aguafuertes

La noche del diablo

domingo, 27 de octubre de 2019 · 13:00

Y…apareció, solo triste, con el gesto adusto se lo vio llegar. Todos pensamos, ¿cuál será el problema? No hubo margen para preguntas. Siguió su camino, no se detuvo, abrió la puerta, que con un seco chirriar dejó ver la falta de aceite en sus bisagras. La cerró casi con violencia, luego se escucharon dos o tres ruidos, muebles corridos. Un silencio profundo le siguió, luego nada.

Afuera de la habitación, ingresaba otro hombre desconocido y casi con el mismo gesto del anterior. Este se detuvo en medio del grupo y pidió agua. Un largo sorbo permitió advertir que algo muy malo había ocurrido. La mirada de todos revelaba la curiosidad, a la vez que se podía leer en ellas el interrogante, ¿qué pasó? El hombre giró en su asiento, miró a todos y señalando afuera de la vivienda, dijo: El diablo está ahí. Casi no termina la frase y cae al suelo con los ojos desorbitados.

A la mañana siguiente, al abrir la puerta del dormitorio donde había ingresado el otro hombre, solo encontraron desorden.

La curiosidad de la gente del pueblo jamás fue satisfecha. Hoy sigue viva aquella pregunta, que sin decirla flotaba en el ambiente, la noche del suceso. “¿Qué pasó?”. Esta pregunta daba vuelta en el pueblo y cada uno de sus habitantes al realizar la misma pregunta, miraban con miedo a su alrededor, como presintiendo que algo malo pasó y podría volver a pasar.

La noche que le siguió al suceso desconocido no fue una noche para descansar, después de la hora habitual de ir a la cama, todos se fueron rodeados de temor, y el sueño no llegó, “pasaron la noche en vela”, pero no querían dejar de escuchar y saber si algo nuevo ocurría. A la noche siguiente, tres valerosos vecinos decidieron salir a enfrentar la situación, pues sostenían que no se podía vivir con miedo, que esa no era la manera que los padres les habían enseñado, pues cuando algo se desconoce, se averigua, se descubre, aunque para ello haya que correr riesgos. Y en este caso riesgos desconocidos, ante lo desconocido que los acechaba.

Cuando el ocaso estaba llegando, los tres hombres empezaron con los preparativos, agua bendita, una cabeza de ajo cada uno, un puñal, una caja de fósforos y un Rosario, haciéndose la Señal de la Cruz, cuando llegó el momento, salieron a la oscuridad de la noche. Iban los tres muy juntos, solamente se escuchaba el sonido de los seis pies cuando asentaban sobre la tierra, aunque con alpargatas, no eran tanto el ruido.

La respiración normal al principio, a medida que se alejaban de la casa y se internaban en el campo cercano, se iba haciendo más sonora y entrecortada, indicando claramente el estado de expectativa y de temor de los tres hombres.

Los vecinos que habían quedado a la espera del regreso de los tres, esa noche, tampoco durmieron, estaban atentos a cualquier ruido, o lo que fuera, sin saber cuál iba a ser la actitud que tendrían ante esas posibilidades.

Salió el sol al día siguiente, los vecinos valientes no habían regresado, nadie se animaba a decir nada, mucho menos hacer algo. Cuando de pronto una mujer anciana dijo: “¿Qué les pasa? Nos vamos a dejar asustar de esta manera. Hay que salir a buscar a Anacleto, Francisco y Armando, que no volvieron. Vamos, vamos, los hombres más jóvenes, pónganse en movimiento que los voy a acompañar, pero iré en el burro, no puedo caminar a la velocidad de ustedes”. Diciendo esto, se pusieron en movimiento unos doce varones de distintas edades, pero todos mayores. La vieja en el burro los guiaba, haciendo señas donde, según ella había que dirigirse. “Vamos pa’ la Salamanca, allí es la casa de las brujas, algo, algún indicio debe haber por ese lado”.

Cuando iban llegando a ese lugar, unas alpargatas arriba de un algarrobo permitían advertir que esa noche anterior había habido peleas en este lugar. Cuando sacaron las alpargatas y advirtieron que eran las de Anacleto. “Nada bueno ha ocurrido aquí”, decía la anciana.

“Aquí no hay que demostrar miedo, hay que tener valor para entrar en esas cuevas de la Salamanca”, decía la mujer. Cuando llegaron al lugar, se detuvieron frente a una gran barranca de un rio seco. Unas cuevas se podían ver, pero no se veía el fondo. El temor estaba presente, pero ya estaban allí, no se iban a volver sin ver que había dentro. Haciendo de tripas, corazón, como dice el dicho popular, ingresaron y pronto vieron unos bultos al final de una de las cuevas, se empezó a oír quejidos y los bultos se movían. Llegaron y con mucha alegría vieron que esos bultos, eran los tres hombres que habían salido la noche anterior a ver qué pasaba fuera, en el campo.

Cuando desataron las bolsas y los hombres pudieron salir, lo primero que se advirtió es que estaban desfigurados, y cuando se pusieron de pie, empezaron a correr, a la vez que decían: “Vamos, vamos, allí está el Diablo y todos sus ayudantes. Vamos, vamos”.

Los nombres corrían y los otros los seguían a paso acelerado, querían saber qué es lo que había pasado. Llegaron al pueblo y fueron donde estaban los tres hombres que aún no podían hablar normalmente. Pero uno de ellos empezó a contar: Esa noche, que no sé cuánto tiempo ha pasado, apenas ingresamos en el campo, un hombre con sombrero grande, dientes brillantes y con una amplia sonrisa, salió a nuestro encuentro y sin hablar y sin dejar de sonreír nos atacó, no pudimos hacer nada, luego nos llevó a la Salamanca y nos metieron en las bolsas. El Diablo les decía a los otros, si no los buscan hasta mañana, la noche siguientes pasaran a ser nuestros en cuerpo y alma, menos mal que fueron, si no, no contamos el cuento”.

Y otro dijo, dejando de beber agua: “El Diablo mientras nos golpeaba nos decía que nosotros somos iguales que él, somos malos como él quiere, malintencionados y vivimos haciendo daño a otros hermanos. Que ya no hay diferencia entre él y nosotros, que el pueblo, es de él y que nadie cambiara esa realidad, porque nosotros seguiremos siendo malos, dijo que uno a uno nos llevaría”.

“Un sacerdote”, se escuchó una voz entre las muchas que se alzaban. Todos se dieron vuelta y miraron al hombre: “Sí, un sacerdote que nos bendiga a nosotros y también al pueblo. Hace tanto tiempo que no viene un sacerdote al pueblo, porque cuando venía nadie iba a la iglesia. Hay que buscar un sacerdote urgente. Yo saldré ya a buscarlo, si todos están de acuerdo”.

Después de la misa cantada, en la que participaron todos los pobladores, el espíritu y la actitud de las personas era otra. La mirada había cambiado, el temor aunque presente, empezaba a disminuir. Hicieron una gran mateada alrededor del fogón. Todos estaban, el pueblo chico, pocos habitantes, todos estaban presentes. El sacerdote después de la confesión, se había marchado, dejando algunas indicaciones pero asegurándoles que no volvería a aparecer Satanás y que solo dependía de ellos y de la actitud que tuviesen y que la vieja que los guió era el ejemplo a seguir, sin temores.

Qué había pasado para que tan rápido cambie todo, muy simple creyeron en ellos, primero y se convencieron de que nadie podría con ellos si estaban unidos y el espíritu tranquilo, porque si el mal tiene representante, el bien también lo tiene y con una fortaleza mayor.

 

Texto: Colaboración de Oscar Hugo Alaniz