viernes 3 de abril de 2026
RELATOS DEL ÁNGEL

Duelo criollo

Por Redacción El Ancasti

No ocurrió como en aquella fría mañana de enero de 1837 en una desolada calle de San Petesburgo, cuando el pecho de Alejandro Pushkin era atravesado por una bala de su contrincante, en un memorable duelo que protagonizaron el poeta del pueblo de la antigua Rusia, con el barón Georges D´Danthes, asiduo concurrente a los salones de la alta sociedad. Se desconoce a ciencia cierta cuáles fueron los motivos que indujeron al romántico poeta a desafiar y zanjar en el campo del honor tan vil discordia. Algunos historiadores develan la intriga en una cuestión de celos provocada por el barón D´Danthes quien, con imprudente galantería, se dirigió en una tertulia nocturna a la amante de Pushkin. Otros encuentran explicación al trágico combate, en solapadas intrigas políticas astutamente urdidas por los círculos cortesanos, soslayadas en la alta sociedad, a la que incomodaba el pensamiento progresista del poeta.
El “Duelo Criollo” que traigo a colación ocurrió en un desolado paraje del interior de mi provincial, entre dos hacendados de influencias políticas y sociales en el monótono devenir de los días de Quimilpa, pequeño pueblito casi desaparecido en la actualidad, aunque en los mapas todavía puede identificarse dentro del Departamento Santa Rosa, Provincia de Catamarca.
Juan Manuel ostentaba el título de senador provincial y manejaba con destreza todas las artimañas que las prácticas políticas ponen al alcance de quienes exhiben con beneplácito estos resortes del poder, haciendo de esta noble actividad, un desparpajo en beneficio propio. Desiderio, propietario de grandes extensiones de tierra, dedicaba sus días a la explotación agrícola-ganadera, desdeñando de toda estrategia electoralista, aunque muy influyente entre los moradores de tan pacíficos poblados.
En el primer caso -el de Pushkin-, entre la rancia nobleza existía la complacencia de haber callado para siempre a un poeta “non grato”; en el segundo, el pueblo se sumergió en el silencio, y lloró sin encontrar explicaciones al trágico desenlace de la contienda.
El duelo consistió siempre en un ruin e indigno sistema pero a la vez eficaz y válido para neutralizar a un enemigo personal o político. Si -como en el caso de Alejandro Pushkin- se encontraba en juego el honor de la persona, la respuesta era inmediata: se arrojaba el guante y solo había que concertar fecha y hora, elegir el terreno y las armas, y nombrar a los padrinos.
Entre Juan Manuel y Desiderio no hubo reto a duelo, nadie arrojó el guante a nadie, no designaron padrinos ni tuvieron tiempo de elegir armas, se encontraron en un desolado paraje, desmontaron, tuvieron un breve intercambio de palabras ante la aterrada mirada de un jovencito que acompañaba a uno de ellos. Se trataba de Carlos Ferreira, peón de don Juan Manuel, quien por largo tiempo calló lo que vio en aquella templada tarde de agosto de 1920, guardando sepulcral silencio no tan solo ante el vecindario ávido de conocer los entretelones de la gresca, sino que su voz se ahogó en el llanto y ocultó su testimonio ante el mismo juez que hizo justicia en los estrados judiciales de Catamarca.
Los celos, las diferencia políticas, o indiscreciones eran razones suficientes. Pero también un desplante, una simple descortesía o una mirada que se sospechara ambigua. Ese tipo de cosas empujaron a personajes como Alejandro Dumas, el Conde de Wellington,  William Pitt o Espronceda a batirse a duelo para lavar cuentas personales. A casi un siglo de aquel trance, solo quedan como mudos testigos de la gresca de Quimilpa, amarillentos papeles custodiados celosamente en algún archivo, aunque en reminiscencias de viejos, en fogones, mateadas o trasnochadas se develan como un cuento los distintos pareceres, según las simpatías o antipatías que los narradores guarden sobre los contendientes del altercado. Lo que no encierra duda alguna es que, en el trance de Quimilpa, aunque no existieron los aspectos formales de un “reto a duelo” para lavar cuentas en el campo del honor, en el lance se batieron dos caballeros de dignidad, decoro y honradez. No fueron dos maleantes de los bajos fondos que en todos lados existen.
Un duelo de estas características, más en tiempo y lugar cercanos, es decir, llevado a cabo entre dos caballeros de reconocido prestigio, fue el que protagonizaron don Hipólito Yrigoyen y don Lisandro de la Torre, ocurrido en ocasión en que el primero de los nombrados se sintió ofendido por las agrias críticas que recibía con frecuencia de su principal adversario, que le disputaba nada menos que la conducción nacional del partido político que don Hipólito creara junto a Leandro Alem. El lance se dirimió a sablazos con sendas heridas de los ofendidos.
El suceso de Quimilpa llegó a mis oídos por lo que algunos llaman “la tradición oral”; acontecimientos de la historia difundidos de boca en boca, cuando una anciana querida y recordada esbozó en un balbuceo palabras que pronto llamó al silencio. Después supe que en el lugar se encontraban descendientes de los partícipes de la reyerta y, aunque ya habían transcurrido muchos años, a los contendientes se los respetaba por igual por sus influencias políticas, sociales y económicas.
Los ardides leguleyos que se dirimieron en los tribunales catamarqueños hicieron de la causa judicial, vista desde la perspectiva del tiempo, más que diligencias para administrar justicia, intrigantes relatos de testigos con intereses particulares que nada aportaron al esclarecimiento de la causa.
Intentar recrear lo sucedido por lo que contiene el expediente es caer en las redes más sagaces de la intriga y el suspenso, dignas de la pluma fantástica del género, como lo fue Truman Capote.
Existieron los guantes de un formal reto a duelo. También dice, en algún lugar de los escritos, que las armas secuestradas eran idénticas. Pero ¿cuáles fueron las causas que motivaron tan trágico desenlace? Cuestiones de mala vecindad, parecen ser las razones más valederas. Que una mula saltó el cerco y otras minucias que no vienen al caso. Otros atribuyen tales discordias en palaciegas intrigas políticas, aunque la enemistad era manifiesta y ya habían traspuesto los límites familiares, por cuanto ambos eran cuñados.
Desiderio no se dio a la fuga como se dijo. Se entregó a las autoridades, pero en la Capital de la Provincia adonde se dirigió de inmediato temiendo represalias de la policía de la campaña, efectivos que actuaban bajo las órdenes del Senador extinto.
En magistral alegato, los letrados defensores de Desiderio, abogaron por la absolución y liberación de su defendido. En irrebatibles conceptos, bajo la conocida formula de haber actuado en “defensa propia” y una decena de encumbrados testigos que declararon en su favor, dos ex gobernadores y dos ciudadanos se esmeraron en describir ante el Juez la bonhomía y apacible personalidad de Desiderio.
No es de extrañar, que un cuerpo del voluminoso expediente, el que contenía la sentencia del Juez de la causa, desapareció de los archivos celosamente custodiados dejando para el juicio de la Historia el veredicto final de la contienda.

 AMO MAYOR
 

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