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Libros

Sobre casuales conmociones

Por Dolores Calliero

24 de agosto de 2026 - 13:24

Hace unos meses, a partir de una charla amena, casual, desinteresada, llegó a mis manos un libro de la colección que Jorge Luis Borges dirigió antes de morir. Prologó sesenta y cuatro libros elegidos por él que formaron su “Biblioteca Personal”. En realidad debieron ser cien, pero tanto él como la muerte son políticamente incorrectos.

Es así como tengo al lado a Giovanni Papini, un nombre de nacionalidad representativa, traído a mi vida por Borges, pero en realidad por una charla, y más que nada por una compañera de trabajo que escuchó mis intereses literarios, y los decodificó maravillosamente. En la justificación de la existencia de la colección, Borges escribe “Ojalá seas el lector que este libro aguardaba”. Yo, que siempre estoy esperando, de repente fui esperada. La finitud nos obliga al sacrificio, a la renuncia de grandes infinitos, a la vivencia de un camino impregnado de incertidumbre. Esa experiencia es esencialmente eterna, es lo que nos quita la singularidad. La originalidad entonces está en la conmoción, algo tan particular y único en cada cual, el motivo de la búsqueda incesante de lo que trasciende.

Pero esta vez no busqué nada, el libro me esperaba. Y la conmoción me encontró. Sensible y agradecida lectora soy ahora, gracias a este destino. Serán las palabras que plantamos como semillas y la pasión por la sorpresa lo que permite el satori. Por eso me tomo la licencia de usar el ojalá, para anhelar que renueve eternamente la firme convicción con la duda. Y al mismo tiempo, estas conclusiones son fruto de mi conmoción personal. No puedo saber si en realidad el libro me esperaba a mí, o si se llevó una decepción a partir de leer estas palabras. El arte sucede, a mí me ha sucedido, me dice mi soberbia, mi finitud. La necesidad de exponer lo que nos conmociona también es eterna.

De allí que existan maestros y artistas. No quisiera equivocarme y no puedo evitarlo. Pero también, esa necesidad es una profunda generosidad. En esta colección, Borges no expone su propia conmoción, nos muestra lo que lo ha conmocionado. Nos muestra sus venas. Lo que lo ha constituido y no podíamos ver. Otra cosa que admiro de él es su no subestimación al lector. Democratiza las metáforas y respeta las fantasías ajenas. Por eso es que me siento libre de dedicarle unas palabras a mi conmoción; no me ha dicho lo que tengo que ver, sino que me ha permitido una pequeña originalidad. Ese voto de confianza no es menor, sobre todo en tiempos que corren.

La centralidad de mi argumento conjuga estas dos características: la idea de universalidad, de la experiencia compartida y renovada eternamente; junto con la confianza ciega en el otro. Es romper con el divide y triunfarás, es reconocer el trágico destino de finitud que nos une. En un contexto de desigualdades estructurales, las licencias para las pequeñas revoluciones vienen justamente de desarmar el ego.

Así como este libro me ha esperado y me ha conmovido, así me esperan y me conmueven quienes quiero a mi alrededor. Me hubiese gustado hacer una reseña literaria, una transmisión del libro que Borges me ha presentado, o mi propia curiosidad, o mi compañera de trabajo. Pero todo lo que he leído ha sido tan valioso a partir de mi conmoción inicial, que es esta, la que escribo.

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