel lugar, tan poco parecido a nada en el mundo. Más impactantes que las manadas de ñus viajando hacia el poniente o los elefantes que parecían avanzar a los saltos. Antofagasta de la Sierra la había colmado, había despertado todos sus sentidos, pero la había obligado a viajar a una región suya, aun desconocida.

 

Silvio Olivari