En un lapso relativamente breve, el escenario político internacional experimentó movimientos que, considerados individualmente, quizás no alcancen para definir un cambio de época. Sin embargo, observados en conjunto, muestran un debilitamiento de buena parte del espacio ideológico con el que el Gobierno argentino eligió identificarse y al que decidió subordinar su política exterior. Una apuesta que hoy coloca al país en una posición bastante comprometida.
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Subordinado y sin brújula
La sucesión de acontecimientos resulta significativa. En Brasil, Lula da Silva consiguió la reelección en segunda vuelta, imponiéndose sobre Flávio Bolsonaro. En Estados Unidos, las legislativas del martes representaron un fuerte golpe para Donald Trump, al punto que los demócratas recuperaron tanto la Cámara de Representantes como el Senado. En Israel, Benjamin Netanyahu cosechó un respaldo menor al previsto y quedó lejos de alcanzar los 61 escaños que necesita para conformar una mayoría parlamentaria, con serias posibilidades de ser desplazado por la oposición. En Hungría, Viktor Orbán perdió el gobierno en abril, después de dieciséis años en el poder, ante una contundente mayoría opositora. A este panorama se agregó, en las últimas horas, la destitución y detención del paraguayo Santiago Peña, otro de los aliados regionales del oficialismo argentino, cercado por la crisis del Ueno Bank.
Son todos dirigentes que forman parte, en mayor o menor medida, del universo de referentes internacionales con los que el Presidente buscó establecer afinidades y construir su proyección exterior. Una identificación particularmente estrecha con Donald Trump y Benjamin Netanyahu.
Los cambios que se producen en el tablero mundial tienen, inevitablemente, consecuencias para la Argentina. El problema no reside en que un gobierno extranjero pierda una elección o atraviese una crisis, sino en haber construido una política exterior tan dependiente de las afinidades personales e ideológicas que cada modificación del escenario internacional se convierte en un problema propio. Una diplomacia consistente debería estar preparada para atravesar las alternancias políticas de otros países, sostener relaciones más allá de sus gobernantes y defender intereses estratégicos que no cambien al ritmo de las elecciones. La política exterior elegida por Milei, subordinada y sin brújula, carece de esa solidez y revela, por el contrario, una preocupante fragilidad.
La Argentina terminó comprometiendo su posicionamiento internacional con una corriente política antes que con una estrategia de Estado. Las alianzas que el Presidente comenzó a tejer incluso antes de llegar a la Casa Rosada hoy muestran sus limitaciones. El país se encuentra atado a un espacio que pierde influencia, en el que además ocupa un papel secundario, y con escasas alternativas para compensar ese retroceso. Es el costo de haber concentrado todas las apuestas en un mismo sector sin preservar canales de diálogo ni construir relaciones capaces de ofrecer otras oportunidades.
Aislamiento
Este alineamiento basado en fundamentalismos ideológicos se manifestó de un modo evidente en las posiciones adoptadas por nuestro país en organismos internacionales, por ejemplo las Naciones Unidas. Incluso en muchos casos votó en soledad, aislándose del resto del mundo. En noviembre de 2024, la Argentina fue el único país que votó en contra de una resolución para combatir la violencia hacia mujeres y niñas, aprobada con 170 votos a favor y 13 abstenciones; hasta Estados Unidos e Israel la acompañaron. El mismo mes, quedó otra vez en soledad al rechazar una resolución sobre los derechos de los pueblos indígenas, que obtuvo 168 apoyos, con Washington entre ellos.
En lo que respecta a la realidad de Medio Oriente, el viraje fue igual de marcado. En 2024 votó en contra de reconocer a Palestina como miembro pleno de la ONU (143 a favor, nueve en contra) y de exigir a Israel el fin de su presencia en los territorios ocupados, junto con Estados Unidos e Israel. En 2025 rechazó la resolución que reclamaba un alto el fuego permanente en Gaza, con acceso humanitario sin restricciones y liberación de rehenes (149 votos a favor, 12 en contra), y también la Declaración de Nueva York sobre la solución de dos Estados. Quedó, así, apartada de una posición histórica que respaldaba la coexistencia de ambos pueblos.
El caso de Cuba resume la ruptura. Durante más de tres décadas, la Argentina había votado a favor de levantar el embargo estadounidense, y lo hizo todavía en 2024. En octubre de 2025 votó en contra, por primera vez en su historia, en una resolución que cosechó 165 apoyos frente a solo siete rechazos. Y en febrero de 2025 se abstuvo ante la exigencia de que Rusia retirara sus tropas de Ucrania, en coincidencia con el giro de Trump y a contramano de los respaldos que el propio Milei había expresado a Zelenski.
Los discursos del Presidente en el Foro Económico Mundial ilustran del mismo modo un cambio en la línea histórica de la Argentina. En enero de 2024, Milei utilizó la tribuna para sostener que Occidente estaba en peligro por haber abandonado el capitalismo, y de paso descalificó al feminismo, el ambientalismo y la justicia social como expresiones de un colectivismo empobrecedor. En enero de 2025, ante un auditorio empresarial, identificó a la ideología de género con el abuso infantil y utilizó el caso de una pareja homosexual condenada en Estados Unidos para sugerir un vínculo entre homosexualidad y pedofilia, una asociación que carece de sustento científico. Calificó al wokismo de “cáncer que hay que extirpar” y vinculó la inmigración europea con asesinatos por motivos religiosos. La reacción fue inmediata: organizaciones de derechos humanos, colectivos LGBT+, sindicatos y partidos convocaron a la Marcha Federal del Orgullo Antifascista y Antirracista. El Presidente había convertido un foro económico en un escenario de confrontación cultural, y lo había hecho en nombre de todos los argentinos.
Hostilidad
El deterioro de la imagen presidencial también tiene que ver con una forma de ejercer la Presidencia en la que la confrontación y el agravio parecen haberse convertido en recursos habituales. La hostilidad de Milei, que durante buena parte de su gestión estuvo dirigida contra opositores, periodistas y referentes económicos críticos, se extendió también a mandatarios de otros países. Pedro Sánchez, Lula da Silva y Gustavo Petro son algunos de los destinatarios de sus ataques. Convertir en adversarios personales a los jefes de Estado de naciones con las que la Argentina mantiene vínculos históricos constituye una irresponsabilidad diplomática que daña la confianza y compromete la credibilidad del país.
El Presidente debería asumir que sus intervenciones internacionales no expresan una opinión individual ni representan exclusivamente a quienes comparten sus ideas. Habla en nombre de la República Argentina y sus palabras comprometen a toda la Nación, también a quienes no lo acompañaron electoralmente y mantienen posiciones políticas diferentes. La diplomacia exige prudencia, continuidad y una comprensión cabal de los intereses nacionales. No puede reducirse a un escenario para las provocaciones personales, las vendettas políticas o la exhibición de lealtades ideológicas. La Argentina necesita una política exterior que amplíe sus posibilidades, no una que las restrinja. Y, sobre todo, no merece quedar expuesta al descrédito que producen estos reiterados papelones presidenciales.
