Para una gran mayoría, la referencia obligada al leer o escuchar la palabra “payamédico” es el recuerdo inmortal del actor Robin Williams en la comedia dramática “Patch Adams”, llevada al cine norteamericano en 1998. Más acá de la ficción, en la mismísima realidad cotidiana, el doctor Hunter Doherty “Patch” Adams es un médico (aún vive) que tuvo la nobleza de ser el promotor de un movimiento socio-cultural de alcance mundial. Basado en la riso-terapia, este movimiento asienta su punto de equilibrio en el altruismo que ciertas personas demuestran por otras que por algún motivo en situación de vulnerabilidad. Un movimiento de voluntades que, por cierto, tiene base en Argentina y también en Catamarca, donde se practica desde hace seis años por obra y gracias de un puñado de personas solidarias.
El voluntariado que tiene como recompensa una sonrisa
“El primer payaso de hospital en el mundo es Patch Adams, de la famosa película. Después, acá en Argentina se perfeccionó con el doctor José Pellucchi (se pronuncia Peluqui), que es médico psiquiatra y director de teatro. Él le pidió autorización al Dr. Adams, quien viajó desde Estados Unidos a conocerlo y a ver si era capaz; porque no cualquiera puede hacerlo. Le dijo “sí, lo puedes hacer” y Pellucchi lo mejoró. Tenga en cuenta que Patch Adams usa algo así como un pijama u overol de colores, una gallina (de sombrero) y una nariz roja y larga que, por ahí a los chicos los conmueve, los asusta por ser del color de la sangre. Al ser director de teatro, se armó un equipo para empezar a ver los colores que a niños y grandes llaman la atención. Por ejemplo, el violeta, de lejos y a baja visión da (algo parecido al) negro, entonces no está permitido” recapitula Graciela “Gachi” Fuentes, una de las tres formadoras de payamédicos que hay en la provincia.
“Después se formó la parte legal, que es importante para algunas cuestiones. Por ejemplo, en un momento decíamos “buenetín” en vez del maletín de los médicos, pero lo cambiamos a “payavalija”. Allí es donde va nuestro burbujero para jugar. Cuando empezamos en un hospital, generalmente llevábamos un montón de juguetes, pero después vimos que los chicos no esperan eso. Esperan una presencia, una compañía. Ahí entendimos por qué Pellucchi hacía hincapié en los colores. Ahora tenemos muy pocos colores utilizables: verde manzana y naranja entre ellos, que son colores que activan a la gente”, agrega en el marco de una explicación de ciertas reglas que siguen para alcanzar mayor eficacia en su objetivo final.
No solo médicos
Causa cierta sorpresa saber que, para ser payamédico no es preciso ser profesional de la Medicina. “A esto hay que hacerlo de corazón, hay que dar tiempo y poner el temple de cada uno. Se trata de un voluntariado en el que ponemos mucho. No es un juego estar en un lugar donde hay mucho dolor. No es necesario ser médico, aunque lógicamente es mejor si lo es. No llevamos ninguna medicina más que nuestra compañía”, aclaran las formadoras dando cuenta al mismo tiempo de la relevancia social que tienen sus intervenciones.
Lo que sí hace falta para ser payamédico es ser mayor de 18 años y hacer un curso de seis meses sobre lo que denominan Payateatralidad. “Esto es porque venimos muy acartonados de la vida misma, entonces ya somos ‘el doctor’ o ‘la licenciada’. Para entrar a un lugar, el hospital, donde hay mucho dolor, niños, tenemos que activar nuestro niño interior. No es que nos dan un argumento o guión. No todas las situaciones son iguales, hay hospitalizados por problemas leves y otros por enfermedades terminales”, avisan.
Los Payamédicos catamarqueños van, de a pares, a cumplir una difícil misión. Es posible verlos en acción los viernes entre las tres y las seis de la tarde, en algún centro de salud donde hay niños, abuelitos o alguna persona internada con la necesidad imperiosa de sonreír por alguna adversidad que le toca vivir. “No somos payasos”, aclaran. Cumplen ciertas reglas, que les permiten brindar amor y humor en un ambiente generalmente tenso en el que no siempre reina la esperanza de un futuro mejor. Frente a un produciente (como llaman a las personas a las que van a buscar), suele producirse el milagro. En el momento del clímax, en una habitación de hospital y cuando más divertidos están todos, el objetivo estará cumplido.
Entonces el payamédico se retirará tropezando, dejándose llevar por una cuerda que no existe o silente, pero siempre respetuoso. Y guardará en sus grandes bolsillones -y en su corazón- una sonrisa sacada con tirabuzón, un apretón de manos o al menos el intento de haber logrado un instante en el que, juntos, fue posible mirar el mundo sin pensar en la dolencia que tanto aflige.
Mientras tanto, aguardan que prospere el proyecto legislativo presentado en 2016 por la diputada Juana Fernández para incorporar al Sistema Provincial de Salud la labor del payaso de hospital.
Con esa apertura, “algunos actores podrían conseguir empleo como personal de salud y nuestro trabajo ganaría un espacio muy importante”, se esperanzan los miembros de esta noble asociación que busca sumar nuevas voluntades y mostrar al mundo ese capital que viene acumulado en los seis años de su existencia: una montaña de sonrisas y millones momentos dignos de ser vividos.
Textos: Carlos Gallo
Fotos: Payamédicos Catamarca
EXPERIENCIAS
"Gachi" no olvida una experiencia muy particular que le tocó vivir: “Una vez, una pacientita con cáncer me pidió que me acerque y me dijo en secreto ‘Yo voy a ser tu ángel de la guarda’. En ese momento yo no puedo llorar, pues estaba como payamédica, entonces -sin palabras- le hice el gesto de ‘choquen los cinco’ (dedos) y con eso… hicimos trato. Sé que ella se fue y que está cumpliendo con su parte del acuerdo.
El joven Mauricio, por su parte, también relata el orgullo de cuando, luego de que la niña enferma con la que interactuaba –y burbujero mediante- fue felicitada por la enfermera que acababa de canalizarla para hacerle una diálisis. “Entre las burbujas, vi que ella me sonreía. Pero también vi que lo único que quería era llorar. Fue valiente y no derramó ni una lágrima. Ahí me di cuenta de la importancia de nuestra participación”, reconoce.
POCOS PERO BUENOS
"Gachi" Fuentes, la psicóloga María Isabel Ibáñez y la médica de pueblos originarios Sara Torrent son las tres formadoras que hay en Catamarca, aunque Sara está retirada de la actividad por problemas de salud. Fueron formadas en Rosario y, a su vez, son las encargadas de formar a los nuevos payamédicos en Catamarca. El último curso (el del año pasado) se dictó en el espacio físico cedido por la Dirección de Discapacidad, en el Hospital San Juan Bautista. Allí se formaron algunos de los actuales miembros de la asociación que concurren a los diferentes dispositivos: Juan Pablo Gallo, Mauricio Olmos, Lourdes Silva, payamédica desde hace dos años, que se siente más cómoda trabajando con niños, habitualmente va a la Casa Cuna. Otro de los miembros del grupo es Ariel Cor, quien tiene pendiente terminar con el curso de Payateatralidad, algo que espera concretar este año. Para Ariel –que de nacimiento no tiene capacidad para hablar u oír- comunicarse con los demás tiene lógicas dificultades, pero éstas no son un obstáculo para seguir adelante. Maneja lenguaje de señas -igual que Gachi- y su incorporación será fundamental para la atención de pacientes que requieren de lenguaje de señas para comunicarse con otras personas.
Los dispositivos habituales hasta ahora fueron el Hospital de Niños, la Casa Cuna (aunque evalúan cambiarlo posiblemente por un hogar de mujeres golpeadas) y el Hogar de Ancianos (evalúan cambiarlo por Centro de Recuperación de Adicciones de El Rodeo). De todos modos, para intervenir en cualquiera de ellos, necesitan el visto bueno de las autoridades.
Actualmente se están reuniendo en La Alameda, buscando mayor visibilidad en la sociedad.