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La catedral de los pájaros

domingo, 13 de octubre de 2019 · 02:00

Las secoyas son en la actualidad los árboles más gigantescos del mundo. Pueden superar los cien metros. Si bien este lugar hasta comienzos del siglo XIX era ocupado por abetos y eucaliptus, se han encontrado secoyas de hasta 3.000 años que no podrían abrazar diez hombres. Tal vez Ítalo Calvino se haya inspirado en los grandes bosques de secoyas de la costa del Pacífico para aquella novela “El barón rampante”. Un cielo rojo diamantino es el piso de secoyas por donde podrían pasearse las bailarinas más delicadas las del famoso ballet ruso de los años 40, cuyos movimientos fueron comparados con el de ciertas flores así las retrató la inmensa Yulia Artémieva, una fotógrafa rusa.

En el territorio argentino el taku o algarrobo fue y es alimento del ganado y las personas, y hasta se podía mensurar la fortuna de algún hacendado del norte argentino en arrobas (que no es el signo que se usa para dar paso a una dirección en internet) medida equivalente a la cuarta parte de un quintal, algo así como doce kilos.

La escritora María Emilia Azar, la poeta de Villa Dolores, amaba los árboles y les escribió versos muy profundos. Era capaz de emocionarse al ver los primeros brotes de una higuera, o de hablar de los nísperos como los frutos preciados de una encomienda que viajaba hasta la pensión donde el hijo aguardaba el avío con los frutos amarillos. Una vez se enfrentó a la cuadrilla que venía a cortar uno de los pacará o timbó más importantes que tiene el pueblo de una sola calle. “Este árbol lo plantó mi padre ustedes no lo van a cortar, si no me van a cortar a mí también”, dijo interponiendo su humanidad entre los dueños de la motosierra y el añoso árbol. La cuadrilla se retiró y el mismo intendente tuvo que deponer esa actitud depredadora que debiera ser poco usual en un ingeniero agrónomo. Doña María Emilia ya había sufrido la mutilación y luego la desaparición de los olivos que rodeaban otras callecitas amables de Villa Dolores.

Luis Franco el gran escritor catamarqueño, escribió “Nuestro padre el árbol” un libro que está a la mitad de camino de un estudio sobre los árboles y la poesía más pura como la que podría haber logrado Virgilio.

Pero vuelvo a mi pueblo Villa Dolores. La tipa de la plaza Castillo que da a la calle Joaquín Acuña fue defendida en más de una ocasión por don Arturo Carrizo el boticario amigo de todos y el escribano Medina. Hoy es uno de los colosos que tiene esa plaza ignota en su arquitectura y trazado, pero bella, única, por sus inmensos árboles.

Y finalmente una hallazgo de lector: Luis Franco el de Belén y Antonio Esteban Agüero poeta puntano (en cuya casa cerca de Merlo, San Luis, se halla el más inmenso algarrobo de Argentina, se dice que tiene mil años) escribieron con años de diferencia el mismo e idéntico verso: “árbol catedral de los pájaros”. Qué más puedo decir .Iré como muchas tardes a mirar la copa de esa tipa en la placita de Villa Dolores a deleitarme, con el aire que emana de su copa y a sentirme niño una vez más, diminuto ante la fronda, ante tanta inmensidad.

 

Silvio Olivari