Nota de tapa

Colonia Nueva Coneta: El pueblo que se creó por un serio intento de desarrollo

Hoy al mediodía habrá gran festejo en el pueblo de Nueva Coneta. Colonos, sus hijos y nietos, vecinos y amigos de tan querida comunidad rural se reunirán todos juntos en un nuevo aniversario de su fundación. Habrá un sencillo acto con autoridades, comida regional y folclore del bueno.
domingo, 12 de agosto de 2018 · 09:09

Entre quienes asistirán al encuentro de hoy en “El Rancho” ubicado en la Calle 8, entre la 1 y la 2, estarán aquellos colonos fundadores que recibieron -en un ya lejano 9 de agosto de 1969- los boletos de compra-venta de las parcelas. Ese pedazo de tierra donde sembraron el sueño de ganarse dignamente la vida labrando la tierra, echando semillas a los surcos y mojando las melgas con el agua de la vida.


Como en aquel día inaugural, habrá brindis, camaradería y emoción entre ellos y sus familias, ahora desgranadas en más hijos, nietos y bisnietos, en amigos y vecinos. Algunos de ellos ya no son agricultores sino meros ocupantes de casas quintas adaptadas a otras necesidades de la vida peri-urbana. A diferencia de aquella gesta, hoy se sumarán los habitantes de los nuevos barrios del pueblo: los de los asentamientos de la orilla de los canales principales, en los que viven humildes familias no menos esperanzadas en que algún día emerja el pueblo como se proyectó en los ‘60.
Entre las personalidades destacadas, con más de 90 años a cuestas, estará el emérito profesor Armando Raúl Bazán, historiador de reconocidos quilates a quien le cupo una protagónica actuación en ocasión de la creación de la colonia Nueva Coneta. Fue Bazán quien estuvo al frente del órgano –creado por Ley, autárquico, con libre decisión técnica y administrativa- encargado de dar los primeros pasos en la conformación de este pueblo rural: la Corporación del Valle de Catamarca (CVC).
Entre los colonos del ‘69 hay un puñado de sobrevivientes de aquellos primeros beneficiarios de la “Planificación para el Desarrollo Integral de las Áreas Restringidas: Pirquitas, Catamarca”. Entre esos 25 pioneros hubo tres de origen extranjero: el japonés Jorge Shigeo Tazaki, el danés Andrés Schils (ambos casados con catamarqueñas; Tazaki el primero en abandonar el proyecto) y Francisco Hidalgo, brasileño que venía de San Juan. Del resto del país llegaron los sanjuaninos Miguel Martín Palacios, Francisco García Estévez, Antonio Rodríguez, José Adolfo Pennise y Francisco Hierrezuelo, Ramón Díaz (Mendoza), Victoriano Olivera (Tilimuqui, Chilecito, La Rioja), Marino Martini (Santa Fe), Darío Rodríguez (Dean Funes, Córdoba), Rubén Pavoni (Buenos Aires) y el tucumano Luján Pascuccio. De la misma provincia asentaron sus familias los santamarianos Norberto Brizuela, Mario Orlando Saracho, Raimundo Peñaflor Martínez, Carlos Contreras, Benito Martínez y Dalmiro Mamaní; Néstor Humberto Sánchez y Rafael Alaniz (Andalgalá); Casildo Aybar (Belén) Eustaquio Ramos (Catamarca) y Félix Guianfranchi (Medanitos, Tinogasta).


 
Medio siglo atrás


 
El medio rural de la Catamarca de los años ’60 tuvo grandes transformaciones, especialmente en el Valle Central. La construcción del dique Las Pirquitas, inaugurado en noviembre de 1961, abrió expectativas respecto del aprovechamiento agronómico del agua embalsada. Pero el progreso siempre genera resistencias: la construcción de los canales hasta las fincas de Capayán pusieron en pie de guerra al campesinado de subsistencia que aprovechaba campos comuneros a su paso. La planificación superó escollos y se planteó con muy buenas perspectivas con miras a la creación de un sistema productivo como base para el despegue económico y social de la provincia. Fue un serio intento, sin dudas.


El programa de gobierno “comprendía la creación de varias colonias agrícolas y fruti-hortícolas, las cuales darían trabajo y posibilidades de crecimiento económico a sus habitantes. El área proyectada para la ejecución de la colonización era de una superficie de 12 mil hectáreas dividida en un principio en cinco colonias”, apunta en su libro “Nueva Coneta, un pueblo diferente” la profesora Mónica Alejandra Olivera, historiadora descendiente de uno de los colonos fundadores. Las áreas a colonizar en el Valle de Catamarca –existen los documentos que lo prueban- eran cinco: además de Nueva Coneta, estaban Vista Larga (por Ruta Nacional 38, antes del actual puesto de Policía Caminera), Antapoca, Agua Colorada, La Estrella. Esta última aparece en los planos de proyectos con ese nombre y no con el actual: Colonia del Valle. Se especula con que, como al proyecto colonizador se sumaron técnicos israelíes especialistas en riego en zonas áridas, en algún momento plantearon bautizarla con ese nombre alusivo a su “Estrella de David”.


 
Sistematización de las tierras


 
Si bien el propósito que dio impulso inicial fue el aprovechamiento del agua para riego -“el agua que da vida”, añoran los colonos- “la filosofía del proyecto fue promover el surgimiento de una clase media rural que supere la condición de peones o medieros en tierras ajenas”, define la historiadora, que presentará su libro en el acto de hoy.


“El plan permitiría a los colonos acceder a viviendas y parcelas que serían de su propiedad. Como contrapartida la provincia dispondría de la provisión necesaria para cubrir la demanda en el mercado local de productos agropecuarios en frutas y hortalizas. Las colonias se distribuirían en 611 unidades de colonización. Cada una de ellas constaría de 20 hectáreas, de las cuales 16 disfrutarían de riego permanente y las otras 4 serían destinadas para rotaciones de cultivos y para vivienda de los colonos”, agrega Olivera.


Bajo la supervisión del Consejo de Colonización del Valle de Catamarca y con la CVC como brazo ejecutor, Nueva Coneta comenzó a tomar forma: se construyeron los canales principales y secundarios, también el resto de la infraestructura hasta llegar a las parcelas grandes, se hicieron perforaciones de agua para complementar el sistema; se desmontó y se nivelaron las 350 hectáreas para esta colonia; se construyeron las primeras cien viviendas de colonos y el Centro Cívico, con caminos internos, red eléctrica, 160 tinglados y dos galpones para acopio y viviendas para obreros. Además, y esto fue una de las mayores virtudes del proyecto, la legislación (nacional y provincial) puso a disposición de los beneficiarios el “Fondo de Integración Territorial”, que resultó ser un crédito blando para pagar las viviendas. Las unidades económicas se entregaron a familias tipo previamente seleccionadas con un cierto perfil. Y se les proveyó de maquinaria de uso compartido, todo bajo la coordinación de la CVC.


Diez días antes de la entrega de las parcelas el presidente Onganía abrió las llaves del flamante sistema de riego y supervisó la delimitación de las parcelas. Momento cumbre, simbólico, que dio cuenta de lo relevante que fue esta planificación para la época: el país miraba cómo Catamarca convertía su “desierto” en un vergel productivo.


 
El 9 de agosto


 
Aquel día de la inauguración de la colonia agrícola presentada como modelo de desarrollo para las zonas áridas, se descubrió una placa recordatoria con la fecha y se procedió a la entrega de los boletos de compra-venta de las tierras. Previamente, el 10 de julio de ese año, la ubicación de las parcelas había sido sorteada entre los colonos. Asistieron al acto el gobernador, Gral. Ramón G. Brizuela, el secretario de Agricultura de la Nación Dr. Lorenzo Raggio, el administrador general del Agua y Energía Eléctrica Ing. Jorge Pegoraro, el presidente del directorio del INTA Ing. Agrón. Gastón Bordelois, demás autoridades civiles, militares y eclesiásticas, y los miembros del Consejo de la CVC.
Luego, la colonia comenzó a funcionar. Por los desmontes, el viento tornó “inviable” la producción de bonsáis que previó hacer Tazaki. Y fue el primero en abandonar. Pero la verdadera tormenta que quebró al proyecto no fue de viento y tierra sino de carácter político. El brazo ejecutor del Estado tutor y benefactor en su política de sustitución de importaciones, comenzó a flaquear. El 31 de octubre fue intervenida la CVC por un conflicto interno que derivó en tantas consecuencias que hasta llegó a la Corte Suprema de Justicia de la Nación.


Los colonos, con y sin intervención, siguieron hasta donde pudieron. Unos más y otros menos.
Entre 1970 y 1973 se integraron todas las parcelas, quedando una población con más de la mitad de sanjuaninos, el 37% de catamarqueños y un resto tan heterogéneo como sus intereses.
Frente a la colonia, del otro lado de la Ruta 38, se levantó la Escuela Agrotécnica, otra esperanza que alimentó el sueño de ver una colonia floreciente con los hijos educados en la Ciencia Agronómica.
Varios colonos lograron el objetivo filosófico de desarrollarse y superar la media del peón rural. Cumplieron metas, hicieron crecer su negocio junto con su familia. Hicieron estudiar sus hijos. Y fueron felices. Otros, muchos, abandonaron en el intento no sin dejar mucha inteligencia, sacrificio y recursos.


Finalmente, el sueño colectivo de convertir a las colonias agrícolas del Valle de Catamarca en un polo de desarrollo, no fue posible. Y los tomates cayeron una y otra vez al suelo.
Fue por el Estado varias veces incapaz, que no supo pilotear el barco del desarrollo hasta el final. Por los hombres y mujeres que no se integraron en pos de un mismo objetivo de cooperación. Por el individualismo. Y por los vaivenes de un país que terminó de desfinanciarlo todo, de aniquilar los sueños, de desvirtuar los objetivos.


Hoy la colonia es otra cosa. Lo que antes no se podía vender, después se vendió. Llegaron los oportunistas inmobiliarios. Los políticos a prometer y a defraudar. Y los invisibles, los de adobe, techo de caña y paredes de plástico; los “golondrinas” de mil cosechas que otrora buscaron reparo en las parcelas grandes, se afincaron en los nuevos barrios linderos al canal.


“Ya no es una colonia, es un pueblo diferente; tiene actividad agrícola, pero está desvirtuado”, define Mónica Olivera al solar que acogió los sueños de su abuelo Victoriano, el hombre decidió traer retoños de su viña desde Tilimuqui para hacer vino y convertirse en propietario. “Sólo un hijo se dedicó al campo”, testimonia con cierta nostalgia este riojano que ama Catamarca y que “volvería a elegir la Colonia una y mil veces. Es mi lugar, mi casa. Me dieron la posibilidad de ser propietario de una finca y de una casa por lo que estoy muy agradecido. En mi querido Chilecito yo solo era un mediero, dieciocho años trabajé y no podía comprar una propiedad”.


O como don Miguel Martín Palacios, el colono que dejó la pobreza de España y que, con la frase “Valió la pena”, sintetiza el esfuerzo de toda una vida de trabajo.
Pasó medio siglo en Nueva Coneta, la Colonia que se esperanza con ser todo aquello que iba a ser. Tan cerca y tan lejos de la ciudad.
 
Textos: Carlos Gallo
Colaboración: Prof. Mónica Olivera
Fotos: Ariel Pacheco y archivo de la Prof. Olivera
Agradecimiento especial: Ileana López González
 


PROGRAMA PARA HOY


- Recibimiento y presentación de autoridades, encabezados por el presidente de la Cámara de Diputados, Fernando Jalil.
- Lectura de decretos de Declaración de interés del 49° Aniversario de la Fundación de Nueva Coneta y entrega de los documentos respectivos.
- Palabras alusivas a la fecha por parte del historiador Armando Raúl Bazán.
- Presentación del libro “Nueva Coneta, un pueblo diferente" y palabras de la autora, profesora Mónica Alejandra Olivera.
- Palabras alusivas de un colono.
- Agasajo con un locro popular.
- Mateada y actuación del folclorista Emilio Morales, Vitín Martoccia, Fredy Romero, “Fuerza Chamamecera”, el Grupo Reencuentro y muchos más.
 
 

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