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La máquina del tiempo

EDITORIAL
5 de septiembre de 2012 - 00:00
Tal vez las declaraciones de un funcionario educativo de la provincia en relación con la presunta posibilidad de que el tiempo perdido en el primer semestre pueda recuperarse antes de que pase el año tenga no buscadas consecuencias turísticas de dimensiones asombrosas.



Como se recordará, el año lectivo 2012 fue de nacimiento azaroso. Hubo motivos para creer que el despegue no fue el 28 de febrero, como reclamaba el calendario, sino recién en julio, después de las vacaciones, todo esto dicho con talante amable, porque, en verdad, ciertos vacíos se mantuvieron prácticamente hasta estos días. La huelga promovida por un sector autoconvocado que contó con el apoyo de una importante cantidad de docentes, en la Capital y en el interior de la provincia y la incompleta cobertura de cargos y horas cátedra en los niveles primario y secundario, provocaron que la actividad en las escuelas fuese de extrema anormalidad, pues en algunas asignaturas no hubo clases por falta de docente, irregularidad que recién ahora, después de las asambleas de cargos y horas, -el proceso no ha concluido del todo- ha sido superada. Todo esto indica que el servicio educativo en los meses habitualmente más productivos tuvo pérdidas de tiempo tal vez nunca más numerosas en el pasado.



En este punto debe aludirse a los que acaba de afirmar el subsecretario de Gestión Educativa, Edgar Reartes, quien le restó dramatismo al daño sufrido por los alumnos durante el caos que se ha descripto aquí mínimamente, sosteniendo que la recuperación de lo perdido es posible, pues todo pasa por la gestión de la conducción de cada escuela y por la iniciativa y buena predisposición para recuperar ese tiempo perdido de los docentes.



Recuperar el tiempo perdido es nada menos que regresar al pasado para volver a andar lo que debió haberse andado ya y todo ello con prisa que haga posible retornar al presente. Habría que suponer que habrá máquinas del tiempo, más reducidas que la de la narrativa inglesa de anticipación, algo así como las netbook que se han enviado a las escuelas. Esta tecnología de apoyo educativo tendría alcance mayor que cualquier método pedagógico de recuperación: permitiría viajes no sólo hasta el 28 de febrero, sino hasta el germen de la historia y un cepillado educativo que añada lo que faltó, que cubra los huecos y reestructure lo que anda disperso en cada uno de los protagonistas de la aventura.



Por desgracia, esta desmesura tecnológica es por ahora sólo fantasía. Habrá que decirlo a los potenciales turistas que podrían creer que el Ministerio catamarqueño tiene esos prodigios que podrían servir no sólo para lo educativo: no pocos querrían volver a las etapas más queridas de su pasado y quedarse en ellas como en el mundo que realmente quieren.



Ninguna recuperación del tiempo perdido es posible. No lo restituye tampoco ninguna pedagogía. El tiempo ido, ya fue. De nada vale ilusionarse con las recuperaciones escolares. Pero los hombres sí pueden ser mejores mañana que hoy y hoy que ayer.



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