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Preocupación y desazón en el rostro de funcionarios y policías

La periodista de este medio vivió de cerca la reacción y acción de los jefes y funcionarios en la comisaría.
16 de marzo de 2012 - 00:00
Entre las 22.40 y las 2.40 de la madrugada el barrio Parque América estuvo sumido en un tenso clima, entre bombas molotov, disparos de balas de goma, algunos de armas de fuego, manifestantes, policías, edificios dañados, funcionarios y también periodistas que cubrieron paso a paso lo que acontecía en el lugar.



El Ancasti estuvo presente a través de Gabriela Castro y el reportero gráfico Ariel Pacheco, quienes llegaron al lugar en medio del caos y estuvieron hasta el final de los acontecimientos. La periodista, resguardada en la comisaría por la amabilidad de los jefes policiales y funcionarios, fue sin proponérselo testigo presencial de lo que se debatía en el interior en relación con lo que estaba sucediendo: qué hacer, cómo continuar y qué decisiones tomar.



En momentos en que los periodistas arribaron al lugar se encontraron con uno de los procedimientos utilizados por la policía para replegar a los cerca de 150 manifestantes, la mayoría jóvenes y adolescentes que copaban la avenida México.



En ese fuego cruzado quedó el fotógrafo y los manifestantes lo tiraron al piso, con patadas y golpes intentaron sacarle sus equipos. No lo lograron, ya que fue ayudado por uno de los vecinos que lo hizo ingresar en su vivienda.



En tanto, la periodista debió refugiarse en un costado de la escuela del barrio. Fue allí cuando uno de los manifestantes intentó sacarla del lugar y arrebatarle el bolso que llevaba consigo. Por suerte logró zafar de ese momento y se resguardó en otra vivienda. Con el correr de las horas logró llegar a la comisaría Séptima. Allí recibió el resguardo del personal policial, jefes y funcionarios que se encontraban apostados en el edificio. Al momento de llegar las motos que arrojaron bombas molotov fue resguardada en una oficina junto al ministro Francisco Gordillo, Juan Pablo Morales, los jueces de menores e integrantes de Derechos Humanos.



Desazón e impotencia fue lo que expresaban los rostros de esas personas. Debatían como actuar sin generar más violencia, pero la violencia ya estaba instalada, destacó la periodista.



apostillas

IMPOTENCIA. Me dieron ganas de llorar por no poder hacer nada, expresó uno de los policías que se encontraban rodeando la comisaría. La orden de no reprimir fue constante.

EN CONTACTO. La gobernadora Lucía Corpacci mantenía permanente comunicación con el ministro Francisco Gordillo. Le reiteraba constantemente no reprimir, a lo que el ministro varias veces respondió: Quédese tranquila, no se reprimirá, estamos siendo extremadamente cautelosos.

SANGRE. En el baño de la comisaría había mucha sangre. Allí, varios de los policías acudieron a recuperarse tras los primeros ataques, hasta que fueron finalmente asistidos por médicos.

DERECHOS HUMANOS. Ante la llegada de los integrantes de la Dirección Provincial de Derechos Humanos, los uniformados manifestaron por lo bajo: Que vengan ahora a defendernos; que hablen y digan lo que estamos pasando acá los policías.

INFORMACIÓN. El ministro Gordillo seguía en todo momento lo que ocurría a través de las radios. Solicitó que se encendiera una que había en la comisaría.



TEMOR. Tenemos miedo, escuchamos detonaciones, no sabemos adónde estamos, qué pasó con este barrio, señaló a la periodista uno de los vecinos que tiene su vivienda en uno de los laterales a la comisaría.

ESPECULACIONES. Escuchando las detonaciones en una oficina de la comisaría, el Jefe de Policía, el Ministro, el Subsecretario de Seguridad e integrantes de Derechos Humanos debatían sobre lo que sucedía. Algo más hay detrás de esto; no tiene razón de ser, fue una de las frases de Gordillo.

ORDEN. Antes de que llegaran las motocicletas desde donde se arrojaron las molotov, un efectivo de inteligencia criminal llegó e informó a su superior: Un grupo de al menos 60 personas estaría conformándose en el barrio San Antonio Sur, ¿que hacemos?. Evitemos el ingreso al casco céntrico, dispersemos pero sin reprimir, fue la orden.
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