4 de febrero de 2010 - 00:00
El despertar del "sueño verde" y las razones de otro fracaso
Asfixiada por el sistema sindical, la actividad olivícola va camino a repetir el fracaso de las colonias.
En la misma región, el fracaso de las colonias está a punto de reencarnarse en lo que fueran promisorios proyectos olivícolas. También en este caso el Estado invirtió miles de millones de pesos para fomentar su instalación.
Tarde se alarma el sindicalismo por la caída de la producción y el empleo olivícolas, porque su inquietud obedece, en realidad, sólo a la paulatina y ya casi definitiva extinción de la fuente a la que le succionó recursos sin pausa ni escrúpulos.
En un análisis sesgado, atribuye el fenómeno a factores sin dudas relevantes, como la disminución de los precios internacionales de los productos del olivo o el clima, pero no tan determinantes para la frustración como sus propias responsabilidades en el proceso que llevó a este desenlace, más triste en tanto mayores fueron las esperanzas puestas en la olivicultura. Coyuntura y estructura
El nivel de los precios y las dificultades climáticas son situaciones coyunturales, que en algún momento se modificarán. El derrotero al fracaso no lo trazaron ellas, sino las condiciones estructurales de un sistema perverso que mantiene su incidencia en forma permanente, al margen de las fluctuaciones del mercado, en el que se destacan las exacciones que el sindicalismo impone por encima de la racionalidad económica y las perspectivas de desarrollo.
El éxodo de trabajadores que priva al sindicalismo de recaudaciones y de su materia prima explotable, que son los sueldos, es consecuencia lógica del éxodo de productores en el sector olivícola. Y este éxodo, a su vez, deviene de costos de producción insostenibles que surgen principalmente de la insaciable voracidad sindical.
Es cierta, innegable, la indiferencia generalizada de los actores políticos, económicos y sociales de la provincia ante la crisis, que se refleja en una burocracia estatal más interesada en su propia expansión que en proporcionarle a Catamarca herramientas para desarrollarse. Desidia e ineptitud se combinan en la ecuación que arroja a la administración pública como prácticamente exclusivo destino laboral deseable para el catamarqueño medio.
Cierto es también que, cansados de semejante abulia, hartos de ser ignorados, en algunos casos carentes de vocación para dar una batalla con excesivos obstáculos, los productores se retiran.
Sin embargo, ni la indiferencia estatal y social ni la defección de algunos productores hubieran podido detener la consolidación de la olivicultura en el Valle Central de no ser por el agobiante sistema sindical, que demanda incesantemente recursos para sostener una estructura parasitaria insaciable y en perpetuo crecimiento.Sistema asfixiante
El sindicalismo ha cimentado una mecánica casi extorsiva, cuya finalidad es recaudar a cualquier precio.
Lo ha logrado cabalgando sobre la apatía del Estado y la incapacidad del sector privado para organizarse en defensa de sus intereses.
Esta impotencia del sector privado contrasta con los engranajes aceitados al milímetro de una maquinaria sindical preparada para protegerse de cualquier amenaza a sus privilegios.
En el sistema conviven la estructura sindical específica y lo que podría denominarse la estructura para-sindical, conformada por fuerzas de choque para presionar a través de la violencia si es necesario, una maraña de organizaciones fiscalizadoras atentas a cualquier oportunidad que sirva para el objetivo central de cosechar dinero para la caja y, lo más importante, una corporación de estudios jurídicos beneficiados con el flujo regular de litigios.
El sistema fue expuesto por un conocido jefe sindical a principios de la década del 90, cuando reveló como práctica habitual que los sindicatos percibían una cuota por las controversias que les llevaban a los estudios jurídicos. El circuito no sólo sigue vigente, sino que se ha perfeccionado.
El poderío sindical, construido a lo largo de 60 años, ha tejido una red legal divorciada de la realidad económica, en la cual las posibilidades de un esquema productivo que genere desarrollo y empleo genuinos quedan subordinadas a los apetitos gremiales.
Se establecen en función de ella onerosas contribuciones adicionales a la carga impositiva y requisitos imposibles de cumplir para los productores. Consecuentemente, ninguna fórmula económica permite obtener rentabilidad y los productores optan por destinos más propicios.Legislación absurda
Las absurdas legislaciones atentan contra la creación de empleo. Pero a la burocracia sindical no le interesa que sus exigencias determinen el cierre de las fuentes laborales, ya que solamente piensa en nutrir su caja.
Lo expuesto encuentra su justa expresión en la actividad olivícola de Catamarca, donde el costo laboral establecido equivale al 75% del valor de venta final del producto. No hay que confundirse: el costo laboral no es el salario de los trabajadores; gran parte de él lo constituyen las gabelas que se llevan los sindicalistas y el Estado.
Producir en estas condiciones es irracional. No hay rentabilidad posible.
He ahí la razón principal del fracaso al que se encamina la olivicultura en el Valle Central de Catamarca.
La producción no deserta por los malos modales, la ineptitud o la estupidez de un Estado miope, sino por la asfixia que le impone un sindicalismo sin compromiso con la producción.
Y la prueba está en que, hasta que el sueño verde del olivo empezó a germinar, no existió estructura sindical alguna de importancia en Catamarca para defender los derechos de los trabajadores rurales.
Como moscas a la miel, recién llegaron los patriotas cuando olfatearon la posibilidad de hacer caja.
Ya la hicieron. No les importan las fuentes laborales, ni el desarrollo, sino sus propios presupuestos.
Migrarán hacia mejores rumbos, sin remordimientos, cuando la olivicultura termine de derrumbarse, para hacer valer su patente de corso en latitudes donde encuentren otras yugulares disponibles.
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