historia

La osadía de los pioneros(*)

Pedro Cippitelli y Martín Marchetti hicieron la proeza de armar un avión y volar en él desde Buenos Aires hasta Catamarca. Fue en 1923, con la única ayuda de una brújula.
domingo, 20 de octubre de 2019 · 02:00

Cuesta a veces imaginar lo que fue el pasado, frente a lo que es el presente. Cuando vemos hoy las gigantescas aeronaves que surcan los cielos de todo el mundo, llevando cientos de pasajeros a grandes velocidades con tantos adelantos técnicos que permiten una segura navegación, nos preguntamos cómo hacían los antiguos aviadores, qué especial y diferente espíritu poseían que los llevaba tras increíbles metas.

Tampoco debemos olvidar que el árbol florido de la aviación de hoy, estuvo regado con la sangre, el sacrificio, el amor al vuelo de los aeronáuticos de ayer. Sin ellos el hoy de la aviación no podría ser. Hubo cientos, miles de hombres y mujeres que buscaron afanosamente, durante siglos, poder volar como los pájaros, desde la mitológica historia de Ícaro hasta el fraile Bacon, Leonardo Da Vinci, los hermanos Montgolfier, Pilatre de Rovier, Clemente Ader, los hermanos Wright, etc. Todos corrían en pos de igual sueño. Pero el siglo XX trajo la respuesta y con ella una legión de aviadores cubrió el planeta.

En todas partes del mundo hubo pioneros, y nuestra Catamarca no podía estar al margen. Muchos son los nombres, las fechas, las ilusiones, las vidas que jugaron un papel trascendente en este afán. Pero a dos hombres queremos referirnos hoy: Pedro Cippitelli y Martín Marchetti. Dos entrañables amigos que dedicaron su juventud y su vida a la aviación.

Había nacido Pedro Cippitelli el 29 de mayo de 1888 y Martín Marchetti el 26 de julio de 1900.

Ya el joven Cippitelli mostraba su amor al vuelo cuando, siendo adolescente y con la ayuda de su amigo construyó un avión en Catamarca. Compró en Buenos Aires ruedas de un avión en desuso, fabricó una hélice con mucho trabajo y le adaptó un motor de Ford T. Este avión nunca voló a más de cuatro o cinco metros de altura y tuvo varios accidentes sin consecuencias, pero fue templando el espíritu de los jóvenes Pedro y Martín.

Con la ayuda de su padre, Pedro partió a Buenos Aires y en el legendario aeródromo de Villa Lugano comenzó a conocer detalles de la aviación. Después de su servicio militar ingresó a la Escuela de Aviación de San Isidro, propiedad del Aero Club Argentino. Era el año 1917 y su gran amigo Martín finalizaba sus estudios de Mecánico de Aviación. La dupla perfecta: el piloto y el mecánico, imbuidos ambos por igual amor al vuelo.

 

Había que volar

Ahora había que volar. La condición de descendientes de extranjeros hacía, en lo económico en ese momento, muy sacrificados sus anhelos. Pero sus sueños, sueños aeronáuticos, querían volar muy alto. Decidieron que comprarían un avión. Varios años hubieron de pasar hasta que lograron reunir el dinero, más cuando fueron a comprarlo tuvieron la triste noticia que había faltante y esta nueva postergación no truncaría sus sueños. El ímpetu juvenil, su pasión aérea salió a relucir: vendieron todas sus pertenencias, su ropa, sus zapatos, sus cosas que tenían en la gran urbe y al final el SPAD fue suyo. Un noble biplano francés de la Primera Guerra Mundial, con un motor Lorraine de 220 HP, biplaza.

Pero la osadía no terminaba allí: decidieron traerlo en vuelo a Catamarca. Nunca se había hecho y las autoridades del Aero Club Argentino se opusieron. Sin embargo, ellos ya lo habían decidido y nada podría detenerlos. Es que el progreso de los pueblos se logra con el coraje de unos pocos.

Era el año 1923. No tenían equipos radioeléctricos de navegación, no tenían cartas de vuelo, solo una brújula y sus ansias de volar. Ni siquiera el dinero para el combustible de todo el trayecto. Y a mediados de octubre de ese año comenzaron la hazaña.

 

Primero, caminar

Les llevó varios días. Hubieron de detenerse en diversos lugares como Rosario, Córdoba, Deán Funes, etc. para realizar vuelos de bautismo que les permitan recaudar fondos para el combustible. En Córdoba debieron caminar casi 80 cuadras con dos bidones de nafta cada uno bajo una torrencial lluvia. Es que ni siquiera les quedaban cinco centavos para el tranvía.

Con la magra ayuda de la brújula, mucha intuición, volando sobre las vías del Ferrocarril, leyendo el nombre de las Estaciones y una tremenda fe llegaron el 21 de octubre de 1923 a la cancha de “El Comercio”, hoy Aeródromo de Choya. Ese lugar servía para jugar al fútbol y “revolcadero” de burros que muchos había en esos tiempos.

Mucho público fue a ver este acontecimiento. Y luego de larga espera el Spad de Pedro y Martín tocaba tierra catamarqueña y levantaba una densa nube de polvo. La hazaña estaba cumplida. El camino que trazaron entonces, es hoy seguido por numerosos jóvenes. Sus propios descendientes, casi a las puertas del siglo XXI, sienten también igual amor por el vuelo. Muchos Marchetti y muchos Cippitelli gozaron y gozan del placer de volar.

El 22 de abril de 1940 fallecía Martín en un accidente en un avión WACO en la cumbre de Vilapa (hoy Loma del Avión) en las sierras de El Alto, en Catamarca cuando viajaba como pasajero. Trece años después, el de agosto de 1953, víctima de una penosa enfermedad, lo hacía su amigo Pedro.

 

¿Por qué el olvido?

Pero a veces los pueblos pierden la memoria. Los que se entregan de lleno en pos de sus ideales dejando un bien a la comunidad, no lo hacen buscando el aplauso ni el reconocimiento; lo hacen simplemente porque son gente de bien. El reconocimiento debe llegar de aquellos que deben su presente a quienes, al forjar el pasado, hicieron posible la realidad de hoy. Duele ver a ningún organismo catamarqueño vinculado a la actividad aérea llevar el nombre de un Marchetti o un Cippitelli. Ni siquiera el nuevo Aeropuerto Catamarca, recientemente inaugurado, ni el viejo Aeródromo de Choya, escenario de la hazaña. Ni los clubes de vuelo. Solo un monolito, con parte de la hélice del legendario Spad en el Aeródromo de Choya sirve como magro homenaje únicamente a uno de los pioneros de la aviación local.

Cuando se entregaron al sueño de volar no esperaban recompensas. Ellos sabían hace 70 años, cuando empezaron a volar, o antes, cuando construían su primer avión, o hace 64 cuando compraron el Spad y lo usaron volando (hecho no sucedido antes), como saben los aviadores de hoy que “VOLAR NO ES RECORRER EL INFINITO, SINO GOZAR DEL VIENTO ENTRE LAS ALAS”.

 

(*) Texto de Rodolfo Lobo Molas, publicado por La Unión el 21-10-1987