martes 24 de enero de 2023

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HISTORIA

Llega San Martín a América

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Por Redacción El Ancasti

En la diestra de un joven comandante de Caballería -allá en los andaluces campos de Bailén- apareció por primera vez una fulgente espada que había de cruzar después el anchuroso océano, transitar por el plano, trepar las empinadas montañas e inspirada en las ideas sillares de la Revolución Francesa, liberar medio continente. Si heroico fue allí el comportamiento de joven militar, no lo fue menos en Albuera –tierra de Cides y Tizonas- en donde el brillante general Castaños defendió también a sangre y fuego la libertad de España, conculcada por Napoleónicos afanes imperialistas. 
Así es como surgía a la vida de las armas el joven José de San Marín, hijo de españoles pero nacido en la vigorosa y pródiga tierra que había comenzado a transitar ya el proceloso camino en procura de su liberación. 

Evidentemente, más pudo el solar nativo, que la sanguínea Madre Patria. San Martín sabía que la América sacudía el yugo de la dominación y que sus hijos inspirados en las ideas surgidas de la Revolución Francesa acariciaban la de su nuevo mundo, distinto al que regía con acomodo a la concepción política y filosófica de España. Un mundo nuevo hecho conforme a las normas del Contrato Social, adecuado a las ideas románticas que habían nacido en Alemania y que iban afianzándose en las mentes criollas, para las cuales no eran ya ajenas las teorías de Voltaire, de Jefferson y de Paine. En Norteamérica estaba Washington y en la del Sud Francisco de Miranda, comenzando la forja de una nueva patria. 

En 1812 los porteños ven fondear en su puerto una nave que conducía a tres bizarros militares: Zapiola, Alvear y San Martín. Venían a poner sus espadas y sus pechos al servicio de América que despertaba pujante y ansiosa por incorporarse al nuevo estilo de vida que campeaba el mundo.
San Martín ingresó a los ejércitos patriotas y de un puñado de gauchos expertos en montar, diestros en el manejo del lazo, avezados en el uso de las boleadoras, integró un bisoño regimiento, el de Granaderos a Caballos, con el cual habría de pasear bravura y la nobleza de su estirpe por medio continente. A la intrepidez criolla agregó como valioso aporte la experiencia recogida en los ejércitos europeos y obtuvo así una especie nueva de experiencia de guerreros. Gauchos disciplinados, astutos, integrados a sus cabalgaduras. Era cada uno un nuevo Cid con su brazo prolongado en sable, enardecido el pecho por el anhelo de libertad y la fe puesta en Dios y en un Jefe que había de conducirlos a la victoria. 

La epopeya Sanmartiniana cimentada en el genio del gran Capitán alcanza su clímax con el Cruce de los Andes. Al pie del macizo de eternas nieves se forjaron culebrinas, se almacenaron vituallas, se cosieron uniformes, se entrenó a los hombres en el arte de la guerra, se trazaron estrategias y amantes manos de mujer bordaron el paño que serviría para distinguir al nuevo ejército. 

Una madrugada sonó el clarín y un vital redivivo inició el asalto del Ande absorto. Plurales morriones se empedraron de cielo; el silencio de las montañas se hizo añicos con el clamoreo de los hombres. Pegasos y centauros disputaron las cimas a los cóndores. Ni las profundas gargantas ni los aviesos precipicios de la puna ni las heladas ventiscas ni las afiladas rocas ni el mal de la puna ni los torrentes ni la fatiga ni los riscos eran suficientes para detener a la columna que marchaba inflamada de patriotismo. El Ande se preguntó quién osaba trepar sus milenarias laderas y el cóndor, quieren alterar su eterna cumbre. Era, simplemente, el Capitán de los Andes, quien en mudas discusiones con el destino, envuelto en pensamiento y al abrigo de sus ideales, marchaba inmutable, mimetizado con la montaña en pos de la libertad de la Patria llevando tras de sí la imagen celada de la Victoria.

Su sucedieron triunfos y desastres pero se impuso el genio del conductor. Así como antes se habían unido Lautaro y Caupolicán, líderes de la antigua Arauco, para defender la tierra nativa sometida por el conquistador, ahora se unían San Martín, O’Higgins y miles de americanos formaron faces como la de los procónsules romanos para fortalecer la seguridad con que habían de cercenar de raíz la dominación española y su destino disparó a Caupolicán la muerte a tormento, la historia la decretó a punta de bayoneta y luego, en el campo de batalla, para las huestes de Fernando VII. 

Chile marcha un hito más en la vida de constantes renunciamientos del prócer, pues declina el cargo de Director Supremo del país trasandino a favor de don Bernardo O’Higgins. Su vida no está enderezada a la búsqueda de honores sino a una meta superior cual era la salud de América. 
Se organiza la expedición al Alto Perú y parte en busca de Lima, verdadero bastión del virreinato. Lima era a la sazón “una corte, por el lujo, la disipación y los placeres que embellecía la residencia de los virreyes… era el Edén de las colonias, el sueño de los españoles; pues era fama que sus casas estaban revestidas de plata y sus mujeres las rivales felices de las graciosas andaluzas”. Por estas causas, por la presencia de la inquisición y la prohibición de que circulen libros como El Contrato Social y otros de progresistas, ideas políticas y filosóficas, el fuego de la Revolución no había prendido suficientemente en el corazón de los criollos limeños. San Martín no quiso entrar en la ciudad virreinal sin el consenso de los propios limeños a quienes iba a libertar. 

El prócer escribía en una carta: “…Deseo que la capital proclame su profesión de fe política y yo proporcionaré la ocasión de dar ese paso con entera libertad”. Y agregaba “al país le toca ahora juzgar cuáles son sus verdaderos intereses”. Luego “la opinión pública es un nuevo resorte introducido en los negocios de estos países, los españoles sintiéndose capaces de dirigirla, se ocupaban de contener su impulso pero es llegada la época de que manifieste su fuerza y su importancia…”.
Por fin, tras de una noche en vela, Lima le pidió a San Martín que entrase con sus tropas para protegerla, mas el vencedor del Ande respondió que sólo lo haría si se manifestaba “de una manera auténtica la intención de proclamar la Independencia”. ¿Es que no se lo había visto ir de renunciamiento en renunciamiento, buscando solo la concreción de un ideal, de una meta que ni siquiera él había de gozar? ¿No se lo había visto declinar honores y haciendas o volcando todo ello a favor del bienestar general y de los intereses de la Patria? Pero, señores, si hasta la estrella que Chile debió prender de su pecho, la dejó para siempre en la bandera trasandina. 
Quizá la actitud del general asceta que triunfante desde Buenos Aires, no se compadecía con la imagen del otro libertador que desde Caracas, marchaba hacia Lima también y de allí dudas que albergara el corazón de los criollos. 

San Martín partió desde el Plata y Bolívar desde el Orinoco con el mismo pensamiento “porque ambos fueron engendrados por la evolución natural de los pueblos americanos. Hacia la Libertad y la Independencia”. Al Sud habían dado Chacabuco y Maipú y al Norte Bocayá y Pichincha pero faltaba consolidar la libertad total de América y a esa empresa estaba enderezada la gesta de los capitanes. Para trazar las estrategias era necesario el encuentro de los dos grandes próceres y se eligió Guayaquil como sede de la entrevista. 

Los primeros chispazos de desinteligencia surgieron cuando San Martín encontró izada en los topes de los mástiles guayaquileños la bandera de Colombia, por designios de Bolívar. 
San Martín pidió efectivos para concluir la lucha en el Perú, mas Bolívar fue ambiguo en sus decisiones. En un momento nuestro libertador dijo: “y bien general, yo combatiré bajo sus órdenes. No hay rivales para mí cuando se trata de la Independencia Americana. Esté Usted seguro, general, venga al Perú; cuente con mi sincera cooperación. Seré su segundo”. 

Comprometida la suerte de la revolución americana por las posiciones encontradas, Don José de San Martín halló como camino lógico dejar el campo libre para el general venezolano y se alejó definitivamente del teatro de operaciones de la guerra llevando como prenda de gratitud del pueblo peruano el estandarte que Pizarro había hecho hondear al frente de las huestes conquistadoras del Imperio Incaico y dejando para Bolívar la posibilidad de sellar la suerte de la Revolución Americana. 
De la acción encontrada de las grandes fuerzas de la naturaleza derivan insospechados sucesos que llevan consigo o la destrucción o la vida. Inundaciones, terremotos, cataclismos dieron este planeta que habitamos. Hubo destrucción y nació la vida. Guayaquil destruyó en cierta medida a San Martín pero floreció la emancipación americana; Guayaquil ensombreció la estrella sanmartiniana y tornó más rutilante la figura de Bolívar permitiendo su consagración definitiva como libertador americano. La historia emitió su juicio. Digamos, sin embargo, que la entrevista en Guayaquil permite sublimar la vida de renunciamientos del Gran Capitán de los Andes. 

Para griegos y romanos, dice Alberdi, “el destierro de la Patria no parecía suplicio más tolerable que la muerte”. Para ellos, la Patricia no solo era la tierra, solo los dioses, ni solo los fuegos, ni solo la familia. Era la síntesis de todo. Por eso, le temían al destierro; por abandonar todo, incluso los dioses. Nuestro San Martín se decidió por el destierro, por el abandono de todo en eras del supremo destino de su América que era su Patria. 

Nosotros los argentinos nos reunimos años a año en torno a la figura venerada para rendirle nuestro homenaje y por sus virtudes, entre ellas la de su permanente renunciamiento. ¿Cuándo, digo yo, dejaremos al pie de su monumento en lugar de flores perecederas acciones permanentes? ¿Cuándo, en lugar de palabras y más palabras dejaremos a sus plantas nuestros propios renunciamientos? ¿Cuándo, siguiendo su ejemplo, daremos a la Patria lo que ella necesita en lugar de pedirles lo que nosotros apetecemos? ¿Cuándo la virtud y el auténtico amor a la Patria serán las ofrendas que dejaremos ante su bronce? ¡Señor de los Andes! Cuando la concordia, como prenda de unión nacional a cambio de las discrepancias fundadas en apetitos de predominios. Cuando el afán de construir, a cambio de la destrucción malvada. Cuando, Señor, un himno de paz en lugar de denuestos. Cuando, Señor, te ofrendamos amor, sacrificio y trabajo en lugar de odio, especulación y malicia. Cuando, Capitán de América, seamos auténticos hijos tuyos.

A pesar del tiempo transcurrido, podemos recuperar el que trabajamos perdido. Estamos a tiempo de lograr que todos los años, el 17 de agosto se llenen las plazas de la República de frutos óptimos. La historia nos brinda la gran oportunidad. Hace 170 años un lacerante dolor destruyó los corazones, calló el canto de los ríos y el rumor de los bosques, las campanas desgranaron su llanto y una sombra oscura atardeció el sol.

Al tiempo, Júpiter abría las puertas del Olimpo y Epamónidas, Alejandro, Aníbal, Napoleón, Wellington, con las espadas en alto, aclamaban al Gran Capitán de los Andes que ingresaba a la inmortalidad. Ahora, desde allí, el viejo cóndor tutela a la República y vigila la conducta de los argentinos. 

Texto: Colaboración de Nilda Correa de Garriga
 

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